Ignacio Sandoval

Ignacio Sandoval

Debate sobre la coyuntura: Notas sobre el debate de la educación (Año 2014)

Los anuncios realizados recientemente por el Ministerio de Educación sobre el carácter de las reformas educativas fue una cátedra de manejo político por parte de la Nueva Mayoría. Adelantándose a nuestros débiles lineamientos programáticos y nuestras inestables bases de las fuerzas sociales

 del movimiento estudiantil, el Ministro Eyzaguirre dejó expuesta claramente la debilidad de los argumentos de desconfianza -con la cual se escuda el estudiantado- y sobre el muro ideológico neoliberal que impide las transformaciones.

 

El movimiento estudiantil que trató de argumentar la falta de compromiso, definición, de confianza política y anti-reformismo de la Nueva Mayoría quedó desconcertado frente a la iniciativa de “desmantelar la educación de mercado”. En este contexto, las reacciones fueron rápidas, pero aún mantuvieron la inercia característica del comportamiento de las dirigencias en los últimos años. El sector ciudadano-progresista tendió a profundizar la desgastada tesis de la desconfianza: “ver para creer”. El problema de dicho argumento es que las personas en el Chile actual ya poseen actitudes de confianza o de desconfianza de la clase política. Ya no se puede radicalizar el argumento, y aunque se pudiera esto no sirve de nada, pues es poco probable que las personas cambien su disposición política y actúen de una manera esperable para el movimiento estudiantil sólo con dicho argumento. Como correctamente han señalado otros sectores, si bien es justo desconfiar de la clase política, entendamos que esto no es solo producto de los antecedentes biográficos de las clases políticas. Se debe sumar factores como los intereses propios de las clases políticas en las reglas del sistema político actual, y más importante aún, los fuertes vínculos estructurales que tienen ellos con la burguesía, especialmente con el gran capital.

 

Por otro lado, la crítica anti-neoliberal que se basa en una crítica inmediata a la institucionalidad y el llamado a unidad de los sectores no privilegiados por el modelo actual, trató de desmantelar las estrategias de la clase política sin mucho éxito, recurriendo al argumento de la amenaza de cooptación. El problema de este argumento es que al igual que el argumento de la desconfianza, no produce muchos cambios si no se identifican claramente los mecanismos específicos, es decir, cómo se va a cooptar y qué se va a cooptar. Esta falta de claridad se observa por ejemplo en las conclusiones expresadas por los estudiantes sobre qué se va a cooptar y cómo, consideradas en el programa de gobierno como cooptable. Es importante que entendamos y destrabemos los espacios de negociación y cooptación en relación a los múltiples intereses y su sustento organizativo; puesto que éstos son los que le dan forma y poder al movimiento popular.

 

Finalmente, otro argumento es el de la oxigenación, el cual indica que las reformas educativas son posibles, pero son utilizadas por la burguesía para darle espacio de expresión al malestar social. Esto a su vez evitaría que la gente se siguiera manifestando, organizando y elevando sus niveles de conciencia. Sin embargo, si analizamos el desarrollo histórico y presente, la disminución del malestar social y las reformas comprometidas no se correlacionan de forma regular, ni en Estados que han sido represivos, ni en aquellos descritos como democráticos. Dicha evidencia nos impone el desafío de analizar la naturaleza de las conquistas sociales y su relación con la revolución.

 

Los argumentos de la desconfianza, cooptación y la oxigenación son argumentos que guardan un grado de verdad, y tal vez por eso son tan atractivos a las dirigencias y sus fuerzas políticas. Sin embargo, tenemos que avanzar hacia definiciones que entreguen mayor claridad de lo que está pasando, especialmente, sobre las acciones de la burguesía, y las reacciones del proletariado y sus aliados (porque por ahora son reacciones). Cualquier tesis que depende unilateralmente de la organización o la unidad del proletariado, y por ende que reifica y da por sentado las estrategias de la burguesía y las condiciones necesarias de reproducción de ésta, abandona inmediatamente la tesis de la lucha de clase como un motor de la historia. La misión es entender la sociedad de forma materialista e histórica, mientras se hace (o se podría) hacer historia.

 

 

2

 

Para aproximarnos a la profundización sobre el análisis de coyuntura actual en la educación es necesario que tengamos claridad en torno a la unidad y la diferencia. Cuando se habla de educación se está haciendo referencia a instituciones concretas, con relaciones sociales particulares, y objetivos productivos y de circulación bastante diferentes. Usualmente en la discusión se habla de “La Educación” como esta gran unidad de las actividades educativas dentro de la formación social, como si todas las instituciones educativas trataran de lo mismo, y tuvieran los mismos procesos y sujetos. Si bien es justo desear que todas las actividades educativas fueran parte de una gran educación socialista, esto se puede constituir como un deseo engañoso y una reificación que ofusca los matices. Esta se debe analizar temporalmente y descomponer no solamente en términos legales o de ingeniería social, sino también por razones políticas. Esto quiere decir que el problema de los diferentes sectores de la educación no se debe entender solamente como diferentes régimen legales o diferentes desafíos organizativos que rigen las mismas actividades. Sino que entender que la organización misma de las relaciones sociales es profundamente diferente en lo concreto.

 

De este modo, podemos identificar tres tipos de relaciones sociales educativas actualmente en Chile. Estas relaciones conforman tres tipos de instituciones, que son la forma aparente de éstas, y que representa la codificación en estatutos y leyes de las prácticas de facto sobre quién enseña, quién aprende, qué se enseña, cómo se enseña, cuál es el producto de esa enseñanza, y en general, quién tiene la autoridad y la potestad de decisión dentro de la institución. Mediante este método podemos distinguir tres tipos ideales, es decir, formas que representan tendencias útiles para el análisis, pero es necesario aclarar que no necesariamente las encontramos de forma pura en la realidad:

 

  1. 1- Instituciones de producción y comunicación cultural
  2. 2- Empresas educativas
  3. 3- Instituciones políticas administrativas que entregan servicios que no entrega el mercado

Las instituciones de producción de conocimiento y formación educativa son universidades de investigación (actuales y planificadas); proyectos educativos privados y públicos, institutos tecnológicos de excelencia, colegios municipales de excelencia; básicamente cualquier institución que tenga por objetivo enseñar, ya sea por razones valóricas o por exigencias de especialización e innovación del sistema económico, cuyo principal interés es centrarse en la calidad de las prácticas educativas y/o conocimientos producidos por investigación. De este modo, las relaciones sociales se orientan en alcanzar estándares de calidad definidos mediante proyectos institucionales con mayor autonomía de otros sistemas sociales.

 

Las Empresas Educativas son los colegios subvencionados, las universidades privadas de docencia, las innovaciones gerenciales en colegios municipales y gran parte de los Institutos Profesionales y Centro de Formación Técnica, pues éstas se orientan por la generación de utilidad y la lógica de firma acorde.

 

Finalmente, las instituciones políticas que entregan un servicio que es considerado mínimo y necesario, (no por ello gratuito), y cuyo interés es satisfacer una demanda frente al Estado; demanda compuesta por familias que no tienen posibilidades de acceso a los otros circuitos de instituciones educativas. Estamos hablando de colegios municipales, universidades tradicionales de docencia, regionales y sin financiamiento, e instituciones privadas sostenidas por caridad.

 

El punto acá es que las lógicas de organización en las relaciones sociales que componen estas instituciones son diferentes entre sí y. por lo tanto, las posiciones que generan y las formas en que afectan las personas tienen sus particularidades; y que estás no corresponde ni a niveles educativos, ni al tipo de administración del colegio.

 

Solo después de estas consideraciones, la pregunta por la propiedad legal (privado/pública) hace sentido. En la medida que reconocemos las diferentes lógicas de las relaciones sociales, la pregunta de la naturaleza del código y la fuente que sustenta la autoridad dentro de la institución educativa se puede desarrollar en toda su extensión. Si la administración es privada o pública, impacta en las formas de inversión, reinversión, resolución de conflictos internos y la relación con el Estado Chileno. Sin embargo, estas dimensiones están mayormente influidas por las relaciones sociales internas, más que por la distinción legal de propiedad. La continuidad entre Estado y Mercado educativo no solo se acrecienta por los vínculos entre capitalistas y clases políticas, sino también porque actualmente existe una ideología educativa compartida entre ambos actores.

 

Para cerrar este argumento es importante notar que vivimos en el capitalismo, una sociedad que posee estándares de eficiencia y monetariza las diferentes relaciones sociales e instituciones. Por lo cual, todas las instituciones comparten una exigencia de balance presupuestario, e incluso el imperativo de mínima capacidad de generar utilidad u otras formas de valor. Al mismo tiempo, todas producen educación, como transmisión de alguna clase de conocimiento. No tenemos que confundir las prioridades y objetivos que guían las relaciones sociales, con los productos principales y externalidades de la realización del proceso.

 

Este análisis es el primer paso para entender las formas que adquiere el interés de las personas que entran a estas instituciones. Los sujetos que acceden a las instituciones culturales (1) tienen una relación más cercana a intereses discursivos y reproducción de una forma de vida, pero también un interés importante es la capacidad de acceder a posiciones de poder e influencia mediante la educación (tanto dentro de la institución como en la estructura social y política de la polity). Con esto no nos referimos a los grandes ideólogos o políticos, ni a los futuros actores individuales; sino a la gente que le interesa participar del gobierno municipal, ser agente de influencia en su comunidad, participar en organizaciones de la “sociedad civil” o el Estado, o poseer una empresa que también tenga orientaciones sociales. Básicamente que no se conforma solamente con votar y mantenerse en la periferia del ejercicio del poder.

 

Las personas que acceden a las instituciones como negocios (2) entran como consumidores, por ende, la relación inmediatamente tiende a la maximización de utilidades o, dicho de otra manera, qué tan buena educación puedo obtener por el precio que estoy pagando. Esto no quiere decir que no se observen tendencias menores y esperables, como aquellos individuos que no accedieron al primer tipo de educación, pero llevan consigo el entendimiento de la educación relativamente similar que los del primer caso. Lo mismo es aplicable a los individuos que entran a las instituciones como servicio básico que, sin embargo, (3) mostraría una tendencia de un interés fundamentado en mínimas pretensiones de movilidad social, reproducción social, valoración del orden social, presión familiar y presión legal.

 

Los intereses que traen los estudiantes maduran en estas instituciones e incluso son reorientados, debido a que estos se insertan en posiciones que estas relacionadas entre sí, en las lógicas descritas entre los tres tipos de instituciones. El interés no se debe entender como una posición subjetiva a priori, sino como mecanismos que impulsa la búsqueda de ciertos beneficios dentro de ciertas relaciones sociales. Si estoy en un negocio, me terminaré identificando como cliente y buscando mejor rendimiento de mi pago; si estoy en una institución de producción de conocimiento, me entiendo a mí mismo como parte de ese proceso, y busco influir en éste. Este mecanismo no se relaciona vis-a-vis con todos los intereses observados, sin embargo, ilumina ciertas tendencias de cómo se constituyen los conflictos dentro de estas instituciones, y qué tipo de disposiciones forma en relación a la institución y el beneficio obtenible. Además, bajo estas condiciones, los intereses se acentúan entre beneficiados (usualmente los sujetos de autoridad dentro de la institución educativa y una parte de los estudiantes) y no beneficiados (el resto de los estudiantes) dentro del proceso educativo específico. En el caso de las autoridades del proceso usualmente ellas siempre son beneficiadas. Mientras que, en los estudiantes, unos logran obtener los retornos esperados, en tanto, que otros no lo logran. La diferencia entre estudiantes pareciera ser definida por su capacidad de adecuarse a los estándares y exigencias internas.

 

En ese sentido, los intereses de los no beneficiados, radicaliza los intereses de su posición: (1) los individuos que buscan influenciar la sociedad o avanzar rápidamente en la estructura social, acentúan el problema de la deuda y el no acceso a herramientas y espacios de influencia actual y futura; (2) los individuos que buscan mejorar sus condiciones de vida, y que entran a instituciones orientadas por lógicas de negocio, acentúan la relación percibida como insatisfactoria entre costos de la educación y posibilidades laborales que abre la educación dada; y (3) los individuos que son parte marginal de los servicios públicos, y del proceso general, acentúan su condición de marginalidad, poco acceso a mejor educación, y un sentimiento generalizado de exclusión.

 

Como se ve, las reformas a la educación no tienen nada de revolucionaria por sí mismas. De ahí que los actores sociales (vanguardias políticas, aunque no se reconozcan como tal) buscan activar agentes colectivos y nuevos actores sociales mediante la invocación de posiciones objetivas y subjetivas que los agentes individuales sostienen. Esto sucede mediante los discursos de “la ciudadanía democrática”, “capitalismo con rostro humano”, “dos revoluciones”, “el pueblo” y los “trabajadores”. Esta invocación al poder del discurso, no significa que se borren los intereses particulares de los diferentes tipos de estudiantes no beneficiados por la educación. Menos aún borra el hecho que sectores particulares de los estudiantes, tengan además intereses y experiencias relacionadas con el mundo del trabajo, por ende, tengan una potencialidad revolucionaria.

 

Sabiendo esto, es comprensible que los actores sociales (como vanguardia) se movilizan y desarrollan sus argumentos de cooptación, represión, desconfianza y oxigenación; sin embargo, se requiere un salto cualitativo de modo de relacionar estos argumentos con los intereses particulares de agentes individuales y agentes colectivos. A su vez, se debe mantener la claridad que el proceso de movilización, las alianzas y las formas discursivas no borra las posiciones e intereses objetivos previos, ni la fuerza material y emocional con que se manifiestan.

 

 

3

 

Con respecto al enemigo, hemos de tener cuidado con cómo entendemos las estrategias de las clases burguesas y sus segmentos políticos. Primero, no podemos afirmar que éstos quieren defender el status quo simplemente porque sí. Consideremos por ejemplo que los tres tipos de relaciones sociales educativos en su conjunto tienen como algunas funciones: (1) producir inclusión parcial y suficiente para sectores marginales, (2) formar cuadros técnicos-profesionales, (3) generar mecanismos de movilidad social y selección profesional, (4) sostener ideologías neoliberales (particularmente la meritocrática), (5) reproducir una serie de valores democráticos y de prácticas económicas que contribuyen al sentido común y fortalecen la hegemonía, (6) estimular la innovación científica y productiva en Chile, (7) crear espacios de discusión intersubjetiva cívicos, éticos y religiosos, y (8) ser un símbolo de la discusión política actual. Por ende, la constelación de relaciones sociales al ser mecanismos estratégicos tendería a ajustarse y a transformarse, más que cristalizarse en una posición.

 

La educación, y las instituciones educativas, son parte importante de los proyectos históricos, incluso del gobernado actualmente por la burguesía chilena. Como tal, es imperfecto, susceptible a cambios y negociable. El interés a priori de la burguesía no es mantener la educación como bien económico, ni de extender la monetización en instituciones educativas o similares; sino que mantener su propia forma de vida, su poder en la sociedad y los patrones de acumulación que permiten esto. La educación no es separable de las nuevas necesidades reales y percibidas del proceso del trabajo, ni de la economía nacional, particularmente del sector de commodities y de las “nuevas economías globales”.Cualquier juicio sobre las estrategias y límites de maniobrabilidad de la burguesía debe responder a los límites reales de la reproducción ampliada del modelo capitalista, y del proyecto histórico que la Nueva Mayoría y los sectores burguesas más flexibles intenta proponer: ¿Existe la posibilidad de un giro de la economía nacional? ¿Chile puede seguir basando su economía en la extracción y en un bajo valor agregado? ¿Necesitamos más cuadros técnicos y profesionales? ¿Se desarrollarán nuevas áreas de servicios en Chile? ¿Qué tipo de forma de integración económica se privilegiará? ¿Se puede seguir presionando la tasa de explotación en cada sector? ¿Existen posibilidades de desarrollo tecnológico?, etc.

 

Finalmente, quisiera hacer referencia a la educación no solamente como reflejo de la lucha de clases en sus condiciones económicas y políticas. Hoy por hoy, la educación posee un valor agregado meta-político. Es decir, no tan solo es parte de la política regular, sino de una dimensión simbólica extraordinaria. Éste es el botín simbólico más importante de los últimos 25 años, y quien pueda (re)presentarse a sí mismo como el actor más efectivo en las negociaciones y enfrentamientos en el proceso de reforma educativa, podrá ejercer una influencia clave en los años venideros. La situación actual nos ha llevado a que la educación no solo sea clave desde un punto de vista de la calidad de vida y la balanza general de la lucha de clase, sino también de la relación interna entre los bloques históricos.

 

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Las tensiones internas de los “movimientos sociales”: el componente obrero y la cooptación pequeño burguesa

Durante el último tiempo, Chile se ha enfrentado a la emergencia de movimientos sociales, situación relativamente nueva en nuestra sociedad, pero presente en otros países.

De hecho, la idea de movimiento social o nuevo movimiento social surge como una expresión que caracteriza una forma de acción colectiva y masiva que se daban en Europa y EE.UU.

Esta acción tendría por rasgo distintivo el que estaría por fuera de la política formal construida por la clase capitalista (sistema de partidos y sus organizaciones bases), pero también por fuera de las instituciones que nacen y se desarrollan en la política de la lucha de clase (organizaciones obreras). La emergencia del concepto tenía por objetivo no tan solo señalar el carácter sui generis y novedoso del fenómeno, sino también destacar la nueva potencialidad de esta forma de acción política colectiva para hacer una sociedad más justa y democrática (usualmente en los parámetro del régimen jurídico-político neoliberal).

Ya en ese entonces, autores como Cohen, Touraine y Habermas fustigaban la posibilidad de la teoría marxista de comprender correctamente los procesos de constitución y la potencialidad de los nuevos movimientos sociales. Continuando con esa reflexión, la nueva intelectualidad sociológica europea anunciaba una sociedad pos lucha de clases, donde la principal herramienta de los dominados eran estas formas de expresión que sustituían la acción de las organizaciones obreras (o populares). En la actualidad, es clara la relación que tienen estos movimientos con las tesis presentadas, incluso acogiéndose estas explicaciones en el seno de éstos.

La siguiente columna tiene por objetivo desmitificar esta lectura por fuera del materialismo que se hace de los movimientos sociales. Con ello, se buscará mostrar cómo esta lectura particular del movimiento social (por un lado idealizada, por otro deliberadamente ideologizada) es una acción fundamental para hegemonizar los miembros de las clases obreras (y sus aliados) dentro de este movimiento.

La variedad de intelectuales pequeño-burgueses manifiesta diferencias conceptuales o estilísticas a la hora de definir estos movimientos sociales, sin embargo existe una serie de elementos que se usan para caracterizar este fenómeno: (1) son movimientos que rechazan la organización institucionalizada; (2) no tienen un componente de clase obrera importante, por lo cual la base se describe de manera ad-hoc y difusa como “clases medias”, “multitud”, “excluidos”, “indignados”, o incluso re-significando conceptos revolucionarios como “masas” o “pueblo”; (3) estos movimientos tendrían su fortaleza política en que pueden influenciar la opinión pública, cooptar la discusión social, instrumentalizar la política formal, profundizar la democracia y realizar las “reformas posibles”; y (4) la movilización no se basaría en la organización (en el sentido más clásico), sino en la comunicación, y (5) los miembros del movimiento serían personas que sienten un “malestar”, “desajuste de expectativas” o “indignación” y que se mueven por una racionalidad identitaria (apelar al Estado en su dimensión hegemónica) y redistributiva (apelar al Estado a su función administrativa). Una síntesis de este giro de comprensión (interna de los movimientos y de los teóricos) es la transformación de la comprensión de la marcha; desde una instancia de demostración del poder de la clase obrera (organizativo y política-militar) a una instancia comunicativa de este todo profundamente heterogéneo en sus componentes, pero homogéneo en su comprensión, es decir, del movimiento social, como veremos a continuación.

La evidente homogenización que se hace de los actores sociales (sus orígenes, sus motivaciones, las estrategias que deciden y el poder que tienen dentro del movimiento), que por la acción del movimiento social se transforman en un acto colectivo que se motiva espontáneamente y que se dirige por una coincidencia sospechosa de interés, es una crítica que todo investigador puede compartir. Sin embargo, el materialismo profundiza esta crítica al reconocer una extracción, condición e interés de clases en la heterogeneidad del movimiento social. Este componente de clase puede que no se manifieste con claridad por razones de la acumulación de fuerza y organización revolucionaria (no es evidente al observador desde su casa). Sin embargo, persiste estructuralmente a través de disputas internas de los movimientos sociales, donde dos temas siempre parecen ser relevantes: ¿Cuánto podemos arriesgar como movimiento social? Y, ¿qué cosas queremos lograr como movimiento social?

Para quien no conozca los casos in-situ de los movimientos sociales en Chile, la prensa burguesa y pequeño-burguesa ofrece una evidencia importante. Es común observar en la esfera pública y en la prensa “alternativa” cómo se diferencia entre un imaginario de lo “ultra” y lo “razonable”. Lo ultra iría más allá de lo posible y lo deseable, mientras que lo razonable remitiría a esta idea de lo racional del movimiento social. Lo ultra utilizaría estrategias violentas y tendría metas utópicas, mientras que lo razonable utilizaría la comunicación y buscaría democratizar aquellos espacios “perdidos” históricamente. Lo ultra usualmente estaría vinculado con “oscuros” intereses partidarios (sindicatos, organizaciones estudiantiles partidarias y organizaciones sociales con componente de clase o libertario), lo razonable vendría de la justificada, espontánea y pragmática experiencia política del sujeto-ciudadano (malestar + racionalidad).

Este tratamiento ideológico1 de la burguesía constata una disputa interna del movimiento social, que a la vez revela dos componentes fuertes (puede haber otros, pero siempre encontraremos éstos): el obrero (y sus aliados) y el pequeño-burgués (y sus aliados). Desde este punto de vista, se debe terminar con la tesis de los sujetos-ciudadanos racionales contaminados por “la inútil política de lucha de clases”. Los movimientos sociales están constituidos por pequeño-burgueses y obreros (desde un punto de vista de la extracción de clase), cuyos intereses se intersectan brevemente, pero lo suficiente para emprender alianzas de clase no institucionalizadas ni formales, de modo de establecer mecanismos de acción política no tradicionales y que se manifiestan en marchas y organización. Estas alianzas no están guiadas abiertamente por los partidos, sino por pequeñas instancias como centros culturales, centros de estudiantes, ONGs o asambleas institucionales2.

La reintroducción del factor de clase hace posible entender las tensiones que muchas veces se mantienen sin una expresión definida, más allá de las demandas particulares en los petitorios o las críticas internas con la inoperancia de la acción política “comunicativa”. Lo importante es que la expresión no institucionalizada, ni organizada de la clase obrera dentro del movimiento social, condena a ésta a la derrota frente al enemigo pequeño-burgués. Si bien una alianza entre clases puede ser comprensible en un escenario en recursos vitales como la educación o la salud, la relación entre ambas clases se concretiza en la cooptación y hegemonía de la pequeña-burguesía de la clase obrera en el movimiento social, particularmente por la promoción de esta versión homogeneizada y sui generis del movimiento social.

Se debe recordar que la pequeña-burguesía puede tener fases de insurrección que logran reformas sociales, pero que históricamente terminan siendo controladas o cooptadas por la burguesía. En este escenario, la clase obrera está condenada a fracasar si no reconoce las necesidades que plantea la lucha revolucionaria. Ésta puede beneficiarse con las victorias formales del movimiento social, que usualmente coinciden con las fantasías reformistas pequeño-burguesas, sin embargo no avanzará a su emancipación al solo concentrarse en adquirir fuerza deforme y no organizada. El obrero y sus aliados, al no estar constituidos como actores organizados y adquirir consciencia anti-capitalista, se transforman en una herramienta de su supuesto aliado en los forcejeos que tiene con la burguesía. La historia reciente ha demostrado que estos forcejeos solo tratan de la lucha por unas migajas de poder dentro de la formación social histórica, ya sea manifestado en control sobre la producción o algún otro sistema, o en la repartición del excedente social. La acumulación actual de fuerzas del pueblo está principalmente en los territorios, siendo necesario fortalecer y aumentar las bases comprometidas y conscientes para resistir los embates políticos e ideológicos de la pequeña-burguesía disfrazada de popular. Con la ausencia de un partido revolucionario de masas, realmente masivo, la lucha se debe dar en cada espacio, para construir así fuerza revolucionaria.


1 No tan solo este tratamiento ideológico revela esta dualidad, sino también la experiencia en la asambleas “horizontales” de estos movimientos sociales, los petitorios duales (o diversos que tratan de lidiar con estos dos componentes), y la polaridad violencia política-empresa cultural dentro de las estrategias atribuidas al movimiento (atribución errónea y apresurada).


2 La pequeña-burguesía va a distinguir dos estrategias; una deliberadamente partidaria e institucional que moviliza electoralmente a parte de su base, y otra con organizaciones de alcanza medio, para aquellos segmentos de clase que ven la política formal deslegitimada. En Chile, la ausencia de partidos de masas revolucionarios imposibilita la coordinación de alianzas de clase, con otra cosa que no sea las organizaciones territoriales
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