Jueves, 04 Agosto 2016

Trampas de la estrategia institucionalista, segunda parte

Fragua

Centro de Investigación

Dentro de los movimientos de carácter ciudadanista, encontramos a varias agrupaciones políticas aparentemente variopintas, pero que reflejan el síntoma de la disgregación de la izquierda: múltiples partidos con apuestas “propias”, pero con estrategias políticas similares.


El proyecto ciudadanista: Izquierda Ciudadana y Revolución Democrática.


Realizaremos un breve análisis de dos propuestas, para cuyos efectos utilizaremos a modo de ejemplo las propuestas de Revolución Democrática e Izquierda Ciudadana.

Revolución Democrática (desde ahora RD) nace en el 2012 como un “movimiento político”, a raíz de las movilizaciones sociales de 2011, que acusa la ineficiencia del sistema político actual y la necesidad de la emergencia de nuevos actores políticos que disputen el poder que ha permanecido en manos de dos coaliciones desde el fin de la dictadura: la Alianza y la Concertación. El diagnóstico realizado desde RD se resume a una crisis de representación y credibilidad de las instituciones, y a una fractura entre los ciudadanos y el sistema político que dio paso a las movilizaciones del 2011, debido a la insuficiencia de este sistema para realizar transformaciones. A continuación, iremos desglosando estos factores más profusamente.

A partir del diagnóstico anterior, RD “aspira a emerger como uno de estos actores, y a jugar un rol relevante en la política que viene”, impulsando transformaciones estructurales que se ven reflejadas en una nueva Constitución. Ahora bien, ¿a quiénes se encomienda la tarea del cambio? Ya no se habla de alianzas interclasistas, ni de la clase trabajadora. Son las personas, como ciudadanas, quienes deben participar activamente de las decisiones que se tomen dentro del sistema político, en sus palabras, “la democracia debe guiar nuestro accionar a todo nivel. Queremos hacer soberanos a todos los chilenos”. La diversidad de los actores no resulta acá un problema, en tanto la vía democrática une a todos los “ciudadanos” en un “proyecto ciudadano” común que trasciende cualquier otra categoría y diferencia social. La invitación es, entonces, a unirse al proyecto, porque más allá de las diferencias (de hecho, “valoran la diversidad”, por el solo hecho de que apoyar la diversidad en sí misma parece una apuesta políticamente correcta) cualquier persona que quiera realizar esos cambios por la vía democrática, es bienvenida.

La confianza en la propuesta radica en lo innovador que ésta puede llegar a ser (de hecho, se habla de que innovando las propuestas, se puede llegar a aquellas personas que “dicen no a todo”), y no en la alianza interclasista, ni en la clase trabajadora y su llegada al gobierno. Desde su punto de vista, el problema reside en que la antigua institucionalidad y las alianzas de partidos existentes no pueden responder a las problemáticas actuales ni impulsar y llevar a cabo las transformaciones que “los movimientos ciudadanos” reclaman hoy. De ahí, entonces, que la propuesta sea impulsar muchos “nuevos” proyectos desde la vía democrática, por la vía electoral, encaminando los procesos que “la antigua institucionalidad” no puede. El foco de la problemática está puesto en que las “reglas” que guían al sistema político están obsoletas, no dando el ancho para satisfacer las demandas; y en que los bloques existentes responden a esta estructura, no logrando re-articularse ni proponer transformaciones.

Por su parte, Izquierda Ciudadana (desde ahora IC) realiza un diagnóstico similar. Se acusa a la Concertación de haber pactado con la Alianza desde la llegada de la democracia, enfatizando que esto es lo que le ha impedido a la Concertación realizar cambios importantes. Frente a “la demanda de participación en las decisiones públicas” por parte de grandes sectores de la población, las instituciones políticas que nos rigen hoy no son suficientes. Es por esto que se argumenta que la labor del nuevo gobierno es atender a las demandas de mayor igualdad, y transformar radicalmente el sistema económico y el sistema político, alterando, con ello, las relaciones de poder entre las mayorías y las minorías dominantes.

El enemigo concreto de IC es la “derecha” que impide las transformaciones, de ahí que la tarea sea la instalación de un gobierno con sustento político y social, con apoyo parlamentario, sustituyendo las bases de la antigua Constitución, creando una nueva mediante una Asamblea Constituyente. Las propuestas que surgen desde IC van desde el carácter de la Asamblea y la nueva Constitución, hasta una nueva Reforma educacional y tributaria. El carácter meramente reformista de estas propuestas sobrevalora el poder de la legalidad y de la institucionalidad para la realización de transformaciones, a la vez que sobredimensiona sus posibilidades de inserción en el aparato estatal.

Ambos programas se configuran como propuestas que ven la mera pérdida de consenso como la principal problemática, de ahí que ofrezcan nuevos proyectos que pretenden lograr un nuevo consenso de carácter ciudadano en torno a sus ideas programáticas de reforma a diversos ámbitos de la institucionalidad vigente. La crisis se observa solo en la “antigua forma de hacer política”, de ahí que lograr un “acuerdo” resulta ser el gran paso a seguir para terminar con la “dualidad” partidaria (Alianza/Concertación), generando un nuevo proyecto de carácter inclusivo y ciudadano.

Recalcamos la idea de las mayorías ficticias, especialmente en el caso de RD e IC. Se habla de participación política de la ciudadanía solo en términos de ayudar a construir las reformas al sistema, participando políticamente mediante la vía electoral, haciendo caso omiso a la organización real, estable y permanente que debe nacer desde las bases.

Por su parte, al “valorar la diversidad” y pluralidad de actores en estos proyectos de carácter ciudadano, se desdibuja un elemento que para nosotros resulta fundamental: que los actores políticos responden a intereses de clase, y que existen, por lo tanto, intereses de clase contradictorios imposibles de reconciliar. La categoría de ciudadano oculta y obvia las diferencias de clase, presentando una igualdad que resulta ficticia y tramposa al ejercicio de realizar grandes transformaciones.

Finalmente, la ingenuidad con Igualdad es compartida: sin aliarse a los bloques dominantes, ¿es posible una transformación? Y al aliarse con ellos, ¿es posible confiar en cambios estructurales profundos, considerando la reticencia de éstos a las transformaciones? ¿Sirve de algo disputar la institucionalidad para la construcción de poder, hoy en día y en estos términos, considerando su forma actual y las alianzas de clase de cobija en su seno?