Domingo, 26 Junio 2016

Para la Revolución, no hay atajos

Sebastián Link

Licenciado en Antropología Social, Universidad de Chile. Magíster en Análisis Económico, Universidad de Chile.

Para derrotar y superar el capitalismo no hay atajos. Construir una nueva sociedad requiere un largo y arduo trabajo que implica necesariamente enfrentarse a la clase capitalista, a aquellos que detentan la propiedad de los medios de producción y a sus aliados.

 

Hoy existe en lo que hemos denominado la apuesta institucional un dejo de cortoplacismo, viendo las posibilidades de construcción de una nueva sociedad a partir de la coyuntura electoral y del diagnóstico sobre la supuesta crisis de legitimidad del modelo chileno. “Abrimos una puerta, no dejemos que se cierre”, dicen algunos refiriéndose a las movilizaciones surgidas desde el 2011. El problema de los atajos no es solo que se pierde el centro de la construcción de una fuerza revolucionaria, sino que también que tienden a tener escasa viabilidad política o posibilidades de duración, transformándose en una posible derrota ante una clase capitalista que se tiende a leer como pasiva. Ahora bien, puede resultar engañoso leer estas apuestas a la luz de la superación del capitalismo, pues la apuesta institucionalista hoy está anclada fuertemente en resolver disfuncionalidades del sistema capitalista como lo sería la absorción por parte del Estado de las movilizaciones sociales. Es por ello que primero debemos enfrentarnos a cómo entender la revolución, para luego profundizar en los atajos que hoy mueven a muchos cuyo trabajo podría insertarse en la senda revolucionaria, del fin de la sociedad de clases.

 

La revolución como proceso epocal

 

Los aires de cambio se han instalado en la coyuntura electoral y al calor de las movilizaciones de los últimos años. Sin embargo, se ve con fuerza la embestida capitalista a través del gatopardismo, “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie“, y alimentada con apuestas democratizadoras con fuerte énfasis pequeñoburgués bajo un discurso que, en algunos casos, se disfraza de pueblo o popular. Y es que la Revolución que lidere la clase trabajadora no es un mero push, entendido como aquel aprovechamiento de un momento de desconcierto dentro de la clases dominantes, sino que en sí misma implica: a) una prolongada y profunda preparación previa a la toma del poder del Estado (o su sucedáneo); b) varias décadas (o incluso más) de transformación de la formación social de que se trate; c) una perspectiva y un horizonte internacionalista (de lo local, a lo nacional, a lo regional, a lo mundial). Si bien es cierto que una revolución supone aprovechar un momento preciso en el tiempo en una formación determinada (la “crisis nacional objetiva” de Lenin), la misma es, ante todo, un proceso epocal. Por lo demás, la misma historia nos da cuenta de que las revoluciones con mayor éxito hasta el momento (las revoluciones burguesas), supusieron, precisamente, toda una época de “revolución social”. Más de dos siglos de “revoluciones burguesas nacionales” fueron necesaria s para que los distintos Estados se acomodaran y funcionaran de acuerdo a la lógica del modo de producción capitalista (o el “modo de producción moderno burgués”, como establece Marx en el Prefacio de 1859). Por lo mismo, una revolución contra la sociedad de clases hoy existente en Chile y en la región latinoamericana que pretenda la superación del capitalismo bajo la hegemonía de las clases productoras, en un contexto donde se pareciera vivir un momento crucial de transformación de las estructuras estatales, debe necesariamente autocomprenderse como proceso social epocal. Asimismo, por último, y a diferencia de las revoluciones burguesas nacionales, la revolución contra el capitalismo es una revolución consciente de sí misma en el sentido más propio de la palabra y requiere de estructuras, como el partido revolucionario, que posibiliten tal consciencia.

 

Si con lo anterior nos diferenciamos estratégicamente de gran parte de la apuesta institucional que existe actualmente en Chile, ¿por qué abordarla desde un horizonte estratégico que ella no se ha propuesto? Pues bien, porque compite directamente con apuestas fundadas en los intereses de la clase trabajadora y la superación de la sociedad de clases. Dicho de otro modo, porque es una apuesta que coopta las fuerzas de la clase trabajadora y de sus aliados y las disipa en arreglos institucionales que no buscan (o no logran) desestabilizar el orden establecido, sino que más bien son fuerzas que sirven a un reordenamiento más efectivo a través de lógicas que se aproximan a la idea de un capitalismo con rostro humano. Pues bien, es hora de volver al análisis esbozado en un comienzo.

 

Los atajos de la apuesta institucionalista y la negación del enemigo

 

Dentro de la apuesta institucional pareciera haber un collage de demandas, bajo una lógica de incluir todo aquello que emerja desde los llamados movimientos sociales. Es un pegoteo que no posee mucha estructura y que suele sostenerse sobre ciertas cuestiones que se creen obvias. Ante esta lógica, no existe una jerarquización en torno a qué propuestas programáticas son más centrales que otras a la luz del fortalecimiento de la clase trabajadora, énfasis que incluso está ausente en varios casos al propender más bien a los intereses de la pequeña burguesía. Ahora bien, estas demandas suelen tener una baja viabilidad política. Se plantean reformas ancladas en agregados de ciudadanos, pero sin grupos organizados con intereses objetivos en ellas que las sostengan. Dicho con otras palabras, las organizaciones que sostienen a la apuesta institucional no están fundadas en los intereses objetivos, materiales, que tienen los distintos grupos para con la reproducción o transformación de la sociedad. Ello requiere una concepción científica de las clases sociales, es decir en su inserción en el sistema productivo como aquel en donde se da la contradicción central en el capitalismo: el capital y el trabajo. Así, no basta con tener un cúmulo de voces que sienten malestar, ni tampoco con aquellos apoyos de opinión a través de las redes sociales.

 

Aún cuando las bases sociales de la apuesta sean más bien difusas, es en base a estas débiles fuerzas que se plantea un cortoplacismo anclado en, al menos, dos atajos. El primero es el atajo institucional, aquél que apuesta, entre otras cosas, por una Asamblea Constituyente, la Nacionalización de los Recursos Naturales y la elección de un presidente. Este atajo erra no tanto por sus apuestas reformistas, sino que por su viabilidad. ¿Acaso se cree que esos procesos pueden llevarse a cabo hoy en Chile en aras de los intereses de la clase trabajadora? Y si se lograra, ¿acaso se cree que aquello puede durar en el Chile de hoy dada la fuerza que posee la clase proletaria, única capaz de llevar adelante un camino hacia la superación del dominio del capital, es decir, reformas sustantivas al modelo económico chileno? Un segundo atajo es el espontaneísta. Aquí se observa la organización y cierta fuerza transformadora como si emergieran espontáneamente del malestar, las marchas y las críticas supuestamente radicalesinstaladas al calor de las movilizaciones. Se espera que el malestar y la movilización tengan efectos directos sobre otros sectores no movilizados, asumiendo un supuesto gran avance de los sectores movilizados. Un elemento asociado a este espontaneísmo es una reducción de la movilización social, en general, y de las marchas, en particular, como actos comunicativos. Como dijimos en otra columna de la serie, lo que ayer era una expresión de la fuerza organizativa y militar de la clase trabajadora, hoy es vista como un instrumento de comunicación de las demandas hacia nuestros representantes o hacia aquellos que detentan el poder. Con estos dos elementos, se espera la emergencia de un acuerdo entre los distintos sectores movilizados y no movilizados, lo que llevaría a cambios sustantivos en nuestra sociedad.

 

Estos atajos, a su vez, han ido de la mano en las apuestas institucionalistas con un desentendimiento del poder de la clase capitalista. La puerta abiertapor las movilizaciones de los últimos años se afincaría en la deslegitimidad de los políticos y en una imagen donde el enemigo se reduce a un porcentaje o a las mil familias que impiden los cambios. El problema que se observa es uno de representatividad y de mal funcionamiento del sistema político, lo que deriva en una crítica funcional al sistema capitalista chileno en tanto no es capaz hoy, según los seguidores de esta apuesta, de absorber eficientemente la movilización social. En este contexto, el análisis de la apuesta institucionalista niega la presencia de agentes enemigos, a quienes no ven como propiamente agentes que tienen la capacidad de defenderse y atacar, o a quienes se les elimina del cuadro criticando un sistema que no funciona y no a aquellos que tienen interés objetivo en mantenerlo.

 

Para la Revolución, no hay atajos

 

En definitiva, la apuesta institucionalista de sectores de la izquierda chilena peca de ignorar el cómo se desenvuelve la historia (o de saberlo y actuar contra la clase trabajadora y sus intereses) . En el capitalismo la contradicción central está dada por el capital y el trabajo, único conflicto que este sistema no puede resolver sin destruirse con ello. El ignorar la lucha de clases como motor de la historia les lleva a dos problemas, entre otros. Primero, la imposibilidad de jerarquizar ciertas demandas y de definir qué transformaciones dentro de la institucionalidad son más eficaces para con la acumulación de poder de la clase trabajadora. O lisa y llanamente, no plantearse esta pregunta por cuanto no es a los intereses de ésta a los que se responde. Segundo, la imposibilidad de llevar a cabo las transformaciones propuestas al sustentarse en agregados de personas y/u organizaciones sin base clasista, las cuales no tienen la capacidad ni de llevar a cabo las transformaciones propuestas ni de hacer que se sostengan en el tiempo. La contracara de este segundo problema es el ignorar a la clase capitalista como un agente activo de la lucha de clases y que nunca ha escatimado esfuerzos en usar las estrategias necesarias para acabar con los intentos de avance de la clase trabajadora hacia la superación del capital y, por ende, de su propia condición de explotados.

 

Y es que a 60 años del asalto al cuartel Moncada, sabemos, al menos, que para la Revolución no hay atajos.

 

Ilustración: por Esteban Nazal