Jueves, 04 Agosto 2016

Y tú, ¿de qué vas a hablar mañana?: las razones del incuestionable lugar que la televisión se ha ganado en los hogares chilenos.

Lidia Yañez

Licenciada en Sociología, Universidad de Chile

Críticas a la televisión chilena hay muchas:desde demandas legales contra las formas inmorales que los canales emplean para conseguir el ansiado rating, hasta cuestionamientos políticos frente a la deficiente calidad de los contenidos, o más bien, ausencia de “programación cultural”. Todas ellas tienen un rasgo común, ser críticas desde la “alta cultura”, esa conservadora que se irrita poco cuando se le pasa a llevar con una talla de mal gusto, o si se es más progre, que trata que el populacho se eduque bien para que de una vez seamos desarrollados. El problema pareciera ser así algo superficial, y la soluciones propuestas no son diferentes, siendo bastante aceptada la progresista que busca regular la parrilla programática, es decir, exponer programas televisivos con más “contenido” que las personas, seguramente, verán. Pareciera que esta postura desconoce absolutamente que el problema que enfrentan está lejos de ser algo superficial, por el contrario, refiere a la configuración misma de la sociedad chilena. La televisión es mucho más que preferencias individuales de consumo, no es un tema de oferta y demanda, opera en tanto transmiteciertas ideas sobre la realidad, preocupaciones y formas de vida deseables, que las personas pueden tomarlas o no para elaborar sus proyectos de vida. Es decir, es una influencia, y por ende hay ciertas condiciones que aumentan o disminuyen su importancia. El problema es que en Chile las condiciones históricas hacen que esa influencia sea de alto impacto, teniendo efectos políticos profundos sobre todo para estratos populares. Por esto, si queremos entender cuál es el problema es necesario saber ¿Qué escenario presenta Chile para esta influencia?

 

Para comenzar a responder esta pregunta, hay que hacer un poco de memoria. La televisión comienza a hacerse parte de la vida de los chilenos a fines de los 70, precisamente cuando se impone el Estado subsidiario y neoliberal, en dictadura. En este contexto, los canales de televisión estaban absolutamente intervenidos, siendo funcionales al proceso. ¿Qué ofrecía entonces a los televidentes? una invitación a “reír, cuando todos estaban tristes” por parte del “Jápening con Já”, reír cuando estaban torturando y asesinando a hombres y mujeres comprometidas con el proyecto socialista chileno. “Platita poca pero segura” entregaba el “Festival de la Una” a quien quisiera participar en sus concursos, en un contexto donde el Shock neoliberal y la subsidiariedad de la política social mostraba su peor cara a los sectores más vulnerables. Ejemplos que reflejan el rol funcional de la televisión a la destrucción de los espacios de organización política y a la pauperización de las condiciones de vida de la clase trabajadora, procesos necesarios para instalar el modelo sin resistencia.

 

Ahora, el proceso político de la dictadura no sólo operó en el ámbito de las estructuras socio-económicas, sino que también constituyó nuevas subjetividades, emprendiendo una “guerra social” (véase: “La alcaldización de la política” de Verónica Valdivia et al) Al respecto, es ejemplificador el impacto que tuvo y tiene en la memoria chilena el programa “Sábado gigante”. Este espacio significó, pese a lo que diga Don Francis, mucho más que “sana entretención” para la población. A primera vista se conforma como un espacio donde “gente común”, de todo chile, exhibía sus problemas y preocupaciones. ¿Qué podría haber de malo en ello? Bueno, esto lejos significar un rol bondadoso de la televisión, cumple una función importante para el modelo ya instalado. Frente a la desarticulación de las instituciones clasistas donde las personas se reconocían con sus iguales, se exhibe desde estas plataformas una versión de un nosotros y de la historia reciente, pero a diferencia de la época anterior, desde un discurso dominante que tiene la potestad de intervenir los contenidos y formas que se emiten. La televisión responde a las demandas de integración cultural que antes eran parte de un proyecto de clase, y que el Estado subsidiario había dejado de viabilizar. La dictadura así remató a su enemigo, el marxismo, estableciendo un mecanismo implacable de integración cultural que no requiriera esas organizaciones “desviadas” que tanto mal habían causado y que transmitiera una versión funcional de identidad e historia común. En estas condiciones, la influencia de la televisión fue implacable, dejaron el camino listito para la sociedad neoliberal.

 

¿Hoy en día, en “democracia”, ha cambiado algo este panorama? Bueno, hay ciertas cosas que Sí cambiaron. Por un lado, ha existido un aumento sostenido de la penetración de la televisión por cable en los hogares, convirtiéndose en un bien accesible para segmentos populares. Se ha afirmado al respecto que este fenómeno provocaría una tendencia a la fragmentación de los “consumidores de televisión”, al elevar la oferta programática. Por otro lado, los jóvenes ven cada vez menos televisión, mientras que los sectores adultos mayores y de mujeres desocupadas son quienes más televisión consumen (Fuente: VIII Encuesta nacional de televisión, CNTV). Una interpretación apresurada al respecto sería que la televisión pierde importancia en los hogares, salvo en segmentos inactivos o desocupados. Lamentablemente, no es tan fácil como “apagar la tele y prender la mente”. Aunque aumenta la prevalencia de la televisión por cable en los hogares, los canales preferidos por los chilenos siguen siendo los nacionales, sobre todo, en los estratos populares. Así también, aun cuando los jóvenes ven menos televisión en formas tradicionales, se está gestando con fuerza el fenómeno de la “televisión social”, lo que implica que en realidad ven más televisión pero vía internet, comentándola y compartiéndola en redes sociales. La televisión sigue estando presente de forma importante en las vidas de las personas.

 

Columna TV

 

Ahora bien, un hecho paradójico es que lejos de asumir sin cuestionamientos lo que la televisión ofrece, las personas critican no sólo el pobre contenido que es emitido, sino que también las formas de transmitirlos. Existe gran disconformidad apreciable en el hecho de que un 61,9% del total de la población encuestada se encuentra insatisfecho con la televisión abierta, y si vamos al detalle, un 56,1% de los estratos medios bajos y un 47% de los estratos bajos se encuentran insatisfechos (Fuente: VIII Encuesta Nacional de Televisión). Las razones de esto no son menores ya que se critica directamente el contenido, y sobre todo, la farándula y las peleas en televisión (con un 17,4% en sectores medios bajos y 13,2% en sectores bajos). Quién lo diría, a la gente le molesta la farándula.

 

A estas alturas, el lector debe estarse preguntando con justa razón ¿si existe tanta insatisfacción, por qué la gente sigue viendo televisión chilena? Es posible mencionar varias causas de este fenómeno, pero existe una en particular que es histórica y determinante, y refiere al hecho conocido por todos de que poco han cambiado las condiciones desde la dictadura. El académico de la universidad católica Valerio Fuenzalida, afirma que la gente no solamente busca ver televisión como medio para entretenerse, si no que el mayor placer asociado al consumo televisivo reside en comentar con otros lo que se ve (puedes revisar su columna aquí). Por eso prefieren ver televisión abierta, que todos ven, antes de televisión por cable, la que es evaluada de mejor calidad. Así también, la televisión chilena nos une en festividades, en causas nobles y frente a catástrofes. En ella podemos ver nuestra identidad como país, solidaria, esforzada. La tele nos cuenta nuestra historia. La televisión sigue siendo un mecanismo integración cultural en nuestra sociedad, que se ha consolidado con los años. Por esto, el problema de la televisión es algo extremadamente complicado y que por supuesto, va más allá de la oferta/demanda como afirma la postura proge. En estas condiciones, la influencia de la televisión es altísima, y con ello sigue instalando preocupaciones y formas de vida deseables a las personas. Influencia que actualmente, frente a la alta concentración de los medios de comunicación, está en manos empresariales, lo que hace a la tele funcional a la hegemonía. Y cómo negar esto, si basta con ver unos minutos televisión para notar que la identidad e historia que formatean corresponde a un sujeto despojado de historia y condición de clase, que difícilmente cuestiona la acumulación capitalista.

 

¿Y tú, de qué vas a hablar mañana?  Es el nuevo slogan del MEGA que se Repite una y otra vez en la tanda comercial. Nada más ni nada menos que un acertado juicio sobre la realidad actual, la tragedia cotidiana de que la conversación del día lunes en la pega, sea esa talla de “El muro” de Kike Morandé, o lo que hizo esta modelo nueva en “Primer Plano”.  Y no es por “mal gusto” ni menos por pasividad de los televidentes. La demanda legítima por integración desde el mundo popular que visibiliza la tele, influye en la posibilidad de constituirse como una clase para si. Si queremos disputar este espacio no basta con atacar los contenidos de la televisión, se tiene que desmontar el mecanismo de integración y de control hegemónico que representa. Para esto debemos reconstituir esta memoria, estas prácticas, generando un encuentro ahí donde la gente se ve efectivamente y no mediada por un aparato, en los espacios que comparten como clase. Sólo la organización del movimiento popular puede disputar el lugar que la tele “se ha ganado” en los livings de las familias chilenas: dejando atrás el protagonismo televisivo y devolviéndoles el protagonismo histórico.