• Jueves, 04 Agosto 2016 Presentación
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    La serie de columnas “Unidad Popular y la Reconstrucción del Horizonte Revolucionario en la Actualidad” se enmarca dentro de la política de reconstrucción del tejido social de las clases populares; pues como parte constitutiva del movimiento popular, como Fragua pretendemos desarrollar mejores lecturas de la realidad que enfrentamos para así poder avanzar a la constitución de fuerzas sociales capaces de llevar adelante un proceso revolucionario.

     

    Abordar la experiencia de aquellos años nos permite, por un lado, tener una mejor comprensión de cómo hemos llegado a la situación en que nos encontramos en la actualidad, así como también desnaturalizar la radical descomposición orgánica e ideológica del pueblo; y por el otro, desarrollar capacidades investigativas y reflexivas en Fragua. Así, nos vamos articulando como investigadores sociales militantes, que en nuestro rol dentro del movimiento popular desplegamos la praxis investigativa con compromiso político, rechazando la construcción de lecturas antojadizas y aisladas, así como también aquéllas que se esbozan desde posiciones iluminadas frente a un pueblo que algunos observan como pasivo.

     

    Las columnas que aquí se presentan fueron construidas a través de la investigación y el debate conjunto entre los militantes de Fragua, expresando todas y cada una de ellas la perspectiva que como organización tenemos de la realidad nacional. En este contexto, quienes aparecen como autores tuvieron por tarea la redacción de las ideas que colectivamente fueron esbozadas. A su vez, las discusiones fueron desarrolladas sobre la base de la revisión bibliográfica de múltiples textos que abordan el periodo de la Unidad Popular. Entre los textos revisados se cuentan las reflexiones de Hugo Zemelmann, Kalki Glauser, Stefan De Vylder, Peter Winn, Mike González, Julio Pinto, Joan Garcés, Tomás Moulian, Ruy Mauro Marini, Franck Gaudichaud, Olga Ulianova y el trabajo de sistematización de textos de Mario Garcés.

     

    Agradecemos el apoyo y los comentarios de Sergio Grez, con quien hemos discutido en más de una ocasión sobre el despliegue y el avance del movimiento popular en el Chile hoy, a través del debate fraterno y entre compañeros.

     

    Columnistas de Fragua “Serie UP”

     

    Eduardo Bustos
    Candidato a Magíster en Gobierno y Gestión Pública, Universidad de Valparaíso
    Sociólogo, Universidad de Playa Ancha.

     

    Manuel García
    Ingeniero Comercial con mención en Economía, Universidad de Chile.

     

    Sebastián Link
    Candidato a Magíster en Análisis Económico, Universidad de Chile.
    Licenciado en Antropología con mención Antropología Social, Universidad de Chile.

     

    Esteban Nazal
    Licenciado en Antropología con mención en Antropología Social, Universidad de Chile.

     

    Marcela Quero
    Estudiante de Magíster en Educación mención Currículum, Pontificia Universidad Católica de Chile.
    Licenciada en Antropología con mención Antropología Social, Universidad de Chile.

     

    Leonora Rojas
    Candidata a Magíster en Estudios Sociales y Políticos Latinoamericanos, Universidad Alberto Hurtado.
    Licenciada en Antropología con mención Antropología Social, Universidad de Chile.

     

    Ignacio Sandoval
    Estudiante Master of Arts in Anthropology, Columbia University.
    Licenciado en Antropología con mención en Antropología Social, Universidad de Chile.

     

    Lidia Yáñez
    Estudiante de Sociología, Universidad de Chile.

  • La Unidad Popular ha convocado diversos análisis dada su relevancia para la historia de Chile, así como también por su singularidad en cuanto a la vía que se asume para transitar al socialismo. Al tratar de comprender lo sucedido, es difícil no observar dicho proceso desde la derrota sufrida o desde las posiciones que investigadores actuales asumieron en aquel entonces o asumen hoy. Ambos elementos constituyen problemas en el análisis de lo que realmente ocurrió durante la UP, cuestión que tiene consecuencias en la interpretación de la realidad que enfrentamos.

     

    A la distancia, la experiencia vivida se nos aparece como un pasado mítico donde las clases explotadas y/o dominadas tenían niveles de organización y de conciencia que contrastan con la descomposición actual. Sin lo vivido en el proceso de la UP, es imposible comprender la radicalidad de la respuesta capitalista a través de la desarticulación organizativa e ideológica de la clase trabajadora y sus aliados, así como también el exterminio de los sujetos que encarnaban el proyecto anticapitalista. Sin abordar con rigurosidad y sistematicidad el proceso de la UP, es fácil caer en una política que termina por negar el horizonte socialista al no ver en la actualidad fuerzas sociales que tengan la capacidad de llevar adelante el proyecto socialista. Esta columna tiene por objetivo identificar una serie de errores en el análisis del proceso de la UP, los que pretendemos enfrentar en las tesis que se sostienen en este libro bajo la necesaria investigación científica al alero de la tarea estratégica del periodo de la reconstrucción del movimiento popular.

     

    “Al mirar al pasado, muchos años después de terminar la lucha por la elección del camino y de haber pronunciado la historia su veredicto sobre el acierto del camino elegido, no es difícil, claro está, revelar profundidad de pensamiento, proclamando la máxima de que las tareas del partido crecen con éste”. (Lenin)

     

     

    Dos problemas: reducir el proceso a su desenlace y el análisis identitario de la UP

     

    Un primer problema que emerge en el análisis de la Unidad Popular luego de más de 40 años es la reducción del proceso a su desenlace, a la derrota de la clase trabajadora, al golpe de Estado y al ascenso del proyecto neoliberal. Esta reducción tiene múltiples peligros. (1) Un primer peligro es que puede llevar a los investigadores sociales a esmerarse en buscar aquel eslabón que, en última instancia, determinó la derrota; aquella decisión o aquel evento que, si hubiera sido distinto, habría implicado un triunfo de los explotados. Con ello, en lugar de estudiar lo que realmente sucedió, se procede a explicar la derrota desde lo que no sucedió, y se elaboran opciones en las decisiones tomadas por los agentes que, en aquel entonces, no necesariamente estaban disponibles o resultaban razonables. Este tipo de búsqueda vulgariza la historia y las ciencias sociales al reducir la explicación del fenómeno a uno u otro hito, al margen de las condiciones enfrentadas por los agentes y las capacidades que éstos habían desarrollado durante las últimas décadas; al margen de las tendencias históricas objetivas del periodo. Desde este tipo de abordaje es fácil caer en un análisis donde se subsume el horizonte socialista y la estrategia para el periodo a una serie de tácticas que se considera cambian mecánicamente de acuerdo a cómo se va desenvolviendo la coyuntura, que se considera cambian al margen del proyecto de sociedad que encarnaba el movimiento popular. En términos políticos, resolver sobre la rueda las tácticas de uno u otro momento, instala necesariamente a la utopía como horizonte, acogiendo siempre el interés de lo inmediato por sobre los intereses de clase en juego. Este primer peligro, así, se constituye en un politicismo.

     

    (2) Un segundo peligro asociado a la reducción del proceso a su desenlace es asumir la inevitabilidad del proceso, es decir se transforma la derrota en una necesidad histórica. Ello puede derivar tanto en negar la lucha revolucionaria y el horizonte socialista, como tendió a ocurrir con la renovación de diversos antiguos revolucionarios; como en reducir las decisiones de los agentes, individuales y colectivos, a leyes históricas fundadas en una presunta ontología del proceso de desarrollo de los modos de producción y despliegue mecánico de las instituciones de la sociedad a partir de éste. Esta reducción conlleva a la elaboración de estrategias y tácticas que se entendían como esenciales y necesarias para todo proceso, sin importar las condiciones específicas de la sociedad en un momento y geografía dados. Este segundo peligro, así, se constituye en un mecanicismo.

     

    El segundo problema resulta en el análisis identitario de lo ocurrido, donde los errores y los aciertos de las decisiones tomadas por los distintos agentes son reducidos a la defensa de una u otra postura política, ya sea la que se asumió en la coyuntura de la UP o la que se asume hoy. Este carácter identitario de la discusión lo observamos en Fragua como una de las características de la descomposición del movimiento popular, pues se antepone la defensa de una u otra organización o de uno u otro investigador, a la necesaria construcción de lecturas más correctas sobre la realidad que enfrentamos.

     

     

    Nuestra perspectiva: la reconstrucción del movimiento popular y la investigación social

     

    De lo hasta aquí abordado se sigue la necesidad de un análisis riguroso y sistemático de lo que realmente ocurrió durante el proceso de la Unidad Popular, que nos permita dar cuenta de las posibilidades abiertas y de las causas de la derrota popular. En primer lugar, como investigadores sociales militantes debemos insertarnos a través de nuestra praxis investigadora en la lucha de clases, asumir una posición del lado de los explotados y, con ello, hacernos cargo de las consecuencias de la producción científica que llevamos adelante. Así, si asumimos, en nuestra condición de revolucionarios, que el horizonte de nuestra época, para la clase trabajadora y la sociedad en su conjunto, es la revolución; ésta se asume como uno de los problemas de primer orden para el movimiento popular y, en su extensión, para los investigadores sociales. Con ello, hacemos frente a la renovación de la teoría marxista, la que ha sido desgajada en las esferas académicas al sustraer su carácter revolucionario y clasista; pero también hacemos frente al espontaneísmo, al entender el horizonte socialista como aquello que define la estrategia y la táctica en un periodo específico, es decir al desplegar el horizonte revolucionario en los problemas cotidianos que enfrentamos día a día. Como dijera Lukacz, se vuelve necesario “tratar todo el problema cotidiano particular en relación concreta con la totalidad histórico social; considerarlos como momentos en la emancipación del proletariado”.

     

    Es en esta concreta relación donde nos ubicamos para hacer los análisis, no para juzgar el proceder político de uno u otro agente en el pasado, sino que para levantar aprendizajes tendientes a dar insumos para las luchas populares y sus proyecciones hoy. Así, vamos consecuentemente ligando la ciencia con la política, haciendo de la actividad del investigador, largamente oscurecida por intelectuales inorgánicos, una actividad inminentemente ligada a los procesos de cambio que emanarán del movimiento popular, del que somos parte constitutiva.

     

    En segundo lugar, deberemos cuidarnos de no caer ni en el mecanicismo ni en el politicismo, es decir de no caer en la reducción de los procesos a leyes históricas universales, ni en abordar las decisiones tomadas por los distintos agentes al margen de las condiciones que enfrentaban y las herramientas que tenían disponibles. Con ello, el análisis de las columnas que conforman este libro tiende al dualismo analítico, es decir a distinguir claramente la situación que enfrentaron las distintas organizaciones del movimiento popular, tanto en términos ideológicos como materiales; de las capacidades desarrolladas por las fuerzas sociales de la clase trabajadora y sus aliados, y de cómo éstas fueron puestas en práctica en las situaciones enfrentadas.

     

    Es en este marco que esta serie de columnas se constituye en una crítica entendida como una herramienta que permita reconocer una velada realidad, que nos permita avanzar con honestidad hacia la historia, haciéndonos cargo del proyecto que cargaron quienes lucharon y dieron la vida por superar la primacía del capital. Así, nuestro compromiso con la revolución en la actualidad acondiciona nuestro rol, el que se fundamenta actualmente en la investigación social; pero con responsabilidad, lo que implica la necesidad constante de reconocer los errores cometidos y desarrollar aprendizajes para la reconstrucción del movimiento popular. Y es que entender lo que ocurrió en el periodo de la Unidad Popular es entender cómo hemos llegado a la situación que enfrentamos hoy; es visualizar las posibilidades que tenemos los explotados de superar la sociedad de clases, de construir una nueva sociedad; es, en definitiva, desarrollar mejores lecturas sobre las condiciones en las que vivimos hoy mediante la producción de conocimiento científico, como investigadores insertos en el movimiento popular.

  • Uno de los peligros que existe al analizar cualquier proceso histórico a nivel nacional, es caer en una suerte de nacionalismo metodológico, donde no se toma en cuenta la interacción de distintas formaciones económico-sociales; donde se reduce las tendencias globales a su expresión en el proceso local o viceversa; o bien, donde se radicaliza la distinción entre tendencias globales y tendencias internas, no pudiendo abordar su co-constitución. Con la intención de no caer en este peligro, se sostiene que el proceso de la Unidad Popular en Chile debe ser comprendido a la luz de las tendencias globales y las experiencias de otras formaciones económico-sociales del continente latinoamericano.

     

    En la presente columna se describe el contexto regional latinoamericano, considerando el estado de la lucha de clases de otras experiencias en la región; así como también las estrategias adoptadas en materia de política exterior por el gobierno de la Unidad Popular. Con ello, se busca evaluar la viabilidad del proyecto popular en Chile al alero de lo que sucedía en el mundo, y en los países latinoamericanos en específico, así como de las posibles dificultades que en ese marco debían ser enfrentadas por el gobierno de Allende.

     

    Este texto tiene un carácter descriptivo, bajo el argumento de que es posible y necesario identificar tendencias generales del modo de producción capitalista y tendencias regionales, entre las que se enmarcan la crisis del proyecto de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) y la creciente inflación; así como también se debe dar cuenta de las especificidades de cada formación en el marco de tales tendencias. A su vez, ello requiere abordar cómo la política exterior chilena nos habla de la lectura que se realizó en aquel entonces de la situación internacional, predominando la preocupación por evitar cualquier intento de ofensiva e intervención externa directa que pudiera afectar y cambiar el rumbo del proyecto popular.

     

     

    El contexto Latinoamericano: diferentes estados de la lucha de clases

     

    El modo de producción capitalista, a mediados de los años 60’ del siglo pasado, comienza a sufrir una crisis estructural a nivel mundial, que en América Latina se expresa en un “atolladero económico”-en palabras de Anderson. Este atolladero es visto como el producto del agotamiento del proyecto ISI y de la creciente inflación, los que comenzaban a generar presiones distributivas crecientes sobre los modelos de acumulación de capital local.

     

    Ya al finalizar la década del 60, el proceso de industrialización se había estancado producto de la “estructura dependiente” de la economía latinoamericana, con el excesivo traspaso de plusvalía hacia las economías metropolitanas y la sobre-explotación del trabajo, los que funcionaron como barreras para el desarrollo industrial local. A su vez, se desata la crisis de acumulación capitalista local, agudizándose junto a ella las contradicciones entre capital y trabajo. Con ello, América Latina entra en un proceso de crisis no solo económica sino que también del sistema de dominación, el que es puesto en crisis mediante la irrupción del movimiento de masas en la escena política.

     

    Lo que nos interesa argumentar es que esta crisis vino acompañada de una agudización de la lucha de clases en la región latinoamericana, respondiendo a las especificidades propias de cada formación social. Además es importante tener presente que las coyunturas bajo las cuales se desencadenaron procesos de avance de la clase trabajadora (procesos revolucionarios) o de retroceso de la misma (procesos contrarrevolucionarios), no coexisten temporalmente en todos los casos. Así, entonces, si bien es posible identificar la existencia de etapas históricas asociadas a los modos de producción, también es posible observar una especificidad propia de cada una de las formaciones sociales insertas en la coyuntura regional. La lucha de clases y el desarrollo capitalista se dan de manera diferenciada en la región latinoamericana, estando, no obstante ello, articuladas entre sí. Algunos países en los cuales es posible observar coyunturas de agudización de la lucha de clases con clases trabajadoras fuertes son Bolivia, Perú y Argentina.

     

    El caso de Bolivia merece especial atención, pues para 1970-1971 la coyuntura revolucionaria desemboca en que el general Juan José Torres asuma la presidencia con el apoyo de “los 4 pilares de la revolución” (organizaciones obreras, organizaciones de campesinos, movimiento estudiantil y un sector de los militares). Dicha coyuntura tenía como antecedente la experiencia revolucionaria de 1952, protagonizada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y el Partido Obrero Revolucionario (POR) que luego adquiriría un rumbo más moderado. No obstante ello, para 1972 la dictadura militar de Bánzer marcaría un hito importante, en tanto interrumpirá y “detendrá” el proceso revolucionario que se venía gestando en este país.

     

    En Perú, la dictadura militar reformista y de carácter nacionalista del general Velasco Alvarado termina con el gobierno de Belaúnde en el año 1968, impulsando procesos como la reforma agraria y ciertas nacionalizaciones económicas estratégicas con el apoyo expreso de la clase trabajadora. Su derrocamiento en el año 1975 por otra dictadura que intentó revertir las reformas realizadas en la llamada “Revolución de las Fuerzas Armadas”, marcará el fin de este proceso, pero el comienzo de levantamientos populares encabezados por los grupos más radicales de la izquierda peruana.

     

    Mientras tanto, en Argentina la clase trabajadora y sus aliados luchaban por el fin de la dictadura militar que asolaba al país desde 1966, encarnándose en hitos como el Cordobazo en 1969 y el Viborazo- o segundo Cordobazo- en 1971. La radicalización y el protagonismo de la CGT y de los sindicatos, en conjunto con el nacimiento de fuerzas de izquierda revolucionaria como los montoneros, las FAR, las FAP y el ERP, lograron la renuncia del dictador Onganía en 1970, y la posterior y breve llegada a la democracia en 1973 con el gobierno de Perón, la que solo durará hasta 1976.

     

    Dentro de los países que presentaban cierto retroceso de la clase trabajadora frente a ofensivas contrarrevolucionarias, podemos mencionar dos ejemplos claves: Brasil, y Paraguay. El caso de Brasil se instala como la dictadura militar que da inicio a la ola de ofensivas contrarrevolucionarias en la región. El golpe militar de 1964 derrocó al régimen populista y reformista de Goulart, miembro del Partido Laborista Brasileño, cuyo gobierno había comenzado reformas que se inclinaban hacia la clase trabajadora. La dictadura de Castelo Branco fue especialmente represiva hacia los partidos y organizaciones de izquierda, y hacia ciertas fracciones activas del movimiento obrero. Ante este retroceso, hubo una migración masiva de intelectuales brasileños de izquierda hacia Chile, entre los que se cuenta a teóricos dependentistas cercanos al marximo, hacia el Chile de la Unidad Popular.

     

    El caso de Paraguay resulta excepcional en cuanto a la temprana emergencia de la dictadura de Alfredo Stroessner en el año 1954. Sustentándose en las fuerzas armadas de Paraguay y en el hegemónico Partido Colorado, contando con el apoyo de Estados Unidos, y dadas las débiles organizaciones y partidos proletarios, Stroessner logra gobernar el país por más de 30 años, hasta 1989.

     

    Así, en la década del 60, la heterogeneidad del estado de la lucha de clases en las distintas formaciones económico-sociales latinoamericanas, se encuentra atravesada por el agotamiento del proyecto desarrollista ISI; así como por la agudización y profundización de la lucha de clases. Con ello, el proyecto socialista se encontraba instalado y las fuerzas sociales que lo sostenían avanzaban o retrocedían según las condiciones específicas de cada país. Dado esto último, la política revolucionaria también resultó heterogénea. Al respecto, resalta el apoyo dado por Fidel Castro a la vía chilena al socialismo, la que si bien contrastaba con el proceso revolucionario en Cuba, se justificaba por las condiciones específicas chilenas y su trayectoria fuertemente legalista.

     

     

    La política exterior del gobierno de la Unidad Popular.

     

    Este contexto regional heterogéneo, atravesado, además, por la presencia de la URSS y de Estados Unidos, abría tanto posibilidades como dificultades al proyecto de la vía chilena al socialismo. Entre las posibilidades, en primer lugar, se observa el carácter regional y epocal de la agudización de la lucha de clases, dentro de la cual uno de los casos resulta ser la experiencia de la Unidad Popular en Chile. En segundo lugar, el proceso chileno contó con un colchón internacional sobre el cual apoyarse para llevar adelante sus políticas: despertaba simpatía entre los países de Europa Occidental, a la vez que recibía el apoyo no sólo de Cuba, sino que también de la Unión Soviética en tanto la nueva estrategia promovida desde allí apuntaba justamente a una vía pacífica al socialismo. Entre las dificultades, se observa la relevancia adquirida por Estados Unidos en el continente como garante de las fuerzas contrarrevolucionarias; así como también el cambio en su estrategia de intervención desde la acción militar directa a medios indirectos de intromisión, los que se sustentan en las fuerzas locales defensoras de los intereses de la clase capitalista.

     

    Teniendo en cuenta esta situación, el gobierno de la Unidad Popular debía prepararse a la desestabilización apoyada por Estados Unidos, la que podía expresarse en el aislamiento político y el bloqueo económico; así como en la estimulación de los países vecinos como potenciales adversarios, de tal forma de desencadenar conflictos militares. A este respecto, hay que mencionar que si bien había ciertos gobiernos de los países vecinos que podrían haber simpatizado con el proceso chileno, había relaciones diplomáticas que no venían bien desde administraciones anteriores, a lo que se suma la inestabilidad de la permanencia de dichos gobiernos. Es el caso del ya mencionado ejemplo de Bolivia, donde el gobierno izquierdista de Torres fue depuesto por el régimen reaccionario de Bánzer en el año 1972. Además, potenciales fuentes de conflictividad se arraigaban en antiguas sensibilidades, en especial en los casos de Bolivia, Perú y Argentina. En el caso de los primeros, pese a la presencia de gobiernos de izquierda, existía la posible emergencia de sentimientos chauvinistas producto de la aún fresca “herida” de la Guerra del Pacífico y de acuerdos políticos que no habían sido zanjados de la mejor forma. Mientras que en el caso de Argentina, así como en los de Brasil y Paraguay, la dictadura de Onganía era abiertamente contraria al gobierno de la Unidad Popular.

     

    Frente a esta lectura, el gobierno de la Unidad Popular pretendió generar, públicamente, buenas relaciones con el gobierno de Estados Unidos, de tal forma de eliminar cualquier pretexto que pudiera legitimar o facilitar acciones contra el proceso chileno. Con ello, la cancillería del gobierno se abocó a la suscripción de tratados internacionales con Estados Unidos, pero también a ampliar las relaciones exteriores chilenas a través de tratados con países latinoamericanos y con países como Rusia y China. En cuanto a los posibles conflictos con los países vecinos, el gobierno avanzó en buscar soluciones a conflictos anteriores, así como también en una mayor integración del continente. Respecto a lo primero, destacan los acuerdos por las islas del Canal Beagle con Argentina, y las conversaciones diplomáticas con Bolivia respecto a la salida al mar. Respecto a lo segundo, la cancillería fomentó instancias y procesos de integración económica como el Acuerdo de Cartagena con países andinos. La doctrina que sustentó tal política fue la del pluralismo ideológico, fundada en el principio de la autodeterminación y de la no intervención extranjera, cuestión que resultaba eficaz en términos prácticos para evitar la “ideologización” de los conflictos en el continente.

     

     

    Un balance final: la real importancia de los factores externos en la derrota del proyecto de la Unidad Popular.

     

    El proceso de la Unidad Popular en Chile debe ser comprendido más allá de los límites nacionales, pues es expresión de una época cuyas tendencias estaban marcadas por el agotamiento del proyecto desarrollista ISI y la agudización de la lucha de clases. Pero también porque lo que estaba sucediendo en los diferentes países de la región, obligaba al gobierno a implementar una política exterior que viabilizara el proyecto socialista, tanto apoyándose en las posibilidades del entorno como haciendo frente a sus dificultades. Así, evidenciar la heterogeneidad del estado de la lucha de clases en las diferentes formaciones económico-sociales de América Latina se vuelve relevante, primero, en términos estratégicos al momento de evaluar las relaciones diplomáticas con otras formaciones sociales; y, segundo, por la influencia que otras experiencias tienen sobre los procesos vividos dentro de cada país.

     

    La viabilidad inicial que los factores externos proporcionaban a la vía chilena al socialismo y al desarrollo obrero subsecuente era objetiva, y frente a las dificultades presentes las estrategias adoptadas fueron efectivas en relación a lo que el gobierno de la Unidad Popular se propuso en materia internacional. Sin embargo, ninguna política externa podría haber impedido la intervención de Estados Unidos y, más importante aún, ninguna política exterior podría haber evitado la derrota del proyecto etapista. La intervención externa del imperialismo estadounidense operó sobre factores internos desestabilizadores pre-existentes, profundizando y favoreciendo el golpe cívico-militar, pero no siendo el responsable del mismo. Una mirada hacia los factores internos y a las estrategias y tácticas adoptadas tanto por el gobierno de la Unidad Popular como por la clase trabajadora y el movimiento popular, pueden dar algunas luces de la derrota.

     

     


    Su crisis definitiva se tiende a ubicar, para América Latina, con la crisis de la deuda de 1982.

  • A partir de los trágicos hechos del 11 de septiembre de 1973, los distintos partidos, organizaciones e intelectuales de izquierda dieron paso a la revisión crítica de la coyuntura, la táctica y la estrategia, preguntándose ¿a quién atribuir las responsabilidades políticas del Golpe de Estado? En este sentido, el comprender y establecer las causas de la incapacidad tanto de llevar a cabo el proyecto político, así como también de responder o evitar el levantamiento de las Fuerzas Armadas al alero de los intereses de la clase capitalista; se ha transformado en uno de los debates de la izquierda chilena más importantes de las últimas 4 décadas.. Las interpretaciones suelen considerar a los distintos partidos políticos como los protagonistas de la acción política, dándole a la táctica y a la estrategia de éstos el mayor peso explicativo del Golpe de Estado cívico militar.

     

    Las discusiones al respecto que se dieron al interior de la izquierda pueden ser clasificadas en dos conceptos clave dependiendo de a quién o a qué se le atribuye la culpabilidad del Golpe: fracaso o derrota. Tomás Moulian plantea en 1976, en el texto “La Crisis de la Izquierda”, que el concepto de derrota está asociado a dos errores de interpretación: el primero en tanto suele desligarse de la culpabilidad que le compete a los actores clave del proceso en sus definiciones estratégicas y tácticas; y el segundo en tanto se asume un carácter inevitable del proceso, donde los derrotados se posicionan como víctimas y no responsables. Así, esta lectura tiende a explicar el proceso a través de la búsqueda de culpables, los que van desde las hipótesis del mal manejo del gobierno hasta las trabas producto de la radicalidad de grupos de izquierda tanto fuera como dentro de la UP.

     

    Además del peligro de caer en discusiones identitarias donde se busca defender uno u otro agente antes que sus decisiones, esta dimensión del debate suele reducirse al nivel político formal, donde solo las instituciones, los partidos y los movimientos políticos pueden desarrollar acciones relevantes para el proceso. Asemejado a un tablero de ajedrez que contiene en sí mismo la avalancha de la historia y en donde quienes se baten a duelo son dos proyectos socialistas en pugna, uno reformista y otro radical, el resto de los jugadores es puesto a la espera de las acciones del Partido Comunista, el Partido Socialista, la Unidad Popular o el MIR. Desde nuestro punto de vista, para comprender el fenómeno cristalizado en el Golpe de Estado de 1973, es necesario un análisis que sobrepase este campo; es decir, que no reduzca las causas solo a las acciones de tal o cual partido, y de si éstas fueron suficientes o no para avanzar en el proyecto socialista. Derrota y fracaso son parte de una misma historia, mas deben observarse en distintos niveles de análisis y se debe reconocer la primacía de la primera. Con esto, no queremos dejar de considerar las responsabilidades tales como los errores de lectura, estratégicos o tácticos de las fuerzas de izquierda, sino que buscamos integrar estos elementos dentro del fenómeno global de la lucha de clases: nuestra perspectiva considera la derrota como el despliegue de la lucha entre las dos clases estructurales del capitalismo, la clase capitalista y la clase trabajadora. En este sentido, a continuación se desarrolla el debate fracaso-derrota considerando este marco analítico, a partir del cual se sostiene que la UP es un proceso de agudización de lucha de clases en el cual se tienden a ordenar los distintos sectores sociales en términos de las dos fuerzas centrales contradictorias del capitalismo.

     

    Como se desarrolla en la última columna, para ese entonces la clase trabajadora ha alcanzado una acumulación de fuerza y un avance sustantivo en sus claridades políticas, ideológicas y organizativas desde mediados de los sesentas. Reflejo de esto, destaca la creciente capacidad orgánica de los partidos y organizaciones de orientación socialista que marcaron la época y fueron capaces de decantar los intereses de la clase trabajadora. Es más, en las discusiones posteriores al Golpe se ha tendido a plantear la decantación no de uno, sino de dos proyectos por el lado de las fuerzas de la clase trabajadora, los que, si bien, consideramos no lograron constituirse como dos proyectos políticos propiamente tales (aunque sí existiera una tendencia a que se constituyeran), sí nos hablan de una discusión política que iba mucho más allá de la situación chilena.

     

    Al respecto se ha planteado, por un lado, la estrategia antiimperialista, apoyada por amplios sectores dentro del gobierno de la Unidad Popular, con el Partido Comunista como gran gestor. Por otro lado, la estrategia anticapitalista, seguida por ciertos sectores de la UP y en cierta forma, por facciones del Partidos Socialista y el MIR. La primera, confiaba en que la crisis en la burguesía podía ser radicalizada mediante alianzas de clase particulares con ciertos sectores del capital nacional y la nacionalización y estatización parcial de ciertas áreas productivas. La segunda, buscaba la estatización y el control del proceso por parte de los trabajadores, con el fin de construir una experiencia popular de producción y distribución. En consonancia con ello, se proponía una política de alianzas enfocada en las clases medias empobrecidas o semiproletarias.

     

    Por otro lado, en contraposición a la acumulación de poder y organización de la clase trabajadora y los partidos de izquierda, existía al menos dos sectores provenientes de la burguesía que para ese entonces constituían la oposición al gobierno. El primero articulaba el proyecto político del desarrollismo democrático y era impulsado principalmente por las clases profesionales, el pequeño capital y funcionarios del Estado, y tenía como fuerza orgánica principal a la Democracia Cristiana. Su organicidad y capacidad política permiten considerarle como una de las fuerzas políticas capaces de hacerle frente al proyecto socialista. Además, suele hipotetizarse que una salida democrática y que introdujera cierta estabilidad a la tensión política del país involucraría el ascenso de este partido al poder. El segundo sector corresponde a los partidos de derecha y ultra-derecha, los que representaban los intereses del gran capital y el latifundio. El avance del movimiento popular, en este contexto, debe ser comprendido a la luz de esta crisis en ciernes de la burguesía, situación dada por los conflictos de interés (representados en proyectos políticos distintos) y la forma de acumulación que cada fracción de la clase capitalista perseguía.

     

    Sin embargo, y a pesar de las diferencias, sus acciones coordinadas en contra del gobierno de la UP demostraron en la práctica que ante cualquier eventualidad, su acción política estaría orientada a defender el modo de producción capitalista cuando éste se ponía en cuestión. Es más, la clase capitalista no partió unida en el proceso de la UP, sino que se fue uniendo en el proceso. Hitos que lo demuestran son el paro patronal de octubre de 1972 y la conformación de la Confederación de la Democracia (alianza electoral que en 1973 albergaba a gran parte de la oposición y era encabezada por la Democracia Cristiana y el Partido Nacional). De esta forma, desde el primer momento en que asumió Salvador Allende, los capitalistas llevaron a cabo distintas estrategias para desestabilizar al gobierno, las que fueron confluyendo en respuesta al avance popular. Entre éstas se puede nombrar el aparataje de contra-información y de montaje de los medios de comunicación masivos en manos de la derecha, las operaciones económicas que iban desde el desabastecimiento hasta la no inversión; y el desarrollo de una política para con las Fuerzas Armadas.

     

    A pesar de esto, la notable respuesta de los trabajadores a favor de la UP (tanto en las elecciones de 1971 como en el boicot del paro patronal del año siguiente) demostró que el compromiso por las transformaciones y la organización popular hacía que éstos solidarizaran con el gobierno, e incluso que se hicieran parte de él. El Golpe y la Dictadura militar cobran sentido en su brutalidad, terror y eficacia solo cuando somos capaces de analizar esta dimensión. Frente a la estrategia de desestabilización por parte de la clase capitalista y los sectores de la Democracia Cristiana, el movimiento popular había logrado constituir como nunca antes una organización y un avance en las conciencias; como nunca antes tenía la capacidad de enfrentarse a la patronal. Este álgido momento de la lucha de clases, con condiciones que mostraban un tremendo potencial para lograr transformaciones de orientación socialista y formar parte de una suerte de colchón latinoamericano, fue lo que llevó a la clase capitalista a recurrir a la violencia con tal magnitud. Como señala Mike Gonzales en el libro “Cordones Industriales” (2001), “el golpe ocurrió porque el creciente nivel de la lucha de clases en Chile llegó a amenazar la existencia misma de la sociedad burguesa”. Aquello lo demuestran la decisión de terminar el gobierno por las armas, cuando la posibilidad de derrocarlo plebiscitariamente se hacía cada vez más plausible; la espectacularidad del golpe, con el bombardeo de la Moneda mientras dentro de ésta resistía un puñado de personas; y los 17 años de dictadura y política del terror a través de la militarización de las poblaciones y la tortura y el asesinato sistemáticamente implementados.

     

    En este marco general es que decimos que en la experiencia de la Unidad Popular, la clase trabajadora fue derrotada por la clase capitalista en su conjunto. Pero, el Golpe de Estado no solo significó la derrota de los proyectos políticos socialistas, sino que también del proyecto político del desarrollismo democrático, impulsado principalmente por la Democracia Cristiana. Así, a diferencia de Moulián, observamos la definición de derrota como más correcta, en tanto permite situar las debilidades y responsabilidades de las fuerzas de la clase trabajadora a la luz de su lucha con la clase capitalista, y no como responsabilidades en sí mismas sobre las cuales rasgar vestiduras. Dicho con otras palabras, sí hubo una serie de errores y responsabilidades por parte de las fuerzas de izquierda, de los cuales debemos aprender, sin embargo estos errores y responsabilidades no pueden ser analizados fuera de la lucha de clases, es decir como mero fracaso, pues el acento de la discusión debe estar puesto en la dinámica que ésta adquirió en el periodo y de cómo las distintas fuerzas dieron la batalla.

     

     


    Esta distinción no supone que la estrategia antiimperialista no estuviera inserta en el horizonte socialista, sino que más bien buscaba desarrollar conflictividad entre dos sectores burgueses, mientras que la otra estrategia no perseguía el desarrollo de una burguesía nacional que se enfrentara a la transnacional, sino que el desarrollo del control y administración obrero de las empresas y de la vida.

  • “Las fuerzas populares y revolucionarias no se han unido para luchar por la simple sustitución de un Presidente de la República por otro, ni para reemplazar a un partido por otros en el Gobierno, sino para llevar a cabo los cambios de fondo que la situación nacional exige, sobre la base 
    del traspaso del poder de los antiguos grupos dominantes a los trabajadores, al campesinado y sectores progresistas de las capas medias”. Programa de Gobierno de la Unidad Popular.

     

    El proceso de la Unidad Popular suele enaltecerse al verse como una vía pacífica al socialismo, resaltando precisamente su carácter gradual y conciliador como positivo. En esta columna pretendemos desarrollar lo errado de esta concepción al negar en términos prácticos y teóricos la lucha de clases entre explotados y explotadores como el centro del movimiento de la sociedad capitalista. Se rechaza el carácter pacífico de tránsito al socialismo, es decir sin el ejercicio de la violencia ya sea en términos de ejercicio efectivo o como amenaza; así como también sus dos corolarios del caso chileno: el uso del Estado burgués para el avance del movimiento popular y cristalización del proceso revolucionario, sin su destrucción y transformación; y la necesidad de construir mayorías electorales para así poder vencer en el juego de la democracia burguesa. Lo que pretendemos sostener es que esta vía implicó un gobierno con hegemonía reformista que respetó la institucionalidad burguesa hasta el último momento. En términos más concretos, se aborda cinco elementos asociados estructuralmente a la concepción de una vía pacífica al socialismo, que confluyen en el hecho de que ésta no se enmarca como estrategia política en la lucha de clases:

     
    – Alianza con fracciones de la burguesía en el marco de la política internacional soviética.
    – Concepción estatal del socialismo e intento de dirección del proceso desde el gobierno.
    – Respeto irrestricto al Estado burgués y sus instituciones.
    – La necesidad de construir mayorías electorales – parlamentarias.
    – Rechazo a una política abiertamente militar.

     
    Es importante aclarar antes que todo que, si bien con esto realizamos una serie de críticas a la apuesta reformista de sectores liderados por el Partido Comunista, éstas van en la línea de poder tener aprendizajes de las luchas pasadas y, en ningún caso, en culpabilizar a compañeros honestos que lucharon y dieron la vida por construir una sociedad sin clases donde el ser humano pudiera desarrollarse en plenitud.

     

    Lo interesante de este análisis es que estos elementos que criticaremos han adquirido nuevos bríos luego de la derrota de la clase trabajadora y el desarrollo del proyecto neoliberal, siendo sostenidos por gran parte de las organizaciones que en Chile se entienden de izquierda o centro izquierda. Con ello, nos recuerdan más a aquellos señores preocupados por la desigualdad que se sentaron a la izquierda el día 11 de septiembre de 1789 en la Asamblea Constituyente posterior a la Revolución Francesa en los albores del capitalismo, que a aquellos partidos que se han definido de izquierda por la lucha contra el capital y la construcción de la sociedad socialista. Así, los elementos que ayer fueron parte de un proyecto con pretensión revolucionaria, de aquella izquierda que se equiparaba a los intereses de la clase trabajadora, hoy son parte de esa izquierda que le preocupan los pobres y que su práctica nos recuerda la máxima del despotismo ilustrado, “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

     

     

    La apuesta por una vía pacífica al socialismo

     

    La apuesta por una vía pacífica al socialismo en Chile debe ser entendida en el marco de la política internacional de la Unión Soviética en aquel entonces, cuyo brazo chileno era el Partido Comunista, donde esta apuesta se encontraba estructuralmente ligada a aliarse con sectores de la burguesía y, con ello, a la necesidad de una etapa democrático-burguesa previa al socialismo. En el caso chileno, la alianza con sectores de la burguesía pudo observarse tanto en la política constante del sector reformista por buscar acuerdos con la Democracia Cristiana, brazo político asociado a las clases medias (entiéndase por ello a los profesionales, el pequeño y mediano capital y la burocracia estatal), como en el intento de aislar a la burguesía nacional del capital imperialista. El expulsar al capital imperialista a través de la nacionalización del cobre y la estatización de los bancos, se sustentaba en la visión de que la burguesía nacional tendría intereses contrapuestos con el capital extranjero, así como también de que el pequeño y mediano capital tendría intereses contrapuestos al gran capital monopólico. Ello implicaría, una vez expulsado el capital extranjero y restringido el gran capital, la venia de fracciones de la burguesía con el proceso; lo que se expresaría, entre otras cosas, en mayor inversión dado el repunte económico del primer año de gobierno, cuestión que finalmente no ocurrió. Resulta ilustrativo, al respecto, el cambio de política que implica el paso de la conducción económica de Pedro Vuskovic, Ministro de Economía desde el 03 de noviembre de 1970 hasta el 02 de noviembre de 1972, a Orlando Millas, Ministro de Hacienda desde el 17 de junio de 1972 hasta el golpe de Estado, con quien se cristaliza la política frente a la burguesía del “inviertan, confíen en nosotros”, en palabras de Rafael Agacino.


    Otro elemento de la apuesta por una vía pacífica al socialismo es una concepción estatal del socialismo, donde la apropiación por parte del Estado de los medios de producción implicaba la socialización de éstos de forma relativamente automática. Si bien esta concepción resultaba hegemónica en las fuerzas populares, sobre todo cuando se observa la fuerza simbólica de Salvador Allende y la lealtad para con él, sí existió crítica a esta concepción estatista. Los cordones industriales resultaron ser, al respecto, gérmenes de socialización de los medios de producción y control de la clase trabajadora de la producción. Esto se vio tanto en términos micro, en la experiencia de las empresas que habían pasado al área social con las diferencias permanentes entre los interventores, que provenían del Estado como cuadros burocráticos, y los trabajadores de las mismas; como en términos macro, a través de la crítica que se realiza al gobierno, la que logra su mayor grado de cristalización en la carta enviada por la Coordinadora de Cordones Industriales al presidente Allende, o a través de la presión constante de fracciones de la clase trabajadora al gobierno por acelerar el proceso de socialización, el que no siempre respondió de forma positiva. Frente a ello dos ejemplos. El primero corresponde a la toma de la fábrica de Yarur que recibió por respuesta del mismo presidente, “los procesos (revolucionarios) exitosos se hacían con una dirección férrea, consciente, no al lote”, acusándolos de anárquicos en su accionar cuando (1) en la misma campaña Allende les había confirmado la socialización de la empresa y (2) la toma era posterior a una serie de análisis que llevó a cabo los trabajadores de un mal manejo de la empresa por parte de los dueños, lo que derivaba en un nivel de producción inferior al posible. El segundo ejemplo corresponde a la toma de la fábrica de salsas de tomates Perlack, la que se realizó sin la venia de la Ministra del Trabajo, Mireya Baltra, quien llegó a golpear a uno de los dirigentes, Santos Romeo González, quien fue calificado por la misma como “un revolucionario trasnochado, un ultra y un provocador que mereció ser abofeteado”.


    En términos prácticos, el respeto irrestricto del Estado burgués y sus instituciones chocaba con el hecho de que éste estaba controlado mayoritariamente por la clase capitalista. Estamos hablando, por un lado, de la Contraloría General de la República y los poderes Legislativo y Judicial, pero también del ejecutivo a través de la permanencia de cuadros públicos principalmente democratacristianos. Este fenómeno derivó en una concepción de un Estado fraccionado, restringiendo la lucha de clases a tal institución. Más allá de que esta apuesta política se considere errónea, ella tampoco derivó en la disolución del Congreso y convocatoria a elección de una Asamblea del Pueblo luego del primer año de gobierno, opción que no solo era parte del Programa de la UP, sino que también fue presentada por diversos grupos del conglomerado político como por fracciones de las clases explotadas.

     

    Un cuarto elemento es que la apuesta por una vía pacífica al socialismo se condijo con el intento por resolver la lucha de clases aguzada mediante la construcción de mayorías electorales, lo que implicaba la resolución del conflicto a través del convencimiento. Esto, siguiendo la misma lógica de los puntos anteriores, implica nuevamente un rechazo implícito de la lucha de clases entre capital y trabajo como conflicto estructurante de la sociedad capitalista, pues se le da un carácter contingente a través de la dinámica del consenso y se enfatiza en la construcción de mayorías electorales que no son más que fuerzas ficticias en términos reales. Esto descentraba las tareas del período y negaba lo dependiente que fue la llegada al gobierno de Allende de la acumulación real de fuerzas por parte de las clases explotadas, tanto en términos orgánicos -con al menos tres partidos propiamente clasistas- como de conciencia. Dicho con otras palabras, Allende no triunfa en las elecciones presidenciales por la mera mayoría relativa de los votos, sino que esto es expresión del proceso de acumulación de fuerzas de la clase.

     

    Un quinto y último elemento resulta ser el rechazo a una política abiertamente militar para enfrentar a la burguesía en un momento donde la lucha final del proceso se hacía cada vez más inminente. Por un lado, el gobierno se negó constantemente a dotar de armamento al pueblo llegando a aplicar la Ley de Control de Armas, error que permitió, además, conocer por parte del enemigo la feble situación en la que se encontraban las fuerzas populares en términos militares. Por otro lado, esto se condijo con la creencia del respeto irrestricto de las Fuerzas Armadas del régimen democrático, marginándose las fuerzas de izquierda de su disputa mientras las fuerzas reaccionarias se involucraron desde antes del ascenso de Salvador Allende a la presidencia. Un ejemplo de ello fue la participación de las Fuerzas Armadas Chilenas en la Escuela de las Américas desde mucho antes del triunfo electoral de la Unidad Popular, donde destaca personajes como Manuel Contreras, Álvaro Corbalán, Raúl Iturriaga Neumann, Miguel Krassnoff y Odlanier Mena.

     

    Ahora bien, esto no nos debe llevar a un pensamiento falaz al estilo de ser general después de la guerra, sino más bien a reflexionar en torno a (1) la falta de una política decididamente militar por parte de las fuerzas populares, y (2) el hecho de que no haya habido un quiebre en las Fuerzas Armadas entre las tropas y la oficialidad, lo que muestra que la crisis nacional objetiva nunca llegó a una crisis revolucionaria clásica. Es en este marco donde la conceptualización de una vía pacífica se tradujo en la negación radical de lo que los clásicos llamaron la dictadura del proletariado, aún hoy poco comprendida y descalificada por la hegemonía de la democracia burguesa. Con la dictadura del proletariado nos referimos simplemente a la conquista de la democracia por parte de los explotados y a la aplicación de la dictadura contra los que buscan seguir explotando a otros, es decir, enfrentarse a las fuerzas reaccionarias que buscan mantener la explotación del Hombre por el Hombre haciendo uso del monopolio de la fuerza estatal. En este sentido, el gobierno de la Unidad Popular no cumplió con ninguno de los dos polos, pues no se enfrentó contra la burguesía como clase general, aun cuando ésta sí terminara actuando en tanto capital en su sentido más abstracto y general; y falló en avanzar a establecer una democracia de y para los explotados que permitiera cristalizar en reformas democráticas más avanzadas los avances de las fuerzas populares, sino que más bien la preocupación se concentró en defender los avances ya existentes.

     

     

    La negación de la lucha de clases

     

    La negación de la lucha de clases como movimiento central de la sociedad capitalista no solo se produjo en aquel entonces, sino que hoy también suele ser una constante al analizar el proceso de la Unidad Popular. Como hemos desarrollado en las otras columnas de esta serie, el análisis ha sido eminentemente institucional – formal, dejando de lado la constitución misma de las fuerzas sociales en disputa. Las críticas que aquí se realizan a la concepción de una vía pacífica al socialismo tienen su correlato teórico en el análisis de la Unidad Popular y, en términos más generales, de la historia dentro del modo de producción capitalista. Volvemos al análisis del periodo de la Unidad Popular porque en momentos de agudización de la lucha de clases, como dijera Marx, la diversidad de distinciones de clase se simplifican en la oposición abierta entre ambas clases estructurales del capitalismo, obligando a otros grupos de la sociedad, como las llamadas clases medias, a posicionarse en esta oposición. Hoy, en momentos donde la lucha de clases se encuentra poco aguzada en Chile y el mundo, elementos propios del periodo se tienden a naturalizar y derivar en un rechazo total del análisis desde esta perspectiva, en tanto la lucha de clases no se haya tan abierta como en aquellos años.

  • El objetivo de esta columna es revisar los sucesos anteriores y posteriores a las elecciones municipales del 4 de abril de 1971, donde es posible identificar decisiones  de sujetos que ejercieron roles políticos de importancia en el proceso de la Unidad Popular. El interés radica en saber por qué estos sujetos tomaron las decisiones que tomaron en el contexto de la lucha de clases concreta durante aquel momento histórico, y cuáles fueron las consecuencias sociales de dichas decisiones.

     

    Se entenderá que toda explicación coyuntural es multifactorial, es decir que múltiples mecanismos entran en juego en la formación de tal coyuntura, siendo los mecanismos de la esfera de la producción los que determinan en última instancia las interacciones sociales y la lucha de clases, contexto en donde los sujetos toman decisiones. Esto no implica que la producción sea el primer ni el último campo de acción humano, sino que es el más importante desde un punto de vista del éxito de las acciones y en torno a los aspectos mecánicos del devenir estructural de las sociedades, es decir, las personas tienden a él. Otros elementos relevantes son el salario, la productividad y unidades domésticas, aspectos militares, cantidad de armas y organización militar, entre otros.

     

    Dejando de lado las acusaciones de culpabilidad y trabajando con la premisa de que la derrota que vivió la clase trabajadora sufrida hace más de cuatro décadas no era inevitable, es que se analizan los sucesos anteriores y posteriores a las elecciones municipales de abril de 1971. El objetivo último es obtener referencias para las decisiones políticas en la actualidad a partir de este proceso, el más álgido de la lucha de clases en el siglo XX chileno.

     

     

    Elecciones municipales 4 de abril de 1971: libertad política e institucionalidad

     

    Luego del triunfo de Salvador Allende y de la coalición de partidos que lo apoyaba –Partido Comunista, Partido Socialista y Radicales, entre otros- en 1970, las fuerzas allendistas obtienen el 48,6% de los votos en las primeras elecciones municipales del 4 de abril de 1971. Ello se enmarca en una serie de eventos relevantes para la lucha de clases del periodo, entre los cuales se puede nombrar: (1) los primeros días de 1971, el Ministerio de Agricultura, con Jacques Chonchol a su cabeza, se traslada a Cautín durante 45 días para acelerar la Reforma Agraria en la región, ello en respuesta a las presiones de mapuches y campesinos a través de las corridas de cercos y la toma de fundos, donde la toma del fundo Rucalán por la comunidad Nicolás Ailío resulta un hito fundamental. (2) El 28 de abril del mismo año, los trabajadores se toman la empresa Yarur y la declaran “Territorio libre de explotación”, haciendo valer el programa de gobierno y el compromiso de Salvador Allende de su expropiación en el marco de la política de nacionalización de empresas y bancos y la creación de las áreas social y mixta de la producción. El gobierno, por su parte, logra llevar a cabo esta política a través de los resquicios legales instituidos en la junta de gobierno de 1932, pues el intento de promulgación de una ley fracasa. Además, debe reducir de 253, como decía el programa, a 90 empresas las a expropiar, bajo el criterio de tener un activo neto superior al millón de dólares. (3) El 12 de mayo de 1971, estudiantes de derecha anuncian una manifestación en la ciudad de Concepción, frente a lo cual es convocada una contramanifestación por organizaciones de izquierda. El portavoz de gobierno condena todo tipo de violencia y el alcalde de la ciudad, ambos del Partido Comunista, prohíbe cualquier manifestación y llama a carabineros a reprimir a uno y otro bando, lo que da por resultado un militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria muerto. (4) Este tipo de actitud del gobierno se repite en los casos antes citados. Frente a la toma de Yarur, Allende responde “los procesos (revolucionarios) exitosos se hacen con una dirección férrea, consciente, no al lote”; y frente a las ocupaciones de tierra, el presidente llama a tener paciencia y esperar el proceso legal. (5) El 16 de julio de 1971 ocurre uno de los hitos más recordados del proceso, pues se publica la ley n°17.450 de estatización de la gran minería del cobre con el apoyo unánime del Congreso Nacional, lo que daba luces de un proceso que se veía prometedor.

     

    En definitiva, se observa un complejo proceso de movilización social anclado en la agudización de la lucha de clases. En este contexto, ¿por qué no es cristalizado el proceso con la disolución del Congreso y la convocatoria a una Asamblea del Pueblo, tal como el programa de gobierno lo establecía y tal como fracciones del Partido Socialista y sectores de la clase obrera solicitaban? ¿Qué alternativas y referentes se manejaban en aquel momento y qué herramientas se tenían? Para responder estas preguntas, podemos identificar al menos dos elementos fundamentales de la acción de la Unidad Popular como gobierno, (1) la legalidad y las libertades políticas, y (2) la institucionalidad.

     

    (1) Con respecto a lo primero, ¿qué significa para Allende y sectores de la Unidad Popular el haber conquistado la legalidad y las libertades políticas? En el discurso del 1º de mayo de 1971 Allende destaca que por primera vez en la historia, dentro de los cauces legales y de las leyes de la democracia burguesa, se había alcanzado el gobierno y las libertades políticas. Se habla principalmente de las características procedimentales mínimas de un régimen democrático, entre ellas, las reglas que regulan el paso del poder político de manera pacífica por medio de elecciones regulares; la existencia de un sistema de partidos de amplio espectro; la negociación para solucionar los conflictos políticos y sociales; y la participación política a través del sufragio. A diferencia de otros periodos históricos en Chile, estos elementos se hacían efectivos sobre todo con la participación política de la ciudadanía a través del sufragio. Allende le confiere aquello un gran valor, pues compara la realidad con las décadas anteriores. Antes de 1958 se mantenía excluidos del voto, por ejemplo, a campesinos, y existía los “cotos vedados” controlados social y políticamente por terratenientes, lo que les aseguraba una base electoral que los dotó de un gran poder político. Así, se consideraba los recientes avances de la clase trabajadora como cristalizaciones del proceso de lucha de clases que debían ser resguardados y defendidos como fines en sí mismos, y no asumirlo como medios del proceso revolucionario que excedía al aparato estatal y su institucionalidad.

     

    Pero, ¿era dicha libertad política parte de la libertad revolucionaria del horizonte estratégico de construcción del socialismo? Respondemos que no. Primero, aquellos elementos no vuelven democrático un régimen de por sí, pues la libertad revolucionaria en un contexto de democracia de los trabajadores y para los trabajadores significa algo distinto. La libertad revolucionaria supone definir necesidades concretas en la realidad concreta, poniendo énfasis en el qué se produce, quién produce, para quién, cómo, cuánto, etc. La libertad se realiza “por” y “en” referencia a otros, así uno solo se puede desarrollar plenamente si todos los demás también pueden hacerlo. Este desarrollarse plenamente significa una superabundancia creativa sobre lo que es materialmente esencial, rebasa aquello y se convierte en su propia referencia. Con ello, los avances democráticos, consideramos, no resultan un fin en sí mismo de democratización, sino más bien un medio, una herramienta, que la clase cristaliza para avanzar y vencer a la clase capitalista.

     

    (2) Ahora entrando al segundo punto en torno a la institución estatal, ¿qué significa para Allende y la coalición de la UP el haber ocupado una parte del Estado? También en el discurso del primero de mayo de 1971, se señala, “una parte del Estado está en manos de los trabajadores a través de los partidos populares y de la Central Única, que representa todos los niveles de la organización sindical. Y si digo una parte del Estado es porque hay otros poderes independientes, como el Judicial o como el Legislativo, donde no tenemos mayoría. (…) Hoy, tienen que entenderlo, los trabajadores son Gobierno; el pueblo es Gobierno. El sector público no está financiando a una minoría. Está poniendo los excedentes económicos al servicio de ustedes, al servicio del pueblo y de Chile. Por eso es necesario mirar desde otro lado de la barricada, para asumir la responsabilidad, la enorme, la trascendente responsabilidad que implica ser Gobierno”.

     

    Como se puede observar, Allende y la coalición de la UP sostienen que el poder popular del pueblo ya estaba presente en uno de los puestos del Estado –en el ejecutivo-, mientras en otros no –en el legislativo y judicial-. Se puede observar que se entendía que el carácter de clase lo daba la pertenencia de los puestos claves del Estado por una u otra clase. Se comprendía al Estado – a primera vista- como una cosa a ser tomada, como un instrumento neutro y pasivo , de ahí que para revertir las relaciones de fuerza frente al capital, los trabajadores debían apropiarse del aparato estatal y conducirlo a su favor. Es decir, se entendía que las clases mantenían una relación de exterioridad con el Estado, no confiriéndole autonomía y dejando entonces oscurecida la decisión política-táctica de llamar a una Asamblea del Pueblo, pues observaban como alternativa real el conducir el proceso a su favor dada la apropiación del y desde el ejecutivo. Sin embargo, se observa que el Estado se comportó como una relación en donde se condensaron materialmente las clases y fracciones de clases y donde se manifestaron sus contradicciones, en este caso entre aparatos y ramas del Estado y dentro de cada una de ellas. Ello derivó en la dominación compleja de un aparato o rama del Estado sobre otro. Esto no quiere decir que el Estado no haya funcionado también como instrumento-máquina de la clase dominante, pero dicho comportamiento al parecer es más evidente en periodos históricos menos álgidos en la lucha de clases. Ello se condecía con la dirección que el movimiento obrero se había dado a sí mismo durante la Unidad Popular y luego de décadas de constitución como fuerza social, lo que se observa en las elecciones de la Central Unitaria de Trabajadores de mayo de 1972 donde el Partido Comunista obtiene un 31,8%, el Partido Socialista un 27,1% y la Democracia Cristiana un 26,6% de los votos, mientras organizaciones más radicales (el Frente de Trabajadores Revolucionarios, la Unión Socialista Popular, el Partido Comunista Revolucionario y el Movimiento Sindical Libertario) obtienen un magro 3,5%. Así, los aparatos de conducción de la clase trabajadora, tanto en el gobierno como fuera de éste, estaban hegemonizados por lo que hemos llamados fracciones reformistas de la misma clase trabajadora, quienes compartían las apreciaciones aquí expuestas.

     

     

    La Reconstrucción del Horizonte Revolucionario en la Actualidad

     

    En definitiva, ¿por qué no se convoca a una Asamblea del Pueblo luego de las elecciones municipales de 1971? En esta columna se defiende que son dos lecturas erradas de las condiciones de aquel momento las que sostuvieron tales decisiones. Primero, se observaba como alternativa real la conducción del proceso revolucionario desde el Estado, el cual se comprendía como un instrumento neutral a ser utilizado por la clase trabajadora. Y, segundo, en el proceso de agudización de la lucha de clases, Allende y sectores de la Unidad Popular observan el peligro de perder los avances democráticos del movimiento popular cristalizados en el aparato estatal, lo que los lleva a legitimarse en el aparato existente con la pretensión de reducir dicho peligro. En este contexto, la disolución del Congreso y convocatoria a una Asamblea del Pueblo no era la alternativa más correcta a sus ojos, dado que podía hacer peligrar las posiciones ocupadas en el Estado y los mecanismos democráticos que hicieron ello posible.

     

    Estas dos lecturas persisten en la actualidad, ya sea por un ansia de ciertos sectores políticos de izquierda por ocupar puestos del Estado; como por la valoración ensimismada de avances democráticos, sin preguntarse por las posibilidades de que estos avances sean instrumentalizados por la clase trabajadora a su favor. Así, este tipo de análisis y de crítica adquieren actualidad en la necesidad de abrir las posibilidades tácticas que aporten a la reconstrucción del horizonte revolucionario en la actualidad mediante la investigación social y el aporte de elementos que permitan leer correctamente los avances democráticos del movimiento popular en el capitalismo, así como también el comportamiento del aparato estatal.

     

     


    Es preciso señalar que sólo a partir de los años setenta el debate sobre el Estado capitalista en la teoría marxista muestra un crecimiento exponencial, lo cual, evidencia una multiplicidad de enfoques y perspectivas que toman como base la teoría desarrollada por Marx, para explicar la naturaleza del Estado a la luz del desarrollo capitalista y las transformaciones en los planos económico, político y cultural.

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  • “Las directivas burocráticas de los partidos de la izquierda chilena defraudan las esperanzas de los trabajadores, en vez de luchar por el derrocamiento de la burguesía se limitan a plantear reformas al régimen capitalista, en el terreno de la colaboración de clases, engañan a los trabajadores con una danza electoral permanente, olvidando la acción directa y la tradición revolucionaria del proletariado chileno. Incluso sostiene que se puede alcanzar el socialismo por la “vía pacífica y parlamentaria”, como si alguna vez en la historia las clases dominante hubieran entregado voluntariamente el poder”. Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Declaración de Principios, 1965.

     

    “El MIR se organiza para ser la vanguardia marxista-leninista de la clase obrera y capas oprimidas de Chile que buscan la emancipación nacional y social”
    MIR, Declaración de Principios, Artículo VII.

     

    En su declaración de principios de 1965, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) alude a una dicotomía estratégica de la izquierda chilena de la época. Por un lado se encontraba la apuesta por una vía electoral apostando a la institucionalidad burguesa y alianzas con fracciones de la burguesía (en la cual se encuentra una tendencia al etapismo); y por el otro, la apuesta por la construcción del sujeto revolucionario que pudiera derrocar a la burguesía y enfrentar la respuesta reaccionaria, esto sin colaboración de clases con el capital. La primera apuesta la hemos analizado en dos columnas previamente, en donde se ha reflexionado en torno a su lectura del periodo y la imposibilidad de llevar a cabo su estrategia. En esta ocasión nos preguntamos por la construcción del partido revolucionario dentro de la segunda apuesta, aquella que anteponía a la clase y su organización a los triunfos electorales.

     

    La revolución socialista es una revolución consciente. El socialismo es la superación del capitalismo -tal como el capitalismo fue la superación del feudalismo- y viene a resolver la contradicción estructural capital / trabajo, así como también permitir el desarrollo pleno de las capacidades humanas al superar irracionalidades del capital afincadas en tal contradicción. Para ello, se considera a la clase trabajadora como aquélla que tiene la tarea histórica de llevar adelante el proceso, tal como lo hizo la burguesía contra la nobleza y el clérigo siglos atrás. Sin embargo, esta tarea histórica dista mucho de ser automática y de ser el simple producto de las condiciones y constantes crisis del capitalismo, sino que más bien requiere la constitución de la clase trabajadora en fuerza social. Esto, a su vez, requiere un partido que conduzca y promueva dicha constitución, que tal fuerza social adquiera capacidades orgánicas e ideológicas para luchar contra el capital y proyectar una nueva sociedad.

     

    En esta columna analizaremos cómo el MIR desarrolló en su práctica política los objetivos que se proponía desde esta perspectiva. Para ello, analizaremos (1) su organización como partido, (2) su relación con el movimiento popular, y (3) su relación con la coyuntura y el gobierno de la Unidad Popular. Elegimos el análisis del MIR por su discurso, práctica y apuesta en el periodo de la Unidad Popular, siendo crítico a la “vía pacífica al socialismo”, constituyéndose como el partido político más cercano en el siglo XX chileno a lo que podría llamarse un partido revolucionario, tanto por su apuesta, como por los logros que alcanzó.

     

     

    La Organización del Partido

     

    Un partido político revolucionario debe enfrentar una serie de desafíos si es que busca conducir a la clase trabajadora al poder y derivar en la construcción de la sociedad socialista. Considerando el enemigo burgués, se requiere una disciplina militante y una acción en bloque, es decir, una acción como fuerza cohesionada. Para ello, se requiere militantes plenamente integrados al partido, tanto ideológica como prácticamente, que sean capaces de realizar la política del mismo en todas sus acciones y, con ello, tener la capacidad de tomar decisiones cuando las condiciones lo ameriten. Además, dado que la opción es el socialismo, proyecto que viene de la crítica racional al capitalismo y que se constituye en posibilidad real en la lucha contra el capital, se debe tener especial cuidado en la infiltración de ideologías de otras clases, como las de la pequeña burguesía.

     

    El MIR contaba con cierto desarrollo orgánico que le permitía hacer frente a las anteriores problemáticas. Su estructura interna adoptó el centralismo democrático como forma de organización, lo que implica una estructura vertical de mandos, pero con espacios democráticos y de discusión horizontal sobre el quehacer partidario. Ello permite la construcción democrática del partido con una acción en bloque, sin que derive en fraccionamientos que lo hagan tambalear.

     

    El MIR se constituye en 1965 a través de la unificación de diversas organizaciones de “izquierda radical”, y se reestructura profundamente en 1967 cuando Miguel Enríquez asume la secretaría general. Para 1970 el MIR ya era reconocido a nivel nacional, tomando parte en importantes hitos de la lucha del movimiento popular. Para enfrentar la cohesión partidaria y su acción en bloque, luego de la crisis del partido de 1969 (en la cual casi un 20% de la militancia renunció), el ingreso de los militantes fue realizado cuidadosamente a través de un proceso que duraba en torno a los seis meses; un mes de simpatizante, dos de aspirante y finalmente un espacio de formación hasta adquirir el carácter militante. Además, la formación de un Comité Central y de una serie de estructuras, como lo fueron los Grupos Político Militares como estructura intermedia con roles claramente definidos para sus integrantes, permitió el control del partido y su acción en bloque.

     

    Sin embargo, una de las grandes falencias fue la democracia interna, no en el sentido burgués de democracia representativa, sino entendida como consenso real dentro del partido e instancias de discusión y crítica. Según militantes entrevistados por el historiador Sebastián Leiva, en el MIR existió pocos espacios de discusión, lo que les dio escasa autonomía, por ejemplo, a los frentes de masas, lo que generó fricciones en las decisiones y en el quehacer de tales frentes. Este elemento interno al partido como organización, tuvo su expresión en (1) cómo éste se relacionó con la clase, derivando más hacia la dirección de ésta que a conducir un proceso que ningún partido pudo controlar; y (2) en cómo enfrentó luego el Golpe Militar. Por un lado, no había claridad de lineamientos previamente definidos para enfrentar una respuesta radical de la burguesía, cuestión necesaria si se considera los aspectos militares y operacionales para enfrentar la dictadura capitalista que emergía. Frente a ello, los militantes no contaron con herramientas para enfrentar lo que ocurría, esperando lineamientos del Comité Central. Y, por el otro lado, la muerte de los integrantes de dicho comité derivó en una descomposición radical del partido. En este sentido, el MIR no logró constituirse en un instrumento de elaboración de un proyecto que lograra ser objeto de una autocrítica constante en su rol de intelectual colectivo, estrechando los canales de la autocrítica y de la reflexión orgánica desde las bases.

     

     

    El Partido y la Clase Trabajadora

     

    El MIR buscó posicionarse como la vanguardia de la clase obrera y las capas oprimidas de Chile para la construcción de la nueva sociedad. El asumir como proyecto el ser vanguardia no implica dirigir el proceso, sino más bien conducirlo, tomar el rol de intelectual colectivo y conducir las luchas no solo a las demandas reivindicativas sino que también a sus causas, y, con ello, ser ejemplo en la lucha contra el capital para el resto del pueblo no organizado. En este contexto, la vanguardia no se constituye en una élite de iluminados que conocen todas las respuestas, sino más bien en aquellos que dan el primer paso, aquellos que presentan mayores claridades políticas y conciencia de las condiciones que enfrentan.

     

    En este ímpetu de ser vanguardia, el MIR construyó una serie de frentes de masas que le permitieran, por un lado, acelerar el devenir de la clase trabajadora en fuerza social y, por el otro, conducir a esta fuerza social emergente hacia el socialismo. Se constituyó el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), el Movimiento de Campesinos Revolucionarios (MCR), el Movimiento de Pobladores Revolucionarios (MPR), el Movimiento Universitario de Izquierda (MUI) y el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER). Al respecto, veremos dos ejemplos, el más exitoso, el poblacional, y aquél donde el MIR tuvo menor inserción, el laboral.

     

    En la población, el MIR fomentará los comandos comunales, los cuales eran una coordinación de trabajadores, estudiantes, campesinos y pobladores. Las Juntas de Abastecimientos y Control de Precios (JAP) será una política promovida por el gobierno, dirigida por el general Bachelet, que será aprovechada en este contexto. Los comandos comunales eran vistos como gérmenes de doble poder, sobre todo cuando en 1972 se logra una plataforma global con 7 ejes temáticos: cesantía, vivienda, salud, educación y cultura, mujer, justicia y abastecimiento. Como asegura un militante del MIR en una revista de izquierda de la época, “Aunque en un principio una lucha reivindicativa; con el pasar del tiempo (y la inserción de los comandos comunales) el MPR fue adquiriendo un carácter mucho más político y definido bajo el marco de la lucha de clases. Las poblaciones asociadas al MPR y al MIR comenzaron a generar dinámicas bastante peculiares en sus organizaciones, con reglas disciplinarias estrictas y roles de trabajo bien definidos dentro de la población a través de frentes de salud y de trabajo e incluso tribunales de justicia populares. (…) En los campamentos nosotros tratamos de mostrar a los trabajadores en forma muy primitiva lo que es una sociedad socialista”. La cita termina con la figuración de relaciones, en un contexto capitalista, que permitan proyectar y prefigurar la sociedad futura, cuestión necesaria para hacer del proyecto socialista una posibilidad real.

     

    En el ámbito laboral de la clase trabajadora, los resultados del MIR son bastante exiguos. En las elecciones de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) de 1972, el FTR obtiene un magro 1,81% de las preferencias, ganándole incluso el Partido Radical, con un 3,61%, y el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) con un 4,63%. Con ello, el MIR no logra llegar a los sectores tradicionalmente organizados de la clase trabajadora, siendo la inserción en el ámbito laboral una política bastante más difícil que en otros ámbitos donde (1) no existía organización fuerte previa y (2) los partidos políticos tradicionales de izquierda tenían menor inserción. El caso de los Cordones Industriales, en este aspecto, se observó como una posibilidad para el FTR, sin embargo el MIR no logró conducirlos, aun cuando contaba con militantes insertos con roles dirigenciales, así como tampoco lo logró el Partido Socialista (PS), a pesar de que éste lograra una mayor inserción y vocerías.

     

    Dos puntos cruciales respecto a lo dicho. En primer lugar, como se planteó antes, la fuerte estructura vertical sin autonomía de las estructuras y militantes de base, y sin instancias democráticas fuertemente instituidas, derivó en un intento por dirigir el movimiento popular y no por conducir tendencias a la organización. Esta necesidad de intentar conducir en vez de dirigir se sostiene, entre otras cosas, en el hecho de que los partidos políticos, entre ellos el MIR, solo tenían parte de responsabilidad del despliegue popular. Y, en segundo lugar, la corta existencia del MIR, el cual logra, sin embargo, un gran avance; esto último nos presenta el trabajo realizado por sus militantes como un trabajo bien logrado, pero cuya maduración institucional se vio truncada. Ambos puntos pueden haber derivado en que efectivamente el MIR no pudo entrar a disputar una esfera bastante politizada como lo era la obrera en los 70’ y sólo logró llegar a los más radicalizados.

     

     

    El Apoyo Crítico del MIR a la UP

     

    Un partido revolucionario con las características ya planteadas, debe ser capaz de leer la realidad que enfrenta y desarrollar estrategias y tácticas acorde a ello. Por eso, debe tener la capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones, lo que no solo implica cierta flexibilidad, sino también el desarrollo de capacidades orgánicas que le permitan tener una mejor lectura del periodo en el cual se inserta. En el caso de la UP, dentro del MIR no existía consenso en cuanto a las reales posibilidades de Allende de llegar a la presidencia, lectura que trajo como consecuencias políticas la expulsión de parte de la cúpula del partido. En este contexto, se consideró la campaña de la UP como expresión de la clase popular en el campo electoral, es decir como efecto de la creciente movilización de masas y agudización de la lucha de clases y, con ello, da la impresión de una confianza por parte del MIR hacia la propuesta allendista. En estas condiciones, el MIR mantiene un apoyo crítico al gobierno electo. Durante la primera parte del periodo presidencial buscará hacer cumplir y radicalizar el programa popular, además de hacerse parte del grupo de seguridad del presidente denominado como Grupo de Amigos Personales del Presidente (GAP), aunque mantendrá la crítica al reformismo y un discurso revolucionario. En términos prácticos, ello significó mantener relaciones constantes con los Partidos Comunista y Socialista, así como con el presidente Allende. Bajo estas condiciones, el MIR mantuvo una política no estatista, sin tener por ello una táctica clara para con la institucionalidad estatal.

     

    En el proceso mismo de la Unidad Popular, el MIR disputó la hegemonía reformista con un discurso radical, aun cuando gran parte de los hechos catalogados de radicalizados eran más bien una presión a la aplicación del programa con el que Allende llegó a la presidencia. Sin embargo, en 1971 se observa un giro en la táctica del partido para enfrentar la coyuntura; luego del asesinato de Edmundo Pérez-Zujovic por parte de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP), la Democracia Cristiana establece una nueva alianza con el Partido Nacional, lo que el MIR lee como una reunificación de la clase dominante y con ello un nuevo ciclo político. Bajo este nuevo ciclo es que el MIR termina por cortar sus relaciones oficiales con el gobierno, retira sus militantes del GAP, y asume la que se conocerá como la política del poder popular; buscando insertarse en el seno del pueblo para prepararlo ante una inminente reacción contra-revolucionaria.

     

     

    Aprendizajes de un partido joven

     

    ¿Qué fue del MIR en la Unidad Popular? ¿Cómo abordó los desafíos de constituirse como vanguardia de la clase trabajadora y como partido revolucionario? Aquí hemos planteado que resaltan sus logros a la luz de su corta existencia, a la luz de su falta de madurez. En términos concretos, se observan ciertas limitantes a la nutrición constante y cualitativa desde la clase trabajadora dadas las condiciones enfrentadas, lo que sumado a la fuerte inserción de los partidos tradicionales en ésta, derivó en serias dificultades para lograr hegemonizar ideológicamente e ingresar con fuerza en la esfera productiva. A su vez, su fuerte centralismo implicó escasa autonomía de sus militantes y frentes intermedios, lo que llevó a una destrucción rápida e incisiva del partido luego del Golpe de Estado a través del asesinato y tortura de sus máximos dirigentes. Así, aunque observamos solo una etapa de maduración en el partido, se puede extraer una serie de aprendizajes para la construcción partidaria hoy, no solo desde sus logros -que se han identificado en esta columna- sino también de sus problemas.

     

    Con estos elementos, el MIR vino a llenar un espacio que se encontraba vacío en la izquierda chilena, agrupando a una serie de grupos pequeños bajo la dirección férrea que se construyó con los años. Las limitantes antes especificadas no significa una crítica del todo o nada, es decir que siempre se debe actuar de una u otra forma, pues finalmente en política se deben integrar necesariamente las acciones del enemigo y los recursos-materiales e ideológicos-a los cuales tienen acceso los agentes en la lucha, dadas la estructura y la cultura prevalecientes.

     

    La intervención del MIR en el periodo de la Unidad Popular demuestra que aun cuando las condiciones eran mucho más álgidas que hoy, el horizonte revolucionario no se observaba de cerca, a pesar de que en el discurso sí lo hiciera; y la contra-revolución supo adelantarse a la conformación de este horizonte como proyecto práctico y realizable. Lo anterior no se debe tomar simplemente como una falencia en la velocidad de la intervención del MIR, sino que como una demostración de que generar las condiciones ideológicas y orgánicas para un proceso revolucionario requiere de trabajo y tiempo, sin los cuales todo voluntarismo afincado en lecturas erradas de las condiciones, que suelen excluir la real descomposición del pueblo en la actualidad, deriva en atajos contraproducentes para el proyecto socialista. Como hemos mencionado en otras columnas, para la revolución no hay atajos, sino que trabajo, organización y conciencia.

  • Fragua presenta una serie de textos que reúne la transcripción de los foros que realizamos periódicamente con miras a aportar en la construcción de un debate en torno a las tareas del movimiento popular hoy en Chile. Esto requiere de un trabajo que no solo lleve a la generación de un debate en la esfera de las ideas, sino que también a su despliegue y desarrollo en nuestra práctica política como miembros del movimiento popular.

     

    Esta presentación corresponde a lo expuesto en el foro “UP – Proyectos Políticos en Disputa y Agudización de la Lucha de Clases”, organizado en Septiembre de 2013 por Fragua y que contó con la participación de Rafael Agacino –Economista, Plataforma Nexos– y Sebastián Link –Antropólogo, Fragua.

     

    La reflexión en torno a la Unidad Popular, como lo demuestra la serie de foros, charlas y conversatorios a 40 años del Golpe de Estado cívico-militar, tiende a encontrarse reducida a la violación de los Derechos Humanos, con un enfoque victimizante de quienes lucharon por la construcción del socialismo en Chile y, en general, ocultando dicha lucha; o a un análisis partidista institucional donde las orgánicas y prácticas emergentes de la clase obrera quedan relegadas a un tercer plano. Con este foro pretendemos insertarnos en la reflexión en torno a la Unidad Popular bajo un análisis clasista, entendiendo dicho proceso como el momento más álgido de la lucha de clases en Chile en el siglo XX.

     

    Bajo esta clave interpretativa, los expositores desarrollaron una serie de temáticas que permiten abordar científicamente el periodo de la Unidad Popular. Rafael Agacino analiza la política económica del gobierno a la luz de los límites del patrón de acumulación de industrialización por sustitución de importaciones, derivando en aquella coyuntura clave de final del primer año de gobierno donde, en palabras del economista, fue la hora de la política: “el momento estelar de la política significa que en cinco minutos, así como la tele en dos minutos te puede borrar la conciencia de cuarenta años de proceso político, también en los momentos estelares de la lucha de clases la conciencia se desarrolla aceleradamente”. En dicha hora dos apuestas se confrontan, aquella de la radicalización del proceso de expropiación de Vuskovic y aquella del “inviertan, crean en nosotros” de Millas, donde finalmente prevalece la respuesta reformista.

     

    Por su parte, Fragua, representada por Sebastián Link, realiza un análisis del proceso de aceleración de acumulación de fuerzas por parte de la clase trabajadora. Además, postula lo que considera una serie de errores comunes en el análisis del periodo de la Unidad Popular, entre los que se destaca la reducción del proceso a la inevitabilidad del Golpe de Estado, la constitución de los polos etapistas y radical como causa central de la derrota, y el nacionalismo metodológico que olvida la realidad en el globo y en otros países, especialmente en América Latina. Finalmente, se incorpora las opiniones y los comentarios esbozados por el público asistente, el cual pretendió iluminar la relevancia del boicot norteamericano y del capital en términos globales, así como también de la problemática de las Fuerzas Armadas para todo movimiento con intención revolucionaria.

     

    Con estas publicaciones, Fragua espera contribuir a la acumulación de poder por parte de la clase trabajadora y sus aliados, lo que se ha tendido a llamar movimiento popular, a través de la acumulación de conocimiento científico respecto de las luchas pasadas. El desarrollo de teoría revolucionaria se vuelve una necesidad, pues como dijera Lenin varias décadas atrás, “sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario”.

     

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  • El jueves 23 de Octubre del 2013, en la Universidad Central Sede La Serena, el Centro de Investigación Fragua presentó el libro “Unidad Popular y la Reconstrucción del Horizonte Revolucionario en la Actualidad”.
     
    Este libro se compone de una serie de columnas donde se busca enfrentar problemas en el análisis que persisten aún hoy en el quehacer político de las organizaciones de izquierda; y se encuentra prologado por el historiador Sergio Grez. Entre los problemas que se enfrenta, destaca la relativa ausencia en el análisis del despliegue del movimiento popular, tanto en organización como en conciencia, enfocándose en un análisis desde la institucionalidad política formal, dícese el Estado y los partidos políticos.
     
    Este libro se enmarca en la política del Centro de Investigación Fragua de construcción del movimiento popular chileno, en específico en el desarrollo de capacidades ideológicas –estudio del capitalismo en su objetividad, las regularidades que lo componen con miras a desarrollar mejores lecturas sobre la realidad que enfrentamos- y de capacidades hegemónicas –despliegue del conocimiento científico construido en comunicaciones y sentido común, es decir desarrollo de la conciencia de clase.
     
    Presenta – LEONORA ROJAS AVILES, Centro de Investigación Fragua
    Invitado – ANGELO ESCOBAR, trovador chileno
    23 Octubre – 10:30 horas – Universidad Central, sede La Serena


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