Manuel garcía

Manuel garcía

La Tragedia de Tsipras

Desde que la crisis de la deuda griega se hizo más que evidente en 2010, el país ha estado sumido en un agujero económico del cual no ha podido salir. Las fuertes políticas de austeridad impuestas por “La Troika” (FMI, Banco Central Europeo y la Comisión Europea) como condición a los salvatajes financieros no sólo fueron infructuosas, sino que profundizaron aún más la crisis económica del país. Para principios de este año la tasa de desempleo superaba el 25%, lo que para una economía con una bajísima tasa de participación (un poco más del 50%  de las personas “en edad” de trabajar se hacen parte del mercado laboral) y que se considera “del primer mundo”  son resultados catastróficos. El panorama laboral para los jóvenes era aún peor, de hecho, la tasa de desempleo juvenil superaba el 50%.

 

La coyuntura derivó en un pueblo griego tomándose las calles de forma masiva; exigiendo el fin a las medidas de austeridad y reconociendo en la troika a su mayor enemigo. En este contexto, una fuerza política que aunaba diversos grupos políticos (la ansiada “unidad en la izquierda”) se presentó a las elecciones nacionales como la alternativa que buscaba acabar con las políticas de austeridad; este grupo era el, ahora mundialmente conocido, Syriza (o Coalición de Izquierda Radical).

 

Liderados por Alexis Tsipras, buscaron cautivar a las masas con un programa que si bien; no se podría definir como socialista (en su sentido estricto, no en las desviaciones que se han apropiado de la clasificación en nuestro país); si iba en contra de los intereses de la vanguardia burguesa europea y su proyecto de acumulación neoliberal (mayor regulación financiera,  mayores cargas impositivas para grandes empresas, nacionalizaciones, entre otros) además de hace un “popurrí” bastante superficial de diversas demandas principalmente asociadas con las clases medias (e.g. pro-energías renovables, anti-militar, pro-derechos humanos) y, por supuesto, renegociar la deuda y acabar con los pagos a “la Troika”. El 25 de Enero del 2015,  Tsipras era elegido como el primer ministro con una votación que superaba ampliamente a sus contendientes y el mundo, expectante, ponía sus ojos sobre la península helénica.

 

Lo que parecía el comienzo de una historia épica, pronto se transformó en una verdadera tragedia griega. En Julio el país se declaraba “oficialmente” en default; ante lo cual la Troika ofrecía un nuevo rescate, con nuevas condiciones mucho más “invasivas” que solo políticas de austeridad (consideraban desde los precios de los fármacos hasta el número de estudiantes por sala de clases).  En un plebiscito convocado por el gobierno, los griegos fueron enfáticos optar por el rechazo del nuevo plan de rescate (más del 60% de los votos optaron por el “no”); sin embargo; el 10 de Julio Tsipras aceptaría las condiciones impuestas por la Troika, y con ello, un nuevo rescate financiero para Grecia.

 

Lo anterior generó un quiebre al interior del partido, derivando en la salida de algunos sectores más “radicales” (según la prensa internacional) y en un acercamiento de Tsipras a algunos partidos del “centro político” (aunque mantuvieron el nombre Syriza). La crisis interna llevó al primer ministro a convocar elecciones anticipadas en las cuales, el “nuevo y más pragmático” Syriza liderado por Tsipras, resultaría electo con un 35% de los votos y un histórico 44% de abstención.

 

Aquellos que en un principio mostraron esperanza por el proyecto progresista de Syriza, se vieron profundamente defraudados por su devenir. La gran mayoría de las críticas (principalmente a través de la web y las redes sociales) apuntaban a un solo culpable; Alexis Tsipras (“¡Traición!”, postearon algunos; “¡Cobarde!”, twitteaban otros). Es mi más profunda convicción,  que desde la vereda revolucionaria no podemos caer en este tipo de simplificaciones y conspiracionismos a la hora de hacer análisis político.

 

¿Cómo puede ser que la voluntad de un hombre haya podido doblar la mano del pueblo y del proyecto político que lo sostenía? O más aún ¿Cómo puede cambiar la voluntad de un hombre con pretensiones transformadoras en un tiempo tan acotado? Las respuestas a estas preguntas son probablemente muy complejas para abordarlas extensivamente en una columna de opinión, pero creo que el proceso griego evoca un componente estratégico que creo es clave en la búsqueda de estas; el instrumentalizar superficialmente el Estado mediante estrategias electorales para convocar a “masas votantes” vis-avis la formación de fuerza social organizada.

 

Lo primero que debemos tener en cuenta es que las condiciones económicas de Grecia para el periodo previo a la elección de Syriza eran excepcionales. Lo anterior, y con justa razón, desencadenó la expresión activa de malestar de gran parte del pueblo griego;  jóvenes (desempleados, muchos profesionales de clases medias), pensionados y clase obrera popular, entre sus principales exponentes. En este sentido, no sería una exageración afirmar que el movimiento era de composición heterogénea pero en el cual compartían la noción de que las condiciones de austeridad debían acabarse.

 

El conflicto se caracterizó por huelgas generales y manifestaciones masivas concentradas principalmente entre 2010 y 2012. Al mismo tiempo, Syriza, que venía saliendo de una fuerte crisis interna y que contaba con escasa representación parlamentaria, encontró en las movilizaciones una ventana para insertarse en el conflicto, lo que resultó en un fuerte impulso electoral para el partido; en 2012 ya eran la segunda fuerza con mayor presencia en el parlamento[1].

 

El partido había encontrado su “masa votante”; los movilizados. Desde ese entonces, las demandas de los movilizados pasarían a ser la base del programa del partido. Esto explica el carácter heterogéneo del programa  que giraba principalmente en torno a la re-pactación de la deuda y el fin a las condiciones de austeridad. De esta manera, la masa votante llevó a Syriza a la victoria en las elecciones nacionales. Hasta aquí me gustaría resaltar que Syriza es impulsada por un proceso de conflicto, y no al revés, por lo que su proyecto político es amorfo (responde a los intereses de todos y al mismo tiempo no responde a los intereses de nadie). Aun siendo este el caso es innegable que el programa (y los intereses de los movilizados) entraba en tensión con el proyecto neoliberal europeo y la reacción de los defensores de este no se haría esperar.

 

La unión monetaria europea genera un espacio de análisis interesante; ya que hace muy difícil diferenciar entre capital nacional (i.e. Griego) y regional (i.e. Europeo). Sin embargo, no es difícil identificar que los capitales que se benefician más que proporcionalmente de la unión monetaria residen en aquellos países más productivos. Un claro ejemplo de lo anterior se puede observar en las tasas de cambio, donde estos países siempre observaran un tipo de cambio más depreciado (debido a la existencia de los países menos productivos) de lo que observarían si no estuvieran en la unión monetaria, por lo que se encuentran en una posición relativa muy competitiva. Esta es una razón importante de porque el sector exportador alemán ha crecido notablemente durante los últimos años. De hecho, es precisamente Alemania el país que más beneficiado se ha visto por este sistema, y por lo mismo no es de extrañarse que la reacción ante el proyecto griego viniese principalmente de tierras teutonas y no así desde Grecia.

 

La vocería de la reacción se concentró en Angela Merkel (Canciller alemana) y Wolfgang Schäuble (Ministro de finanzas); quienes amenazaron a Grecia de una forma bastante particular. En otras palabras dijeron lo siguiente: “Ustedes sálganse del Euro, de todas maneras nosotros estaremos bien y ustedes probablemente seguirán en crisis”. Lo más terrible de esta amenaza es que, al menos en el corto-mediano plazo, era probablemente muy cierta. La pelota ya estaba del lado de los griegos y Tsipras tenía que decidir.

 

Ante tan compleja decisión, Tsipras buscó recurrir a su “fuerza popular” para  proceder. Su fuerza que residía en su masa votante. Es en este momento en donde se puede observar la amorfia del proyecto político de Syriza en todo su esplendor; la masa votante sólo tiene respuestas discretas (si o no), sin embargo detrás de estas existe un continuo de intereses contradictorios entre sí, probablemente unos se vean beneficiados, otros perjudicados y otros queden igual por la decisión que tome, y estos, dentro de la masa votante son irreconocibles. Justo cuando se tiene que tomar la decisión, es cuando se cae en cuenta que el proyecto no encuentra un sujeto político y por lo tanto no existe una fuerza social organizada en torno a este. Tsipras está completamente sólo, el sí o el no a esta altura importa poco, y tiene que tomar una decisión que va a repercutir sobre la vida de muchos.

 

Volviendo a las preguntas que levantamos unos párrafos atrás; esta historia no tiene que ver con la voluntad de contradecir a un pueblo entero ni con un repentino cambio de voluntad, sino que simplemente; con la voluntad de no cometer los mismos errores.

 

Esta es la tragedia de Tsipras.

 

 

[1] “Un pie en la calle y otro en el parlamento” dirían algunos.

El Partido Revolucionario en un Escenario de Algidez de la Lucha de Clases – El caso del MIR en la Unidad Popular

“Las directivas burocráticas de los partidos de la izquierda chilena defraudan las esperanzas de los trabajadores, en vez de luchar por el derrocamiento de la burguesía se limitan a plantear reformas al régimen capitalista, en el terreno de la colaboración de clases, engañan a los trabajadores con una danza electoral permanente, olvidando la acción directa y la tradición revolucionaria del proletariado chileno. Incluso sostiene que se puede alcanzar el socialismo por la “vía pacífica y parlamentaria”, como si alguna vez en la historia las clases dominante hubieran entregado voluntariamente el poder”. Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Declaración de Principios, 1965.

 

“El MIR se organiza para ser la vanguardia marxista-leninista de la clase obrera y capas oprimidas de Chile que buscan la emancipación nacional y social”
MIR, Declaración de Principios, Artículo VII.

 

En su declaración de principios de 1965, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) alude a una dicotomía estratégica de la izquierda chilena de la época. Por un lado se encontraba la apuesta por una vía electoral apostando a la institucionalidad burguesa y alianzas con fracciones de la burguesía (en la cual se encuentra una tendencia al etapismo); y por el otro, la apuesta por la construcción del sujeto revolucionario que pudiera derrocar a la burguesía y enfrentar la respuesta reaccionaria, esto sin colaboración de clases con el capital. La primera apuesta la hemos analizado en dos columnas previamente, en donde se ha reflexionado en torno a su lectura del periodo y la imposibilidad de llevar a cabo su estrategia. En esta ocasión nos preguntamos por la construcción del partido revolucionario dentro de la segunda apuesta, aquella que anteponía a la clase y su organización a los triunfos electorales.

 

La revolución socialista es una revolución consciente. El socialismo es la superación del capitalismo -tal como el capitalismo fue la superación del feudalismo- y viene a resolver la contradicción estructural capital / trabajo, así como también permitir el desarrollo pleno de las capacidades humanas al superar irracionalidades del capital afincadas en tal contradicción. Para ello, se considera a la clase trabajadora como aquélla que tiene la tarea histórica de llevar adelante el proceso, tal como lo hizo la burguesía contra la nobleza y el clérigo siglos atrás. Sin embargo, esta tarea histórica dista mucho de ser automática y de ser el simple producto de las condiciones y constantes crisis del capitalismo, sino que más bien requiere la constitución de la clase trabajadora en fuerza social. Esto, a su vez, requiere un partido que conduzca y promueva dicha constitución, que tal fuerza social adquiera capacidades orgánicas e ideológicas para luchar contra el capital y proyectar una nueva sociedad.

 

En esta columna analizaremos cómo el MIR desarrolló en su práctica política los objetivos que se proponía desde esta perspectiva. Para ello, analizaremos (1) su organización como partido, (2) su relación con el movimiento popular, y (3) su relación con la coyuntura y el gobierno de la Unidad Popular. Elegimos el análisis del MIR por su discurso, práctica y apuesta en el periodo de la Unidad Popular, siendo crítico a la “vía pacífica al socialismo”, constituyéndose como el partido político más cercano en el siglo XX chileno a lo que podría llamarse un partido revolucionario, tanto por su apuesta, como por los logros que alcanzó.

 

 

La Organización del Partido

 

Un partido político revolucionario debe enfrentar una serie de desafíos si es que busca conducir a la clase trabajadora al poder y derivar en la construcción de la sociedad socialista. Considerando el enemigo burgués, se requiere una disciplina militante y una acción en bloque, es decir, una acción como fuerza cohesionada. Para ello, se requiere militantes plenamente integrados al partido, tanto ideológica como prácticamente, que sean capaces de realizar la política del mismo en todas sus acciones y, con ello, tener la capacidad de tomar decisiones cuando las condiciones lo ameriten. Además, dado que la opción es el socialismo, proyecto que viene de la crítica racional al capitalismo y que se constituye en posibilidad real en la lucha contra el capital, se debe tener especial cuidado en la infiltración de ideologías de otras clases, como las de la pequeña burguesía.

 

El MIR contaba con cierto desarrollo orgánico que le permitía hacer frente a las anteriores problemáticas. Su estructura interna adoptó el centralismo democrático como forma de organización, lo que implica una estructura vertical de mandos, pero con espacios democráticos y de discusión horizontal sobre el quehacer partidario. Ello permite la construcción democrática del partido con una acción en bloque, sin que derive en fraccionamientos que lo hagan tambalear.

 

El MIR se constituye en 1965 a través de la unificación de diversas organizaciones de “izquierda radical”, y se reestructura profundamente en 1967 cuando Miguel Enríquez asume la secretaría general. Para 1970 el MIR ya era reconocido a nivel nacional, tomando parte en importantes hitos de la lucha del movimiento popular. Para enfrentar la cohesión partidaria y su acción en bloque, luego de la crisis del partido de 1969 (en la cual casi un 20% de la militancia renunció), el ingreso de los militantes fue realizado cuidadosamente a través de un proceso que duraba en torno a los seis meses; un mes de simpatizante, dos de aspirante y finalmente un espacio de formación hasta adquirir el carácter militante. Además, la formación de un Comité Central y de una serie de estructuras, como lo fueron los Grupos Político Militares como estructura intermedia con roles claramente definidos para sus integrantes, permitió el control del partido y su acción en bloque.

 

Sin embargo, una de las grandes falencias fue la democracia interna, no en el sentido burgués de democracia representativa, sino entendida como consenso real dentro del partido e instancias de discusión y crítica. Según militantes entrevistados por el historiador Sebastián Leiva, en el MIR existió pocos espacios de discusión, lo que les dio escasa autonomía, por ejemplo, a los frentes de masas, lo que generó fricciones en las decisiones y en el quehacer de tales frentes. Este elemento interno al partido como organización, tuvo su expresión en (1) cómo éste se relacionó con la clase, derivando más hacia la dirección de ésta que a conducir un proceso que ningún partido pudo controlar; y (2) en cómo enfrentó luego el Golpe Militar. Por un lado, no había claridad de lineamientos previamente definidos para enfrentar una respuesta radical de la burguesía, cuestión necesaria si se considera los aspectos militares y operacionales para enfrentar la dictadura capitalista que emergía. Frente a ello, los militantes no contaron con herramientas para enfrentar lo que ocurría, esperando lineamientos del Comité Central. Y, por el otro lado, la muerte de los integrantes de dicho comité derivó en una descomposición radical del partido. En este sentido, el MIR no logró constituirse en un instrumento de elaboración de un proyecto que lograra ser objeto de una autocrítica constante en su rol de intelectual colectivo, estrechando los canales de la autocrítica y de la reflexión orgánica desde las bases.

 

 

El Partido y la Clase Trabajadora

 

El MIR buscó posicionarse como la vanguardia de la clase obrera y las capas oprimidas de Chile para la construcción de la nueva sociedad. El asumir como proyecto el ser vanguardia no implica dirigir el proceso, sino más bien conducirlo, tomar el rol de intelectual colectivo y conducir las luchas no solo a las demandas reivindicativas sino que también a sus causas, y, con ello, ser ejemplo en la lucha contra el capital para el resto del pueblo no organizado. En este contexto, la vanguardia no se constituye en una élite de iluminados que conocen todas las respuestas, sino más bien en aquellos que dan el primer paso, aquellos que presentan mayores claridades políticas y conciencia de las condiciones que enfrentan.

 

En este ímpetu de ser vanguardia, el MIR construyó una serie de frentes de masas que le permitieran, por un lado, acelerar el devenir de la clase trabajadora en fuerza social y, por el otro, conducir a esta fuerza social emergente hacia el socialismo. Se constituyó el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), el Movimiento de Campesinos Revolucionarios (MCR), el Movimiento de Pobladores Revolucionarios (MPR), el Movimiento Universitario de Izquierda (MUI) y el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER). Al respecto, veremos dos ejemplos, el más exitoso, el poblacional, y aquél donde el MIR tuvo menor inserción, el laboral.

 

En la población, el MIR fomentará los comandos comunales, los cuales eran una coordinación de trabajadores, estudiantes, campesinos y pobladores. Las Juntas de Abastecimientos y Control de Precios (JAP) será una política promovida por el gobierno, dirigida por el general Bachelet, que será aprovechada en este contexto. Los comandos comunales eran vistos como gérmenes de doble poder, sobre todo cuando en 1972 se logra una plataforma global con 7 ejes temáticos: cesantía, vivienda, salud, educación y cultura, mujer, justicia y abastecimiento. Como asegura un militante del MIR en una revista de izquierda de la época, “Aunque en un principio una lucha reivindicativa; con el pasar del tiempo (y la inserción de los comandos comunales) el MPR fue adquiriendo un carácter mucho más político y definido bajo el marco de la lucha de clases. Las poblaciones asociadas al MPR y al MIR comenzaron a generar dinámicas bastante peculiares en sus organizaciones, con reglas disciplinarias estrictas y roles de trabajo bien definidos dentro de la población a través de frentes de salud y de trabajo e incluso tribunales de justicia populares. (…) En los campamentos nosotros tratamos de mostrar a los trabajadores en forma muy primitiva lo que es una sociedad socialista”. La cita termina con la figuración de relaciones, en un contexto capitalista, que permitan proyectar y prefigurar la sociedad futura, cuestión necesaria para hacer del proyecto socialista una posibilidad real.

 

En el ámbito laboral de la clase trabajadora, los resultados del MIR son bastante exiguos. En las elecciones de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) de 1972, el FTR obtiene un magro 1,81% de las preferencias, ganándole incluso el Partido Radical, con un 3,61%, y el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) con un 4,63%. Con ello, el MIR no logra llegar a los sectores tradicionalmente organizados de la clase trabajadora, siendo la inserción en el ámbito laboral una política bastante más difícil que en otros ámbitos donde (1) no existía organización fuerte previa y (2) los partidos políticos tradicionales de izquierda tenían menor inserción. El caso de los Cordones Industriales, en este aspecto, se observó como una posibilidad para el FTR, sin embargo el MIR no logró conducirlos, aun cuando contaba con militantes insertos con roles dirigenciales, así como tampoco lo logró el Partido Socialista (PS), a pesar de que éste lograra una mayor inserción y vocerías.

 

Dos puntos cruciales respecto a lo dicho. En primer lugar, como se planteó antes, la fuerte estructura vertical sin autonomía de las estructuras y militantes de base, y sin instancias democráticas fuertemente instituidas, derivó en un intento por dirigir el movimiento popular y no por conducir tendencias a la organización. Esta necesidad de intentar conducir en vez de dirigir se sostiene, entre otras cosas, en el hecho de que los partidos políticos, entre ellos el MIR, solo tenían parte de responsabilidad del despliegue popular. Y, en segundo lugar, la corta existencia del MIR, el cual logra, sin embargo, un gran avance; esto último nos presenta el trabajo realizado por sus militantes como un trabajo bien logrado, pero cuya maduración institucional se vio truncada. Ambos puntos pueden haber derivado en que efectivamente el MIR no pudo entrar a disputar una esfera bastante politizada como lo era la obrera en los 70’ y sólo logró llegar a los más radicalizados.

 

 

El Apoyo Crítico del MIR a la UP

 

Un partido revolucionario con las características ya planteadas, debe ser capaz de leer la realidad que enfrenta y desarrollar estrategias y tácticas acorde a ello. Por eso, debe tener la capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones, lo que no solo implica cierta flexibilidad, sino también el desarrollo de capacidades orgánicas que le permitan tener una mejor lectura del periodo en el cual se inserta. En el caso de la UP, dentro del MIR no existía consenso en cuanto a las reales posibilidades de Allende de llegar a la presidencia, lectura que trajo como consecuencias políticas la expulsión de parte de la cúpula del partido. En este contexto, se consideró la campaña de la UP como expresión de la clase popular en el campo electoral, es decir como efecto de la creciente movilización de masas y agudización de la lucha de clases y, con ello, da la impresión de una confianza por parte del MIR hacia la propuesta allendista. En estas condiciones, el MIR mantiene un apoyo crítico al gobierno electo. Durante la primera parte del periodo presidencial buscará hacer cumplir y radicalizar el programa popular, además de hacerse parte del grupo de seguridad del presidente denominado como Grupo de Amigos Personales del Presidente (GAP), aunque mantendrá la crítica al reformismo y un discurso revolucionario. En términos prácticos, ello significó mantener relaciones constantes con los Partidos Comunista y Socialista, así como con el presidente Allende. Bajo estas condiciones, el MIR mantuvo una política no estatista, sin tener por ello una táctica clara para con la institucionalidad estatal.

 

En el proceso mismo de la Unidad Popular, el MIR disputó la hegemonía reformista con un discurso radical, aun cuando gran parte de los hechos catalogados de radicalizados eran más bien una presión a la aplicación del programa con el que Allende llegó a la presidencia. Sin embargo, en 1971 se observa un giro en la táctica del partido para enfrentar la coyuntura; luego del asesinato de Edmundo Pérez-Zujovic por parte de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP), la Democracia Cristiana establece una nueva alianza con el Partido Nacional, lo que el MIR lee como una reunificación de la clase dominante y con ello un nuevo ciclo político. Bajo este nuevo ciclo es que el MIR termina por cortar sus relaciones oficiales con el gobierno, retira sus militantes del GAP, y asume la que se conocerá como la política del poder popular; buscando insertarse en el seno del pueblo para prepararlo ante una inminente reacción contra-revolucionaria.

 

 

Aprendizajes de un partido joven

 

¿Qué fue del MIR en la Unidad Popular? ¿Cómo abordó los desafíos de constituirse como vanguardia de la clase trabajadora y como partido revolucionario? Aquí hemos planteado que resaltan sus logros a la luz de su corta existencia, a la luz de su falta de madurez. En términos concretos, se observan ciertas limitantes a la nutrición constante y cualitativa desde la clase trabajadora dadas las condiciones enfrentadas, lo que sumado a la fuerte inserción de los partidos tradicionales en ésta, derivó en serias dificultades para lograr hegemonizar ideológicamente e ingresar con fuerza en la esfera productiva. A su vez, su fuerte centralismo implicó escasa autonomía de sus militantes y frentes intermedios, lo que llevó a una destrucción rápida e incisiva del partido luego del Golpe de Estado a través del asesinato y tortura de sus máximos dirigentes. Así, aunque observamos solo una etapa de maduración en el partido, se puede extraer una serie de aprendizajes para la construcción partidaria hoy, no solo desde sus logros -que se han identificado en esta columna- sino también de sus problemas.

 

Con estos elementos, el MIR vino a llenar un espacio que se encontraba vacío en la izquierda chilena, agrupando a una serie de grupos pequeños bajo la dirección férrea que se construyó con los años. Las limitantes antes especificadas no significa una crítica del todo o nada, es decir que siempre se debe actuar de una u otra forma, pues finalmente en política se deben integrar necesariamente las acciones del enemigo y los recursos-materiales e ideológicos-a los cuales tienen acceso los agentes en la lucha, dadas la estructura y la cultura prevalecientes.

 

La intervención del MIR en el periodo de la Unidad Popular demuestra que aun cuando las condiciones eran mucho más álgidas que hoy, el horizonte revolucionario no se observaba de cerca, a pesar de que en el discurso sí lo hiciera; y la contra-revolución supo adelantarse a la conformación de este horizonte como proyecto práctico y realizable. Lo anterior no se debe tomar simplemente como una falencia en la velocidad de la intervención del MIR, sino que como una demostración de que generar las condiciones ideológicas y orgánicas para un proceso revolucionario requiere de trabajo y tiempo, sin los cuales todo voluntarismo afincado en lecturas erradas de las condiciones, que suelen excluir la real descomposición del pueblo en la actualidad, deriva en atajos contraproducentes para el proyecto socialista. Como hemos mencionado en otras columnas, para la revolución no hay atajos, sino que trabajo, organización y conciencia.