Jueves, 04 Agosto 2016

Del derrotismo al análisis concreto: El movimiento popular frente al proceso constituyente

Esteban Nazal

Licenciado en Antropología Social, Universidad de Chile.

El reciente anuncio de la Presidenta sobre el proceso constituyente vino a dar una claridad relativa sobre una de las promesas de campañas que más expectativas y sospechas han generado desde su elección en 2011. El anuncio presidencial permitió conocer la forma en que este proceso se llevaría a cabo, despejando una de las mayores inquietudes en los distintos sectores políticos. El panorama parece ser recibido con conformidad en la DC, con recelo en el sector del empresariado y con disgusto en los sectores más progresistas al interior de la Nueva Mayoría (PC y PS), quienes apostaban a la creación del plebiscito. Sin embargo, ¿cómo se encuentra el movimiento popular ante este proceso?

 

Debemos reconocer ante todo las condiciones actuales en que se ha estado dando el proceso. La necesidad de una nueva Constitución fue una demanda levantada desde algunos sectores de los movimientos sociales desde el año 2011. Si bien el movimiento “Marca AC” , fue uno de los más emblemáticos y que tuvo mayor relevancia en el año 2013 en las elecciones presidenciales, este no era el único. La promesa de transformar la Carta Magna que ata al país desde 1980 a una política autoritaria y una economía “libertaria” fue un llamado al cual atendieron no sólo distintas organizaciones de izquierda, sino que también a sectores del progresismo e incluso la derecha. Como es de suponer, la multiplicidad de proyectos e intereses de grupos y clases en una transformación constitucional incluía también una propuesta difusa sobre el cómo y el para qué. En la actualidad, la demanda no ha acumulado la suficiente fuerza ni repercutido en la población de forma tal que llame a la movilización masiva : Ya sea en el propio ejercicio de la movilización, ya sea en el interés. Si consideramos la última encuesta CEP de Agosto 2015, Sólo el 5% declara que una Reforma Constitucional es uno los tres problemas a los que debería dedicar el mayor esfuerzo en solucionar.

 

Por otro lado, como era de esperarse, la Nueva Mayoría debió reconocer y rendir cuentas ante el sector del empresariado más cercano. Así se entiende la reunión entre el ejecutivo y el CEP, la cual sirvió para aclarar algunos puntos bases sobre el alcance de la mismo proceso. Entre los objetivos de la reunión se encontraba el dejar en claro que la “propiedad privada” no sería trastocada, evitando cualquier similitud con los procesos de nacionalización o estatización de los países de la región que también han pasado por un proceso constituyente.

 

Algo está claro: el sector del empresariado, al menos el que se encuentra más cercano a la Nueva Mayoría y representado en el CEP (Luksic, Matte y Saieh), ya ha comenzado a establecer cuáles son los puntos de disputa a los que apuestan, contando, entre ellas, el desplazar la responsabilidad del Estado sobre lo que se han llamado derechos sociales (educación, salud, vivienda, etc.) hacia fines, modalidad en la que el Estado puede adoptar distintas políticas que no implique un peligro fiscal, ni entorpecer el emprendimiento personal. El proceso constituyente no solo es una oportunidad para los sectores dominados para mejorar sus condiciones y establecer posibilidades de transformación, sino que también significa una posibilidad para los sectores dominantes para intervenir y para perfeccionar los mecanismos de dominación y explotación. Y con esto no nos referimos solo a formas de “oxigenar” o reemplazar de políticas específicas (como algunos derechos sociales), sino que también mecanismos estructurales.

 

Considerando a los sectores que tienen hoy la capacidad para intervenir en el proceso, el panorama parece gris y derrotista, pues la lucha se centraría entre los sectores de la clase dominante del empresariado y los sectores de clases medias. Estos últimos, apuntan principalmente a la cristalización de control político en el aparato estatal y al mejoramiento de determinadas condiciones de vida a través del fortalecimiento de lo público en los derechos sociales o con un capitalismo de “rostro humano”.

 

Sin embargo, es preciso reconocer que el proceso no está del todo cerrado. La propuesta no es representativa de los bloques dominantes y menos lo es dentro de la misma Nueva Mayoría (pueden identificarse las diferencias entre la molestia de los bloques progresistas del PC y el PS frente a la conformidad de la DC). Por lo tanto, es probable que los mecanismos de cómo se definirá la nueva Constitución estén más abiertos a la transformación y que sean un resultado de la negociación de estos grupos en el poder (incluyendo a los sectores de las clases medias altos y profesionales).

 

La lucha de intereses en los grupos de poder genera una apertura que ofrece posibilidades de distintas índoles (principalmente en el mejoramiento de las condiciones de vida en la superación de un Estado subsidiario), pero también algunas trampas. El movimiento popular tiene el riesgo de agruparse bajo el alero hegemónico de los sectores progresistas y de clases medias, las mismas que se atribuye la representación del movimiento. En este sentido, la política revolucionaria que apunte a aprovechar el espacio del proceso constituyente debe reconocer que las fuerzas sociales de las clases populares se encuentran hoy poco desarrolladas y sin una plataforma clara que pueda tensionar el proceso y contrarrestar los mecanismos de ambigüedad legal que permitirían perfeccionar el modelo a futuro y mejorar las condiciones de vida y dignidad, buscando tensionar las estructuras de explotación más allá de su oxigenación.

 

No podemos negar el potencial del proceso constituyente, pues sus posibilidades recaen no solo en aminorar los daños que produce el Estado subsidiario, sino que también el mismo proceso ofrece la oportunidad de avanzar en la organización y conciencia de las clases trabajadoras y populares. Pero tampoco es prudente confundir. Una cosa es aprovechar las ventanas de oportunidad, esta vez de la discusión constitucional, para fortalecer al pueblo en la construcción de organizaciones que estén en función de sus intereses; y otra distinta es construir organizaciones populares cuya finalidad sea la participación del proceso constituyente, en el cual dada la correlación de fuerzas actual, se ve poco promisoria. No es banal el cómo aprovechar esto (asumiendo que fuera posible) y que no toda demanda que se instale en la esfera pública expresa un fortalecimiento popular.

 

El cómo aprovechar esta instancia requiere de un ejercicio político de reconocer qué tipo de demanda instalada en la esfera pública puede presentar una oportunidad para el fortalecimiento popular y, a la vez de cuáles son las capacidades para ello.

 

El potencial para la construcción del movimiento popular en una fuerza de peso se encuentra en varios espacios. Las movilizaciones populares tienen la opción y posibilidad de atrasar el proceso y boicotear las instancias de elite, dando un sustento para crecer como movimiento, en (auto)organización y conciencia en los distintos territorios, distinguiéndose las alternativas progresistas liberales y aquellas provenientes de matrices neodesarrollista que buscan perpetuar un capitalismo, pero esta vez con rostro humano.

 

En el caso de los investigadores sociales, estamos llamados a reconocer los temas contingentes y desarrollar un análisis desde lo político y científico que aporte a que el movimiento pueda aunar las fuerzas populares, y que estas mismas fuerzas puedan movilizar más agentes dentro de un proyecto revolucionario para la disputa contra el Bloque Histórico de poder.

 

Hoy las banderas de la democracia liberal se defienden como la única opción frente a la corrupción de las viejas guardias y la desigualdad económica y política. Como izquierda revolucionaria necesitamos denunciar la falta de participación real en los procesos y la falta de equilibrio en cada uno de sus momentos. Es necesario que como movimiento popular se desarrollen las capacidades el arte del repliegue y despliegue estratégico pues debemos reconocer las capacidades propias para embarcarse en disputas donde puede peligrar lo poco construido al día de hoy.