Jueves, 04 Agosto 2016

La doble estrategia: confusiones de los límites del Estado y la sociedad civil en la vía institucionalista

Marcela Quero

Licenciada enAantropología Mención Antropología Social, Universidad de Chile. Magister(c) en Educación Mención Curriculum Escolar, Pontificia Universidad Catolica de Chile

Continuando con nuestra Serie Izquierda Chilena y Construcción Poder, habíamos dejado pendiente, luego de las columnas “las trampas de la estrategia institucionalista”, el desarrollo de algunos errores teóricos que fundamentaban esta estrategia y su aplicación a la realidad nacional concreta.

Al hacer la revisión de las estrategias de las distintas apuestas políticas actuales, veíamos específicamente que algunas no tenían UNA estrategia sino una DOBLE estrategia: por un lado, trabajan para la obtención de poder en los espacios del Estado y, por otro lado, se trabaja en la construcción de “poder popular” en el pueblo. En esta columna nos abocamos a discutir dicha estrategia.

Esa doble estrategia…

La pregunta que nos hacemos es, ¿qué errores sustentan esa doble estrategia? Lo que vemos en términos generales es que se invisibiliza las diferencias que existen entre el Estado y la sociedad civil, entendiendo a ambas estructuras como un continuo sin mayores diferenciaciones entre ellas. Dadas las características particulares de la sociedad chilena actual, las apuestas politicas de la doble estrategia ven al Estado como un Estado
neoliberal “total”, es decir, que todas las instituciones y organizaciones de la sociedad civil, ya sean públicas o privadas, son parte de este Estado que funciona como una totalidad, aunque no sean estrictamente parte de él. Esta casi nula diferenciación entre ambas estructuras se transforma más bien en la preponderancia de la estructura de la sociedad civil por sobre las características particulares del Estado. Es decir, hoy viviríamos bajo una “sociedad civil total”.

Dado dicho análisis, resulta lógico, por lo tanto, que la “guerra de posiciones” sea la estrategia correcta para efectuar la lucha revolucionaria, es decir, ir ocupando espacios ya sea en el Estado o en la sociedad civil sin diferenciaciones. El concepto claramente relacionado con esta estrategia es el de hegemonía y consenso, y así lo fundamental y decisivo sería convertir ideológicamente a esta “sociedad civil total” para ir realizando de a poco los cambios estructurales pertinentes.

Resulta lógico también el entender que la acumulación de poder en la sociedad civil pueda ser transferida inmediatamente al Estado. Lo hemos visto con las candidaturas parlamentarias estudiantiles del Partido Comunista y del Autonomismo recientemente. Hoy día, particularmente, nos encontraríamos con posibilidades reales de confiar en nuestra democracia actual para ir transformando procesualmente el Estado, con el horizonte estratégico, en algunos casos, de su desaparición como aparato estatal burgués y de la construcción del socialismo.

Sin embargo, si nos aproximamos a un análisis específico del Estado chileno y a su sociedad civil, vemos que se le está confiriendo demasiado poder para generar hegemonía. Ambas estructuras no tienen capacidad de movilizar al pueblo y de producir política, dadas sus características típicamente clientelistas. Hoy día, dichas instituciones ya no ocupan el lugar estratégico que tenían en el Estado de compromiso, están vacíos de proyecto y representatividad, al contrario de cómo funcionaban antes de 19801. Vivimos bajo un Estado y sociedad civil distinta, y no vemos indicios de que éstas cambien. Por otro lado, lo que nos dice la cultura política chilena es todo lo contrario, las posiciones del Estado y la sociedad civil solo sirven después que la clase trabajadora se organiza.

Hubo un momento en la historia de Chile en donde se intentó utilizar al Estado con esos fines, pero, como sabemos, llegó el golpe de Estado cívico-militar y la represión. Es en este punto en donde vemos que un nuevo elemento de error en la visión que no distingue propiedades entre Estado y sociedad civil en la sociedad chilena actual, pues se tiende a olvidar que el Estado también tiene el componente coercitivo. Pareciera ser que para esta concepción, el Estado no es una máquina violenta de represión y que no estaríamos combatiendo con un Estado armado. Sin embargo, la experiencia histórica chilena y latinoamericana nos ha demostrado lo contrario. Las Fuerzas Armadas han sido y son una columna vertebral fundamental en los procesos latinoamericanos. La integración de este componente en el análisis, nos obliga a introducir dentro del proyecto revolucionario la dimensión militar, no necesariamente en términos de lucha armada, sino que de seguridad, contrainteligencia, política hacia las Fuerzas Armadas, etc. Pareciéramos olvidar, así, cómo conduce la burguesía los procesos cuando la lucha de clases se vuelve más álgida.

No puede ser indiferente para la práctica revolucionaria el estudio sobre los límites del Estado y sobre las características de la democracia actual. La estrategia institucionalista y los análisis que sustentan dicha estrategia parecieran tener un dejo de ingenuidad teórica, de ese momento reflexivo que debemos tener sobre nuestra misma historia reciente y de la derrota no solo del reformismo, sino también de la estrategia revolucionaria. La estrategia institucionalista, nos está llevando a la cooptación del movimiento popular y hoy día viene solo a participar del rearme del bloque dominante en el Estado.


1 Ver: Rafael Agacino “Hegemonía y contrahegemonía en una contrarrevolución neoliberal madura. La izquierda desconfiada en el Chile Postpinochet”. Capítulo III, acápite 4: “La izquierda confiada y el regreso de la política institucional”.