Jueves, 04 Agosto 2016

La derrota de la Clase trabajadora y los proyectos políticos en pugna tras la Unidad Popular

Esteban Nazal

Licenciado en Antropología Social, Universidad de Chile.

A partir de los trágicos hechos del 11 de septiembre de 1973, los distintos partidos, organizaciones e intelectuales de izquierda dieron paso a la revisión crítica de la coyuntura, la táctica y la estrategia, preguntándose ¿a quién atribuir las responsabilidades políticas del Golpe de Estado? En este sentido, el comprender y establecer las causas de la incapacidad tanto de llevar a cabo el proyecto político, así como también de responder o evitar el levantamiento de las Fuerzas Armadas al alero de los intereses de la clase capitalista; se ha transformado en uno de los debates de la izquierda chilena más importantes de las últimas 4 décadas.. Las interpretaciones suelen considerar a los distintos partidos políticos como los protagonistas de la acción política, dándole a la táctica y a la estrategia de éstos el mayor peso explicativo del Golpe de Estado cívico militar.

 

Las discusiones al respecto que se dieron al interior de la izquierda pueden ser clasificadas en dos conceptos clave dependiendo de a quién o a qué se le atribuye la culpabilidad del Golpe: fracaso o derrota. Tomás Moulian plantea en 1976, en el texto “La Crisis de la Izquierda”, que el concepto de derrota está asociado a dos errores de interpretación: el primero en tanto suele desligarse de la culpabilidad que le compete a los actores clave del proceso en sus definiciones estratégicas y tácticas; y el segundo en tanto se asume un carácter inevitable del proceso, donde los derrotados se posicionan como víctimas y no responsables. Así, esta lectura tiende a explicar el proceso a través de la búsqueda de culpables, los que van desde las hipótesis del mal manejo del gobierno hasta las trabas producto de la radicalidad de grupos de izquierda tanto fuera como dentro de la UP.

 

Además del peligro de caer en discusiones identitarias donde se busca defender uno u otro agente antes que sus decisiones, esta dimensión del debate suele reducirse al nivel político formal, donde solo las instituciones, los partidos y los movimientos políticos pueden desarrollar acciones relevantes para el proceso. Asemejado a un tablero de ajedrez que contiene en sí mismo la avalancha de la historia y en donde quienes se baten a duelo son dos proyectos socialistas en pugna, uno reformista y otro radical, el resto de los jugadores es puesto a la espera de las acciones del Partido Comunista, el Partido Socialista, la Unidad Popular o el MIR. Desde nuestro punto de vista, para comprender el fenómeno cristalizado en el Golpe de Estado de 1973, es necesario un análisis que sobrepase este campo; es decir, que no reduzca las causas solo a las acciones de tal o cual partido, y de si éstas fueron suficientes o no para avanzar en el proyecto socialista. Derrota y fracaso son parte de una misma historia, mas deben observarse en distintos niveles de análisis y se debe reconocer la primacía de la primera. Con esto, no queremos dejar de considerar las responsabilidades tales como los errores de lectura, estratégicos o tácticos de las fuerzas de izquierda, sino que buscamos integrar estos elementos dentro del fenómeno global de la lucha de clases: nuestra perspectiva considera la derrota como el despliegue de la lucha entre las dos clases estructurales del capitalismo, la clase capitalista y la clase trabajadora. En este sentido, a continuación se desarrolla el debate fracaso-derrota considerando este marco analítico, a partir del cual se sostiene que la UP es un proceso de agudización de lucha de clases en el cual se tienden a ordenar los distintos sectores sociales en términos de las dos fuerzas centrales contradictorias del capitalismo.

 

Como se desarrolla en la última columna, para ese entonces la clase trabajadora ha alcanzado una acumulación de fuerza y un avance sustantivo en sus claridades políticas, ideológicas y organizativas desde mediados de los sesentas. Reflejo de esto, destaca la creciente capacidad orgánica de los partidos y organizaciones de orientación socialista que marcaron la época y fueron capaces de decantar los intereses de la clase trabajadora. Es más, en las discusiones posteriores al Golpe se ha tendido a plantear la decantación no de uno, sino de dos proyectos por el lado de las fuerzas de la clase trabajadora, los que, si bien, consideramos no lograron constituirse como dos proyectos políticos propiamente tales (aunque sí existiera una tendencia a que se constituyeran), sí nos hablan de una discusión política que iba mucho más allá de la situación chilena.

 

Al respecto se ha planteado, por un lado, la estrategia antiimperialista, apoyada por amplios sectores dentro del gobierno de la Unidad Popular, con el Partido Comunista como gran gestor. Por otro lado, la estrategia anticapitalista, seguida por ciertos sectores de la UP y en cierta forma, por facciones del Partidos Socialista y el MIR. La primera, confiaba en que la crisis en la burguesía podía ser radicalizada mediante alianzas de clase particulares con ciertos sectores del capital nacional y la nacionalización y estatización parcial de ciertas áreas productivas. La segunda, buscaba la estatización y el control del proceso por parte de los trabajadores, con el fin de construir una experiencia popular de producción y distribución. En consonancia con ello, se proponía una política de alianzas enfocada en las clases medias empobrecidas o semiproletarias.

 

Por otro lado, en contraposición a la acumulación de poder y organización de la clase trabajadora y los partidos de izquierda, existía al menos dos sectores provenientes de la burguesía que para ese entonces constituían la oposición al gobierno. El primero articulaba el proyecto político del desarrollismo democrático y era impulsado principalmente por las clases profesionales, el pequeño capital y funcionarios del Estado, y tenía como fuerza orgánica principal a la Democracia Cristiana. Su organicidad y capacidad política permiten considerarle como una de las fuerzas políticas capaces de hacerle frente al proyecto socialista. Además, suele hipotetizarse que una salida democrática y que introdujera cierta estabilidad a la tensión política del país involucraría el ascenso de este partido al poder. El segundo sector corresponde a los partidos de derecha y ultra-derecha, los que representaban los intereses del gran capital y el latifundio. El avance del movimiento popular, en este contexto, debe ser comprendido a la luz de esta crisis en ciernes de la burguesía, situación dada por los conflictos de interés (representados en proyectos políticos distintos) y la forma de acumulación que cada fracción de la clase capitalista perseguía.

 

Sin embargo, y a pesar de las diferencias, sus acciones coordinadas en contra del gobierno de la UP demostraron en la práctica que ante cualquier eventualidad, su acción política estaría orientada a defender el modo de producción capitalista cuando éste se ponía en cuestión. Es más, la clase capitalista no partió unida en el proceso de la UP, sino que se fue uniendo en el proceso. Hitos que lo demuestran son el paro patronal de octubre de 1972 y la conformación de la Confederación de la Democracia (alianza electoral que en 1973 albergaba a gran parte de la oposición y era encabezada por la Democracia Cristiana y el Partido Nacional). De esta forma, desde el primer momento en que asumió Salvador Allende, los capitalistas llevaron a cabo distintas estrategias para desestabilizar al gobierno, las que fueron confluyendo en respuesta al avance popular. Entre éstas se puede nombrar el aparataje de contra-información y de montaje de los medios de comunicación masivos en manos de la derecha, las operaciones económicas que iban desde el desabastecimiento hasta la no inversión; y el desarrollo de una política para con las Fuerzas Armadas.

 

A pesar de esto, la notable respuesta de los trabajadores a favor de la UP (tanto en las elecciones de 1971 como en el boicot del paro patronal del año siguiente) demostró que el compromiso por las transformaciones y la organización popular hacía que éstos solidarizaran con el gobierno, e incluso que se hicieran parte de él. El Golpe y la Dictadura militar cobran sentido en su brutalidad, terror y eficacia solo cuando somos capaces de analizar esta dimensión. Frente a la estrategia de desestabilización por parte de la clase capitalista y los sectores de la Democracia Cristiana, el movimiento popular había logrado constituir como nunca antes una organización y un avance en las conciencias; como nunca antes tenía la capacidad de enfrentarse a la patronal. Este álgido momento de la lucha de clases, con condiciones que mostraban un tremendo potencial para lograr transformaciones de orientación socialista y formar parte de una suerte de colchón latinoamericano, fue lo que llevó a la clase capitalista a recurrir a la violencia con tal magnitud. Como señala Mike Gonzales en el libro “Cordones Industriales” (2001), “el golpe ocurrió porque el creciente nivel de la lucha de clases en Chile llegó a amenazar la existencia misma de la sociedad burguesa”. Aquello lo demuestran la decisión de terminar el gobierno por las armas, cuando la posibilidad de derrocarlo plebiscitariamente se hacía cada vez más plausible; la espectacularidad del golpe, con el bombardeo de la Moneda mientras dentro de ésta resistía un puñado de personas; y los 17 años de dictadura y política del terror a través de la militarización de las poblaciones y la tortura y el asesinato sistemáticamente implementados.

 

En este marco general es que decimos que en la experiencia de la Unidad Popular, la clase trabajadora fue derrotada por la clase capitalista en su conjunto. Pero, el Golpe de Estado no solo significó la derrota de los proyectos políticos socialistas, sino que también del proyecto político del desarrollismo democrático, impulsado principalmente por la Democracia Cristiana. Así, a diferencia de Moulián, observamos la definición de derrota como más correcta, en tanto permite situar las debilidades y responsabilidades de las fuerzas de la clase trabajadora a la luz de su lucha con la clase capitalista, y no como responsabilidades en sí mismas sobre las cuales rasgar vestiduras. Dicho con otras palabras, sí hubo una serie de errores y responsabilidades por parte de las fuerzas de izquierda, de los cuales debemos aprender, sin embargo estos errores y responsabilidades no pueden ser analizados fuera de la lucha de clases, es decir como mero fracaso, pues el acento de la discusión debe estar puesto en la dinámica que ésta adquirió en el periodo y de cómo las distintas fuerzas dieron la batalla.

 

 


Esta distinción no supone que la estrategia antiimperialista no estuviera inserta en el horizonte socialista, sino que más bien buscaba desarrollar conflictividad entre dos sectores burgueses, mientras que la otra estrategia no perseguía el desarrollo de una burguesía nacional que se enfrentara a la transnacional, sino que el desarrollo del control y administración obrero de las empresas y de la vida.