Jueves, 04 Agosto 2016

La Tragedia de Tsipras

Desde que la crisis de la deuda griega se hizo más que evidente en 2010, el país ha estado sumido en un agujero económico del cual no ha podido salir. Las fuertes políticas de austeridad impuestas por “La Troika” (FMI, Banco Central Europeo y la Comisión Europea) como condición a los salvatajes financieros no sólo fueron infructuosas, sino que profundizaron aún más la crisis económica del país. Para principios de este año la tasa de desempleo superaba el 25%, lo que para una economía con una bajísima tasa de participación (un poco más del 50%  de las personas “en edad” de trabajar se hacen parte del mercado laboral) y que se considera “del primer mundo”  son resultados catastróficos. El panorama laboral para los jóvenes era aún peor, de hecho, la tasa de desempleo juvenil superaba el 50%.

 

La coyuntura derivó en un pueblo griego tomándose las calles de forma masiva; exigiendo el fin a las medidas de austeridad y reconociendo en la troika a su mayor enemigo. En este contexto, una fuerza política que aunaba diversos grupos políticos (la ansiada “unidad en la izquierda”) se presentó a las elecciones nacionales como la alternativa que buscaba acabar con las políticas de austeridad; este grupo era el, ahora mundialmente conocido, Syriza (o Coalición de Izquierda Radical).

 

Liderados por Alexis Tsipras, buscaron cautivar a las masas con un programa que si bien; no se podría definir como socialista (en su sentido estricto, no en las desviaciones que se han apropiado de la clasificación en nuestro país); si iba en contra de los intereses de la vanguardia burguesa europea y su proyecto de acumulación neoliberal (mayor regulación financiera,  mayores cargas impositivas para grandes empresas, nacionalizaciones, entre otros) además de hace un “popurrí” bastante superficial de diversas demandas principalmente asociadas con las clases medias (e.g. pro-energías renovables, anti-militar, pro-derechos humanos) y, por supuesto, renegociar la deuda y acabar con los pagos a “la Troika”. El 25 de Enero del 2015,  Tsipras era elegido como el primer ministro con una votación que superaba ampliamente a sus contendientes y el mundo, expectante, ponía sus ojos sobre la península helénica.

 

Lo que parecía el comienzo de una historia épica, pronto se transformó en una verdadera tragedia griega. En Julio el país se declaraba “oficialmente” en default; ante lo cual la Troika ofrecía un nuevo rescate, con nuevas condiciones mucho más “invasivas” que solo políticas de austeridad (consideraban desde los precios de los fármacos hasta el número de estudiantes por sala de clases).  En un plebiscito convocado por el gobierno, los griegos fueron enfáticos optar por el rechazo del nuevo plan de rescate (más del 60% de los votos optaron por el “no”); sin embargo; el 10 de Julio Tsipras aceptaría las condiciones impuestas por la Troika, y con ello, un nuevo rescate financiero para Grecia.

 

Lo anterior generó un quiebre al interior del partido, derivando en la salida de algunos sectores más “radicales” (según la prensa internacional) y en un acercamiento de Tsipras a algunos partidos del “centro político” (aunque mantuvieron el nombre Syriza). La crisis interna llevó al primer ministro a convocar elecciones anticipadas en las cuales, el “nuevo y más pragmático” Syriza liderado por Tsipras, resultaría electo con un 35% de los votos y un histórico 44% de abstención.

 

Aquellos que en un principio mostraron esperanza por el proyecto progresista de Syriza, se vieron profundamente defraudados por su devenir. La gran mayoría de las críticas (principalmente a través de la web y las redes sociales) apuntaban a un solo culpable; Alexis Tsipras (“¡Traición!”, postearon algunos; “¡Cobarde!”, twitteaban otros). Es mi más profunda convicción,  que desde la vereda revolucionaria no podemos caer en este tipo de simplificaciones y conspiracionismos a la hora de hacer análisis político.

 

¿Cómo puede ser que la voluntad de un hombre haya podido doblar la mano del pueblo y del proyecto político que lo sostenía? O más aún ¿Cómo puede cambiar la voluntad de un hombre con pretensiones transformadoras en un tiempo tan acotado? Las respuestas a estas preguntas son probablemente muy complejas para abordarlas extensivamente en una columna de opinión, pero creo que el proceso griego evoca un componente estratégico que creo es clave en la búsqueda de estas; el instrumentalizar superficialmente el Estado mediante estrategias electorales para convocar a “masas votantes” vis-avis la formación de fuerza social organizada.

 

Lo primero que debemos tener en cuenta es que las condiciones económicas de Grecia para el periodo previo a la elección de Syriza eran excepcionales. Lo anterior, y con justa razón, desencadenó la expresión activa de malestar de gran parte del pueblo griego;  jóvenes (desempleados, muchos profesionales de clases medias), pensionados y clase obrera popular, entre sus principales exponentes. En este sentido, no sería una exageración afirmar que el movimiento era de composición heterogénea pero en el cual compartían la noción de que las condiciones de austeridad debían acabarse.

 

El conflicto se caracterizó por huelgas generales y manifestaciones masivas concentradas principalmente entre 2010 y 2012. Al mismo tiempo, Syriza, que venía saliendo de una fuerte crisis interna y que contaba con escasa representación parlamentaria, encontró en las movilizaciones una ventana para insertarse en el conflicto, lo que resultó en un fuerte impulso electoral para el partido; en 2012 ya eran la segunda fuerza con mayor presencia en el parlamento[1].

 

El partido había encontrado su “masa votante”; los movilizados. Desde ese entonces, las demandas de los movilizados pasarían a ser la base del programa del partido. Esto explica el carácter heterogéneo del programa  que giraba principalmente en torno a la re-pactación de la deuda y el fin a las condiciones de austeridad. De esta manera, la masa votante llevó a Syriza a la victoria en las elecciones nacionales. Hasta aquí me gustaría resaltar que Syriza es impulsada por un proceso de conflicto, y no al revés, por lo que su proyecto político es amorfo (responde a los intereses de todos y al mismo tiempo no responde a los intereses de nadie). Aun siendo este el caso es innegable que el programa (y los intereses de los movilizados) entraba en tensión con el proyecto neoliberal europeo y la reacción de los defensores de este no se haría esperar.

 

La unión monetaria europea genera un espacio de análisis interesante; ya que hace muy difícil diferenciar entre capital nacional (i.e. Griego) y regional (i.e. Europeo). Sin embargo, no es difícil identificar que los capitales que se benefician más que proporcionalmente de la unión monetaria residen en aquellos países más productivos. Un claro ejemplo de lo anterior se puede observar en las tasas de cambio, donde estos países siempre observaran un tipo de cambio más depreciado (debido a la existencia de los países menos productivos) de lo que observarían si no estuvieran en la unión monetaria, por lo que se encuentran en una posición relativa muy competitiva. Esta es una razón importante de porque el sector exportador alemán ha crecido notablemente durante los últimos años. De hecho, es precisamente Alemania el país que más beneficiado se ha visto por este sistema, y por lo mismo no es de extrañarse que la reacción ante el proyecto griego viniese principalmente de tierras teutonas y no así desde Grecia.

 

La vocería de la reacción se concentró en Angela Merkel (Canciller alemana) y Wolfgang Schäuble (Ministro de finanzas); quienes amenazaron a Grecia de una forma bastante particular. En otras palabras dijeron lo siguiente: “Ustedes sálganse del Euro, de todas maneras nosotros estaremos bien y ustedes probablemente seguirán en crisis”. Lo más terrible de esta amenaza es que, al menos en el corto-mediano plazo, era probablemente muy cierta. La pelota ya estaba del lado de los griegos y Tsipras tenía que decidir.

 

Ante tan compleja decisión, Tsipras buscó recurrir a su “fuerza popular” para  proceder. Su fuerza que residía en su masa votante. Es en este momento en donde se puede observar la amorfia del proyecto político de Syriza en todo su esplendor; la masa votante sólo tiene respuestas discretas (si o no), sin embargo detrás de estas existe un continuo de intereses contradictorios entre sí, probablemente unos se vean beneficiados, otros perjudicados y otros queden igual por la decisión que tome, y estos, dentro de la masa votante son irreconocibles. Justo cuando se tiene que tomar la decisión, es cuando se cae en cuenta que el proyecto no encuentra un sujeto político y por lo tanto no existe una fuerza social organizada en torno a este. Tsipras está completamente sólo, el sí o el no a esta altura importa poco, y tiene que tomar una decisión que va a repercutir sobre la vida de muchos.

 

Volviendo a las preguntas que levantamos unos párrafos atrás; esta historia no tiene que ver con la voluntad de contradecir a un pueblo entero ni con un repentino cambio de voluntad, sino que simplemente; con la voluntad de no cometer los mismos errores.

 

Esta es la tragedia de Tsipras.

 

 

[1] “Un pie en la calle y otro en el parlamento” dirían algunos.