• ¿Por qué escribir hoy acerca de la tesis del 1% en el contexto de la formación social chilena?

     

    Fundamentalmente, por una cuestión de urgencia política. Sucede que ya hace un tiempo varios discursos políticos autodenominados “alternativos” a la forma de sociedad nacional hoy existente, se plantean en términos de una lucha contra lo que refieren como el 1%. Desde intelectuales cercanos a las filas del partido comunista de vicuña Mackenna, como Manuel Riesco:

     

    “También, ciertamente, es la causa principal de la escandalosa desigualdad. No solo de aquella que se verifica al interior de la fuerza de trabajo, que es la que mide la CASEN, que también resulta más desigual que en la mayoría de los países. La desigualdad de verdad, sin embargo, es entre el 99 por ciento de la población que representa la CASEN y el uno por ciento verdaderamente rico que ni siquiera se digna responderla…1

     

    Pasando por asiduos colaboradores de la revista Punto Final (por lo general crítica a la deriva actual del pc), como Paul Walder:

    “Un muy reciente estudio de los economistas de la Universidad de Chile Ramón López, Eugenio Figueroa y Pablo Gutiérrez nos dice que dentro de la concentración existe algo así como un núcleo más duro e hiperconcentrado. Es en el uno por ciento donde realmente se concentra el ingreso, fenómeno que casi no tiene parangón en otro país2

     

    …hasta candidatos presidenciales populares como Roxana Miranda3 y aún ciertas fracciones del movimiento estudiantil universitario (e.g. miembros de izquierda autónoma) hacen uso de la mencionada tesis. Ahora bien, aún si este discurso no es hegemónico dentro de quienes se posicionan del lado de los productores y explotados, el mismo, como hemos intentado mostrar a través de las citas precedentes, logra “peligrosamente” cierta difusión no menor. Decimos “peligrosamente” porque la tesis central de esta nota es que la utilización del mismo en tanto que consigna en las luchas contra lo que existe, lleva a tomar caminos errados en el conflicto actual de nuestra sociedad dividida en clases, esto al menos si los objetivos de quienes luchan  se sitúan del lado de los productores y explotados en búsqueda de libertad e igualdad sustantivas y materiales.

     

    La tesis del 1% puede ser comprendida a través de dos series de antecedentes que la explican en su forma actual: a) antecedentes históricos; b) antecedentes estructurales actuales.

     

    Dentro de los antecedentes históricos, aquí creemos posible y fértil situarse en el contexto de las luchas clasistas de mediados del siglo pasado, tanto en el espacio de las metrópolis como en el de los satélites. En este contexto, muchas fuerzas que se planteaban como alternativas a lo que existe, formularon ciertas tesis que hoy constituyen gran parte de la base teórica de quienes plantean la necesidad de la lucha contra el 1%.

     

    En primer lugar, la idea de la “clase salarial”4. Durante los “treinta dorados”, algunos teóricos ligados al mundo político plantearon la idea de que la lucha más relevante era la de todos aquellos remunerados en forma “salario” contra aquellos no remunerados de esta manera. Así, se construyó un tipo “clasista salarial”, que incluía desde las más altas cúspides tecnoburocráticas de la estructura social, hasta el trabajador manual más depauperado. Esta “clase” (si podemos en realidad denominarla así), en efecto luchaba contra la minoría “no salarial”, minoría que hoy se entiende bajo la denominación del 1%. Esto último es claro en la cita de Riesco que consignamos precedentemente, en la cual este economista considera que la desigualdad verdadera y real es únicamente entre una fuerza de trabajo concebida como 99% y un 1% privilegiado.

     

    En segundo lugar, muchos de los teóricos que hablaron acerca de la “clase salarial”, entendían también que la lucha relevante era la de la “mayoría” (entendida ésta como clase salarial, pueblo, etc), exclusivamente contra la “minoría” monopólica del “gran capital”. Esta misma idea es tomada hoy por el periodista Paul Walder, quien ya hace varios años escribe sistemáticamente denunciando la concentración monopólica vigente en nuestra economía nacional; quien, como vimos en la cita de más arriba, ya se ha decantado finalmente por la tesis de la lucha contra el 1%.

     

    Ligada a esta idea, estuvo muy de moda por esos años la generalización de la “cuestión pyme” (pequeñas y medianas empresas). Se suponía que la lucha contra los monopolios incluía en el campo desfavorecido no sólo a la pequeñaburguesía y la clase obrera, sino también al pequeño y mediano capital: todos ellos se encontraban, supuestamente, en contradicción estructural con el gran capital monopólico. Esta tercera idea, algo modificada, es cierto –pero no precisamente de una manera racional y políticamente más acertada- , también ha sido tomada por quienes sostienen que la lucha de mayor importancia es aquella que sitúa en el campo enemigo al mentado 1%:

     

    “Ciertamente, al igual como ocurrió a lo largo de buena parte del siglo pasado, esta gran transformación solo puede ser dirigida por el Estado, conducido por una nueva coalición desarrollista, de trabajadores manuales e intelectuales, empresarios grandes, medianos y pequeños y funcionarios, civiles y militares. También los trabajadores independientes, pescadores y campesinos…”5


    Como puede verse en la cita, no son sólo “Meo” y los progresistas de la concertación quienes sostienen la validez para la lucha actual de la “cuestión pyme”, sino que también teóricos ligados al mundo comunista como Manuel Riesco.

    En cuarto y último lugar, un antecedente histórico de relevancia en las tesis acerca del 1%, fue la expresión de la lucha antimonopólica en la periferia. En términos sumarios, quienes luchaban sólo contra el gran capital y los monopolios en los centros capitalistas, en la periferia expresaron su lucha como una cuyo objetivo a mediano plazo era el desarrollo de capitalismo contra las remanencias feudales: en la tesis de la revolución por etapas6, se entendía que al socialismo debía preceder un capitalismo progresista, basado exclusivamente en el plusvalor relativo. No debe sorprendernos, sin embargo, que esta misma tesis sea tomada por uno de los teóricos que abogan en pro de la lucha sólo contra el 1%, como es el ya citado Manuel Riesco:

     

    “La abrumadora mayoría del país está de acuerdo con estas medidas (e.g. estatización), puesto que benefician a todos. Incluso a la segregada elite que hoy vive aislada y atemorizada, en un Apartheid que sabe que no puede continuar. Los auténticos empresarios capitalistas serán los principales beneficiados de nivelar la cancha para las inversiones productivas en base al trabajo calificado de los chilenos y chilenas; de hecho, las principales corporaciones rentistas que hoy explotan los recursos naturales de Chile, son extranjeras”7

     

    Con respecto a estas cuatro reapropiaciones históricas que realizan los “nuevos” teóricos del 1%, caben cuatro críticas paralelas, las cuales a partir de un marco marxista no son difíciles ni extensas de desarrollar. Primero, en lo que respecta a la “clase salarial”, un análisis de clase marxista apuntaría al menos dos cosas de simple comprensión: a) las clases no se definen ni determinan de forma esencial por su forma de remuneración8; b) las tecnoburocracias salariales (en especial las altas cimas de las mismas) en realidad cumplen la función del capital en la producción9.

     

    Segundo, en lo que corresponde a la lucha contra los monopolios: a) se opera con una concepción del término amarxista, en la cual las leyes objetivas del modo de producción capitalista parecieran ya no “pasar por encima de las cabezas de los agentes”, sino que las mismas son manipuladas arbitrariamente por cierto tipo específico de agentes (los monopolios)10; b) se asume la neutralidad de las fuerzas productivas11; c) se opera (al menos “tácticamente”) con una política de alianzas interclasistas (colaboración de clases).

     

    Con respecto a lo tercero, si bien se pueden aplicar las mismas críticas hechas para el segundo caso, lo específico de esta tesis es que difumina la diferencia entre la clase pequeñoburguesa y la clase capitalista. Nicos Poulantzas expresa esto de la siguiente manera:

     

    “…de otra parte, esfumar, esta vez, las líneas de demarcación de clase entre el capital a secas, la burguesía de una parte, y la pequeña producción manufacturera y artesanal, la pequeña burguesía, de otra. Esto se hace por la introducción subrepticia, en esta escala de magnitud, del término de pequeño capital, que cubre la pequeña burguesía. Se mantiene el término de gran capital con el fin de designar el capital monopolista, al que se limita de hecho la burguesía, y se emplea el término de capas no monopolistas incluyendo en ellas, en una línea de continuidad, el capital medio –el resto de la burguesía- y el pequeño capital –la pequeña burguesía-, y dando entender que todo lo que no es gran capital no pertenece ya a la burguesía. El capital medio se supone así tener, frente al grande, el mismo tipo de contradicciones que la pequeña burguesía frente a la burguesía, y presentaría entonces las mismas posibilidades de alianza con la clase obrera que la pequeña burguesía…Se acredita así el mito de una unidad de las empresas pequeñas y mediana (PME), que no es de hecho sino un medio por el cual el capital no monopolista subordina a la pequeña burguesía apoyándose sobre ella en su lucha contra el capital monopolista y le crea la ilusión de una comunidad de intereses…”12

     

    Por último, en lo que respecta a la tesis del desarrollo del capitalismo en la periferia (revolución por etapas), debemos consignar: a) el etapismo en realidad es una elaboración propia de los años 1920s por parte de Tercera Internacional y fue una apuesta táctica que tuvo sentido para la China de esos tiempos, pero que se probó errada en la mayor parte de los casos; b) la tesis de la revolución por etapas supone un mecanicismo no soslayable que niega la discontinuidad que es propia de la dialéctica marxista; c) hablar del desarrollo del capitalismo en lo actual como un objetivo necesario de lucha, supone no comprender que el mismo es siempre explotador (y aún más mediante el plusvalor relativo –mientras más productivo el capital invertido por el capitalista, más alta es la explotación del obrero, estableció Marx en El Capital-) y niega por sí mismo la libertad e igualdad sustantivas y materiales.

     

     

     


    http://www.g80.cl/noticias/columna_completa.php?varid=16167


    http://www.elclarin.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=7704&Itemid=5


    3 Ver el video de presentación donde la candidata apoyada por el Partido Igualdad desliza posiciones solidarias con la tesis del 1%: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=2mI3asvdSN8


    4 Muy ligado a la idea de “clase salarial” estuvo el concepto de “trabajador colectivo” u “obrero colectivo”. Este concepto fue tomado de los escritos de Marx y “deformado” de manera que el mismo se adecuara a las tesis esclerotizadas de la tecnoburocracia de la época, la cual confundía socialismo y capitalismo.


    http://www.g80.cl/noticias/columna_completa.php?varid=16167


    6 Esta tesis, motejada de “etapista” por críticos de cuño marxista, en realidad imbrica de manera compleja dos vertientes teóricas bien distintas: el desarrollismo derivado de Rostow (“dejar el mundo tradicional y despegar hacia el desarrollo moderno”) y la estrategia de los partidos comunistas alrededor del mundo, los cuales planteaban la necesidad de una etapa burguesa previa a la consecución del socialismo.


    http://www.g80.cl/noticias/columna_completa.php?varid=16167. Como se ve en la cita, Riesco implícitamente desliza tesis nacionalistas (su objetivo es el desarrollo de una suerte de capitalismo nacional): esto no es gratuito ya que la expresión periférica de la lucha contra los monopolios (el desarrollo del capitalismo en estas zonas) de hecho se imbricó inextricablemente con la lucha antiimperialista nacional.


    8 Aún si la respuesta acerca de la temática de las clases que iniciaba Marx en el último capítulo del tercer volumen de El Capital, parte formulando la cuestión de esta manera, es necesario tener en cuenta que la teoría de las clases marxista no se encuentra allí (en un capítulo que se “corta” en media página), sino en todo el cuerpo del análisis desarrollado por Marx. Así, de los tres criterios formulados por Lenin para definir a las clases (derivados de su lectura de Marx y su apreciación de la realidad concreta del capitalismo de principios del siglo XX), a saber: a) la relación con los medios de producción; b) el papel desempeñado en la organización social del trabajo; c) y la forma y cuantía de la riqueza social apropiada, la tesis de la “clase salarial” pareciera quedarse sólo con la mitad del tercer criterio (la forma de la riqueza apropiada que es entendida como forma de remuneración).


    9 Como se ve en la cita anterior, el segundo criterio consignado por Lenin para definir a las clases hace referencia explícita a esta cuestión relacionada con la posición en el proceso productivo. La tesis de la “clase salarial”, que operó con la idea espuria de “trabajador colectivo”, obvia esta cuestión central. Por lo demás, la teoría de las clases marxista desarrollada en el siglo XX precisamente se caracteriza por tratar esta cuestión (ver, por ejemplo, Guglielmo Carchedi y Nicos Poulantzas).


    10 La teoría del imperialismo tomada por el neomarxismo yanqui (e.g. Baran y Sweezy) formula este tipo de hipótesis. Las mismas son criticadas de manera certera por infinidad de marxistas (e.g. ver “Valor, acumulación y crisis” de Anwar Shaik).


    11 La tesis de la “clase salarial” y la lucha contra los monopolios, en realidad tenía su base en cierta idea bastante difundida en su momento: la homogeneidad entre el mundo soviético y el mundo capitalista en los años 1950s-1960s . Esta supuesta homogeneidad entendía que la lucha necesaria en el capitalismo era sólo contra las remanencias rentistas y monopólicas, en tanto la organización el proceso de trabajo y las fuerzas productivas eran similares en ambos modos de producción –ahora bien, la mentada “homogeneidad”, si bien en lo aparente no se alejaba de la realidad, en verdad no lograba captar que la dinámica de ambos mundos era impulsada por leyes de movimiento distintas (formas de acumulación diferentes)-.


    12 Las clases sociales en el capitalismo actual (Nicos Poulantzas).

  • Jueves, 04 Agosto 2016 La Tesis del 1%
    Por

    La tesis del 1% ha tenido una especial recepción dentro de los sectores críticos al modelo capitalista chileno. “La desigualdad de verdad (…) es entre el 99 por ciento de la población que representa la CASEN y el uno por ciento verdaderamente rico que ni siquiera se digna en responderla” decía Manuel Riesco hace no mucho tiempo, cuestión con la que estarían de acuerdo amplios sectores, como la Izquierda Autónoma y el Partido Igualdad. La investigación recientemente publicada de los economistas Ramón López, Eugenio Figueroa y Pablo Gutiérrez reafirma el punto al analizar la distribución del ingreso a partir de los datos del Servicio de Impuestos Internos. Si bien el nivel de acumulación es sorprendente y habla del modelo imperante en Chile, esta idea puede adquirir ribetes peligrosos para el movimiento popular si es que con ella pretendemos reemplazar una concepción clasista de la sociedad.

     

    La idea de la lucha de grandes mayorías contra una minoría monopólica no es nueva. Es posible encontrarla en los “treinta años dorados” donde se planteaba la idea de una “clase salarial”, donde la gran mayoría estaba constituida tanto por los trabajadores manuales más precarizados como por las altas cúspides tecnoburocráticas de la estructura social. Otras vertientes pusieron el énfasis en los monopolios y en cómo éstos desfavorecían a la clase obrera y a la pequeñaburguesía, pero también al pequeño y mediano capital. Aquí la distinción central se realiza sobre la base de los ingresos de las personas, pudiendo observar grandes diferencias de un grupo a otro. La tesis del 1% se asentaría en que el salto en ingresos de este 1% más rico con respecto al otro 99% es mucho mayor que el salto de cualquier otro porcentaje. Una posible conclusión sería pensar que ese 99% tendría incentivos a transformar las condiciones a las que se enfrenta en tanto hay un 1% que los mantiene en ingresos que debieran ser mayores. Sin embargo, ¿es posible pensar a pequeños y medianos empresarios en alianza con las organizaciones sindicales y con el proyecto de superar el capitalismo? El problema de los intereses de los distintos grupos parece ser más complejo, por lo que esta distinción entre el 1% y 99% nada nos dice de si esos grupos tienen o no incentivos materiales para la transformación del modelo. Claramente el 1% tiene interés de mantenerlo, pero la heterogeneidad del otro 99% no nos permite llegar a respuestas satisfactorias.

     

    El peligro de este tipo de lecturas es que nos puede llevar a una visión errada de cuáles son las características de la lucha de clases hoy en Chile. Si bien es un dato alarmante y que puede tener ciertos rendimientos para la construcción del movimiento popular, un uso errado del mismo podría resultar contraproducente. Lo peligroso de la tesis es que puede llevarnos lejos de una pregunta que resulta central a la hora de la construcción del movimiento popular: ¿qué intereses poseen los distintos grupos en relación a la mantención o transformación del sistema capitalista? Si bien es una pregunta que adquiere mayor complejidad, el marxismo ha desarrollado un instrumental analítico que permite abordarla y, con ello, desarrollar prácticas y alianzas políticas más eficaces a la luz del objetivo final, la construcción de una sociedad que supere la injusticia intrínseca del capitalismo.

     

     

     

  • En el actual periodo histórico en el que nos encontramos, es fundamental realizar una lectura crítica de las prácticas políticas que ocurren dentro del incipiente movimiento popular contemporáneo, con el objetivo de ir sintetizando ciertos lineamientos que permitan dirigir de mejor forma la estrategia de construcción política en los años venideros. Ir aprendiendo de los aciertos y los errores del movimiento popularpermite superar las limitantes al debate que hoy existen, pero también genera una base de conocimiento que nos haga más fuertes.

     

    Uno de los ejes de discusión que debe estar presente es la reflexión y evaluación de las distintas apuestas de construcción de poder que encontramos hoy en la izquierda. Es necesario debatir acerca de las distintas apuestas sobre la definición de los sujetos a los que se debe apostar por articular bajo una política revolucionaria, la formas de organización que debieran tener estos sectores sociales, los objetivos políticos a corto y mediano plazo que deben levantarse en el seno del pueblo y la relación que se establece con los aparatos institucionales de la política.

     

    En relación a estos temas es necesario establecer ciertos elementos básicos de análisis que definen desde donde nos posicionamos en Fragua respecto estas temáticas.

    En primer lugar, entendemos a los sujetos políticos desde la perspectiva de la teoría de clases, esto es palabras simples, que los actores que se encuentran presentes en la política responden a los intereses y las visiones que las distintas clases o fracciones de clase generan. En una época en donde incluso algunas apuestas que se autodefinen de izquierda o alternativas al neoliberalismo abandonan el análisis de clase, es preciso volver sobre este marco conceptual, ya que, en última instancia, ahí reside la explicación del surgimiento de los intereses que se desenvuelven en la política.

     

    En segundo lugar, partimos del diagnóstico deque las organizaciones de la clase trabajadora se encuentran en un periodo de cimentación, proceso que ha demorado ya más de dos décadas desde el fin de la dictadura. En virtud de esto, es que una de las tareas fundamentales a realizar en el corto plazo es la construcción de la organicidad del pueblo, en sus diversas expresiones: sindicatos, movimientos de pobladores, movimiento estudiantil, etc. Si el objetivo de toda política es la construcción de poder popular -entendiendo que este es un proceso no lineal y que tiene periodos de avance y reflujo-, es necesario tomar en consideración en la evaluación de las apuestas actuales y como estas se hacen cargo de la problemática de la acumulación de poder.

     

    En tercer lugar, partimos del diagnóstico de que las características del sistema político chileno actual, en especial lo que se juega dentro del aparato parlamentario, tiene limitantes tan fuertes que cualquier política con intención transformadora es cooptada por las coaliciones neoliberales actuales. Esto porque, en última instancia, la Concertación y la Alianza ya albergan en su seno un conjunto de fracciones de la burguesía y la pequeña burguesía cuyos intereses de clase se encuentran, hoy en día, íntimamente ligados al éxito del modelo neoliberal.Cuando se evalúen las distintas alternativas, sobre todo las que se orientan hacia la lucha electoral, se debe analizar cómo estos resuelven la problemática de la acumulación de poder y no la subyacen a una acumulación de electorado.

     

    Tomando esos tres elementos como puntos de partida para el análisis se tratará de realizar un balance de las distintas apuestas políticas y de sintetizar nudos claves en los que se deben reflexionar para avanzar en la construcción de una alternativa política transformadora.

     

    Introducción ¿por qué hablar de la izquierda en Chile hoy y de la construcción de poder?
    Asamblea Constituyente y Movimiento Popular. Por FRAGUA

     

    Trampas de la Estrategia Institucionalista Primera Parte. Por Leonora Rojas

     

    Trampas de la Estrategia Institucionalista Segunda Parte. Por Leonora Rojas

     

    La doble estrategia: confusiones de los límites del Estado y la Sociedad Civil en la vía institucionalista. Por Marcela Quero

     

    Las tensiones interna de los movimientos sociales: el componente obrero y la cooptación pequeño burguesa. Por Ignacio Sandoval

     

    Para la revolución no hay atajos. Por Sebastián Link

     

    La tesis del 1%. Por FRAGUA

     

    La tesis del 1%: antecedentes históricos. Por Manuel Salgado

     

    La tesis del 1%: antecedentes estructurales. Por Manuel Salgado

  • Nos encontramos a pocos meses de las elecciones y, dentro de la amplia gama de partidos de izquierda, pareciera ser que las opciones son múltiples. Solo es cosa de escoger la que creemos tiene la apuesta más acertada y más acorde a nuestros intereses. De ahí que, para muchos, estemos frente al surgimiento de nuevos partidos de izquierda, una izquierda aparentemente nueva, renovada, con estrategias (y candidatos) novedosas (os) y dotadas de un componente pluralista y ciudadano, en tanto invitan a la participación “ciudadana” en sus diferentes apuestas programáticas. Por su parte, existen otras apuestas que ya se encuentran hace algún tiempo en el campo político, aunque con pretensiones de diferenciarse de la apuesta de la Concertación. Pero, ¿qué es realmente lo nuevo o, en el caso de estas últimas, lo diferente de estas apuestas? ¿Existe, efectivamente, una apuesta novedosa, diferente, con posibilidades reales de construcción de poder?

    En ésta y en una segunda columna, abordamos críticamente 3 apuestas políticas pertenecientes a esta nueva oleada de actores de izquierda y la propuesta del Partido Comunista, argumentando que no se caracterizan tanto por su diversidad sino que por su convergencia en una apuesta que, para nosotros, resulta equivocada considerando tanto el contexto político nacional como la coyuntura actual de la lucha de clases en Chile: la construcción de poder mediante la vía institucional.

    El Partido Comunista y el Gobierno de Nuevo Tipo1

    La propuesta del Partido Comunista (PC) se resume en el término “Gobierno de Nuevo Tipo” (desde ahora GNT) que, en sus palabras, explicita “la vocación de poder de nueva mayoría de chilenos y chilenas que se proponen avanzar decididamente en la ruptura del neoliberalismo, e impulsar desde el Estado y la sociedad civil, las transformaciones democráticas que las anteriores administraciones concertacionistas nunca quisieron emprender. En otras palabras, los comunistas aspiramos a instalar un gobierno democrático y de justicia social que marque el fin del actual ciclo de dominio del neoliberalismo”.Este GNT tendría su fundamento en una alianza interclasista cuyo objetivo principal es la instalación de lo que el PC denomina un “gobierno posneoliberal”, el cual asienta la necesidad de democratización del Estado, el cambio en la política social y la redefinición de la explotación de los recursos naturales.

    Se plantea que la derrota del “neoliberalismo” será producto de una convergencia y articulación entre diferentes actores sociales y políticos, entre los que se encuentran desde la burguesía nacional, que supuestamente estaría dispuesta a ser parte de las políticas democratizadoras, hasta la clase trabajadora. Dentro de esta pluralidad de actores, en el que identificamos diversos intereses de clase, el PC propone que es posible una hegemonía de los sectores ‘progresistas’ debido a una correlación de fuerzas favorable inaugurada por el movimiento social por la educación desde el 2011.

    Ahora bien, ¿cuál es el problema de la alianza con sectores, supuestamente, progresistas de la burguesía chilena? Creemos que este tipo de apuestas basa su premisa en una lectura errónea del capitalismo neoliberal, la cual tiene como elemento central la suposición de que el conflicto entre capital financiero y capital nacional se configura como el conflicto fundamental dadas las condiciones actuales, y que esto deviene en que las fracciones de la burguesía nacional sean de carácter progresista2. Más allá de los problemas teóricos que conlleva esta afirmación, considerar que la Concertación ya alberga en su seno ciertas fracciones de la burguesía nacional desde hace varios gobiernos, sin por ello haber devenido en un gobierno de carácter progresista, resulta un elemento clave para afirmar lo errado del supuesto. Esta lectura también se demuestra errada cada vez que la Democracia Cristiana, partido insigne de la burguesía nacional, se muestra más reacia a conformar una alianza con el PC.

    La superación del capitalismo requiere la construcción de una fuerza social que permita y sirva de base a este proceso.La pregunta que queremos plantemos es si, efectivamente, solo y privilegiando los espacios desde la política formal es posible generar una acumulación de fuerzas para realizar los cambios radicales que permitan la erradicación del capitalismo. En primer lugar, las limitantes del sistema formal son conocidas, por lo tanto los cambios que puedan realizarse dentro de él resultan poco relevantes sin la existencia de una organicidad fuerte del movimiento popular y, justamente, limitados. Podemos recordar como ejemplo la existencia de tres parlamentarios del PC, quienes más que llevar a cabo los objetivos programáticos del partido, han servido de fuerza de maniobra de la Concertación, a la vez que mantienen la fe en un posible giro de ésta hacia propuestas más acordes a “la izquierda”. Considerando las características del sistema político chileno, este tipo de apuestas pueden entramparse más que generar frutos y avances desde la perspectiva de “cambiar el Estado desde adentro”. En este sentido, cabe cuestionarse por lo que implica por sí mismo el hecho de ocupar posiciones en el Estado, con o sin alianzas interclasistas (aunque éstas sean meramente estratégicas), además de problemas que pueden llegar a desencadenarse, como la cooptación del avance de las bases por los sectores dominantes. En otras palabras, ¿cómo se asegura que el ocupar posiciones en el Estado ayude a la construcción de poder popular en el contexto actual?

    Al mismo tiempo, la idea de que el GNT va a proveer de “gobernabilidad” al país solo resulta en una relegitimación y recomposición de la hegemonía de la clase dominante. Este tipo de eufemismos son reflejo de una propuesta que más que hablar de la erradicación del capitalismo, se enfoca al fin del “neoliberalismo” y a una conducción vanguardista de la clase trabajadora.

    En segundo lugar, ¿es la construcción social del PC mera acumulación de electorado, o existen perspectivas de construcción de poder popular? Creemos que por el momento el Partido Comunista ha definido su línea de construcción privilegiando su inserción en el aparato estatal, lo que tiene como consecuencia una concentración en su trabajo electoral. Podemos tomar como ejemplo el resultado del último trabajo de base del PC: el movimiento estudiantil, que terminó pasando rápidamente al ámbito de la política formal, encarnándose en figuras como Camilo Ballesteros y Camila Vallejo.

    En un contexto en donde las orgánicas de la clase trabajadora aún son incipientes y debido a lo acotado que resulta una política transformadora o crítica en un marco institucional y bajo la hegemonía de actores neoliberales (Alianza, Concertación), se produce una escisión entre los intereses inmediatos del PC y la de los organizaciones de base. Ésta se expresa en el distanciamiento entre las demandas de los movimientos sociales y las oportunidades concretas de luchas en la arena institucional.
    El Partido Igualdad: la Constitución de la Igualdad

    El Partido Igualdad nace en el año 2009 con un programa ambicioso que incluía no solo la lucha por ganar espacios municipales, sino que también constituirse en una “Herramienta de los Pueblos”, un “instrumento político que organice, apoye y conduzca la lucha de los pueblos de Chile por sus derechos y lleve a la clase trabajadora al gobierno”. Pregonan un proceso constitucional que refunde el Estado, pero no ya desde una alianza interclasista, ni privilegiando únicamente las mayorías electorales.

    Igualdad logra consolidarse como una organización política cuyas orientaciones estratégicas están dirigidas hacia dos vías aparentemente no excluyentes: por un lado, la vía electoral/institucional, y por el otro, la vía de la construcción de poder desde las organizaciones sociales. La conjunción de ambas estrategias se consolidarán en lo que denominan “La Constitución de la Igualdad” caracterizada por un, nuevamente, “nuevo tipo de gobierno” y una nueva Constitución Política para Chile, impulsada desde el pueblo a través de un proceso que pondrá en las manos de éste el diseño e instauración de aquélla: la Constituyente Social. El propósito de ésta es terminar con las desigualdades y reformular los fundamentos de la sociedad así como redistribuir la riqueza y el poder. De esta forma, los cambios reales pretenden ser impulsados desde una nueva institucionalidad y un gobierno dirigido por la clase trabajadora, guiada y respaldada por Igualdad.

    Si bien se diferencian del PC en términos del marco de alianzas estratégicas que proponen, descartándose radicalmente de una unión y/o apoyo a las iniciativas que provengan de los partidos existentes, y por ende de la clase dominante, las posibilidades reales de incidencia en los espacios institucionales que pretenden disputar parecen ser escasas. Si bien Igualdad es relativamente nuevo e incipiente, pudiendo justificarse así la irrelevancia de sus porcentajes en las pasadas elecciones, no se le puede restar importancia a este hecho. Una apuesta que pretende insertarse institucionalmente sin reconocer la centralidad, e incluso necesidad, de la alianza interclasista para lograr mayoría electoral y, por lo tanto, una real posibilidad de inserción en este espacio, puede resultar ingenua. Poseer poco “recurso humano” en el ámbito institucional (un solo concejal en todo el país), margina las posibilidades de transformación y demarca estrechos márgenes de acción para un proyecto que ambiciona “guiar” a la clase trabajadora al Estado por esta vía. Las limitantes del ámbito político formal ya son conocidas y las posibilidades de acción dentro de este marco se acrecientan aún más al descartar las alianzas interclasistas que, por lo menos para concretar acciones en ese espacio, parecen ser necesarias. Este ha sido el caso, por ejemplo, de Venezuela, en el proceso de la Revolución Bolivariana ha debido aliarse con sectores de la burguesía nacional, privilegiando en un primer momento la expulsión de los grandes capitales internacionales. Asimismo, esta deriva le ha hecho perder ciertos componentes populares y socialistas, lo cual habla en cierta forma de los peligros que este tipo de alianzas puede conllevar para el proceso revolucionario.

    Por su parte, la lucha que pretende llevarse a cabo en los espacios institucionales sienta sus bases en la idea de una mayoría electoral que resulta ficticia, falsa, espuria, en tanto conlleva una acumulación de fuerzas que por sí misma da cuenta de una “participación” en el ámbito electoral, pero que no se condice en ningún momento con una organización real y permanente desde las bases.

    Aunque es innegable que Igualdad tiene presencia orgánica en diferentes partes de Chile, intentando desarrollar en paralelo un trabajo con las organizaciones de base, la vía institucional y la lucha por instalar candidatos en espacios locales sigue siendo el objetivo principal de este partido, de ahí que se hagan llamar un instrumento político para apoyar, organizar y conducir a la clase trabajadora, siempre con la disputa a los otros partidos con el gobierno en la mira. Las dificultades aparecen cuando se apuesta por ambas vías, ya que existe una escisión entre las demandas del movimiento popular al que se quiere organizar y conducir, y las escasas oportunidades concretas de lucha que existen en el ámbito político institucional.

    Como tercer punto, es importante señalar las implicancias que tiene enfatizar fuertemente la “presencia”, ficticia, de un momento constituyente. Más allá de lo errada que resulta esta afirmación, puesto que aún queda una ardua tarea en la construcción orgánica de las organizaciones de base, una nueva Constitución solo sirve como herramienta relegitimadora de la clase dominante. No olvidemos que la Concertación ha adherido a esta propuesta, tomándola como suya, ¿por qué? ¿Porque el “movimiento ciudadano” ha sido escuchado, o porque desde esta propuesta existe una nueva relegitimación y re-fundación de su posición de clase dominante? Hablar de una Constitución, sea Nueva, sea de la Igualdad, solo “constituye” una relegitimación de la democracia burguesa y de sus instituciones, un “barniz” de recomposición de un sistema que por sí mismo no asegura las transformaciones reales de la sociedad. Proponer una Asamblea Constituyente actualmente, en este contexto político y en la actual coyuntura de la lucha de clases, es seguir jugando el juego de la clase dominante.


    1 En los próximos días realizaremos una crítica más detallada de los fundamentos teórico-políticos de la estrategia actual del PC y su aplicación en la realidad nacional concreta

    2 Ver columna “La tesis del 1%: antecedentes históricos”.

  • En una columna anterior, planteamos algunos antecedentes históricos de ciertos problemas que estarían detrás de lo que hemos llamado “la tesis del 1%”. Hablamos de las tesis de la clase salarial y de la lucha contra los monopolios. Este análisis continúa con los antecedentes estructurales de tal tesis. Se plantean cuatro dimensiones para ello, (1) tesis solidarias de la tesis del 1%, (2) sus bases teóricas, (3) la naturaleza mediática del 99% y (4) lo volátil del 1%.

    Antes de abordar dichas dimensiones, es preciso consignar una cuestión de importancia, más todavía si nos encontramos hoy en el contexto de una formación social, a todas luces, todavía “dependiente”. La misma dice relación con el hecho de que la tesis del 1% no ha sido endógenamente generada por fuerzas nacionales (y nos atreveríamos a decir, ni siquiera por fuerzas latinoamericanas), sino que proviene de las formas y tácticas de lucha propias de los centros capitalistas en su decurso actual. En efecto, la tesis del 1% se vincula orgánicamente a las elaboraciones del grupo ATTAC1 y ha sido difundida recientemente por las luchas de los denominados “indignados”. Por lo tanto, tenemos que ya desde su origen, la tesis del 1% es susceptible de generar suspicacia, al menos para quienes la noción de “colonialismo intelectual” todavía tiene algún sentido. Dicho esto, pasemos al análisis estructural de la tesis.

    En primer lugar, el conjunto teórico en el cual en general se incluye esta tesis, conjunto que se compone de otras tesis “solidarias” que aquí tematizamos. A este conjunto lo podríamos englobar ampliamente bajo la noción de “capitalismo financiero”, término muy afín a toda esta corriente teórica. Bajo la denominación de “capitalismo financiero”, toda una serie de autores “progresistas” entiende que lo que hoy prima es, de hecho, el capital “financiero”. Por lo general, una noción elusiva y con connotaciones diferentes, “financiero”, para estos teóricos, viene a significar el predominio de los bancos, la economía “no real” y el capital especulativo. Todo ello primaría sobre el capital industrial productivo, el cual en general se entiende como eminentemente nacional y normativamente positivo. Ahora bien, no es solo que aquí se presente una serie de conceptos manejados de manera laxa, sino que con este cuerpo teórico se niega dos cosas de sustancial importancia: a) la determinación de la realidad social por la producción (en términos estructurales, y de mediano y largo plazo); b) el hecho empírico de que el autofinanciamiento de los grandes capitales mundiales en realidad niega su dependencia de los mismos bancos, ya que en realidad el mismo capital 1porproductivo “posee” la gran mayoría de estos bancos2. Esto por una parte. Por otro lado, se encuentran todas aquellas consignas de lucha que se derivan de estas tesis (dentro de las cuales se encuentra la lucha contra el 1%). Algunas de estas consignas de lucha son: a) impuesto a las transacciones financieras; b) foco de la lucha en los bancos y contra el endeudamiento; c) intercambio equitativo o justo. Todas estas tesis son lo suficientemente endebles como para ser cuestionadas sin la necesidad de un conocimiento demasiado especializado. En lo que respecta al impuesto a las transacciones financieras, Rolando Astarita3 es claro al señalar que no existe el tipo de institución mundial “dispuesta” a exigirlo (¿realmente se piensa que el Banco Mundial o el FMI exigirán de esta manera a los grandes capitales?). En segundo lugar, la lucha contra los bancos y el endeudamiento es criticable en términos del modo de producción vigente. Bajo el feudalismo, la usura y el intercambio desigual eran las formas paradigmáticas de generar sobreganancias, sin embargo, bajo el capitalismo ésta relación tiende a invertirse: el capital comercial y “financiero” tienden a regularse por la ganancia media de la industria determinada por el capital productivo. Y, tercero y final, en lo que refiere a la necesidad de luchar por un intercambio equitativo, solo tenemos una consigna parcial que busca la “justicia” en la esfera de la circulación, invirtiendo los términos de la determinación de la realidad4.

    La segunda dimensión que aquí deseamos tematizar se articula en torno a las bases teóricas mismas de la lucha contra el 1%. Sostenemos, sin riesgo de duda, que éstas se afincan en dos elaboraciones paradigmáticas: a) la idea de “multitud”; b) la noción de “precariado”. La primera fue elaborada por Toni Negri hace algunos años, fundamentalmente para designar al sujeto transformador en el contexto de una lucha cuyo otro término opositor sería el “Imperio”. La segunda es una noción elaborada por los sindicalistas italianos de fines de la década del 70 del siglo pasado, la que ha sido tomada y desnaturalizada por algunos de los teóricos del 1% en los centros capitalistas (e.g. el “marxista” Richard Seymour5). Para el caso de la “multitud”, tenemos que la misma comparte con el 99% su naturaleza elusiva, informe, ambigua y “masiva”. Y, para el caso del “precariado”, tenemos dos elementos de importancia: a) la vinculación sistemática que realiza Seymour entre la tesis del precariado y la tesis del 1%; b) la idea de que existiría una suerte de clase salarial amplia que hoy en día compartiría el rasgo de la precarización (recordemos que una de las bases de Riesco para hablar del 1% es conceptualizar la existencia de una suerte de “clase salarial”).

    Ahora bien, la idea de la existencia de un 99%, derivada de la noción de “precariado” y de la idea de “multitud”, es deficitaria en un punto sustancial: carece de especificidad y se encuentra inherentemente imposibilitada de devenir categoría concreta aplicable a los conflictos reales. Esto, en lo fundamental, porque nunca se ha intentado definir sistemáticamente a este 99%. O, cuando se lo ha hecho, no se ha vuelto sino a las mitologías de mediados del siglo pasado (“obrero colectivo”, “clase salarial”, un pueblo antiimperialista que incluye a la burguesía, etc). En suma, aquí planteamos que, en realidad, el 99% no constituye sino un intento de configurar un tipo de alianza negativa. El problema, sin embargo, es que lo que se “niega” carece de la suficiente especificidad. Esto es, a diferencia de la alianza anticapitalista (que define un enemigo específico –la clase capitalista y “su” modo de producción-), el 99% (por naturaleza), lucha contra un “porcentaje” (que por definición es poco específico). Por lo demás, cuando a este porcentaje se lo ha intentado definir, los resultados no han sido satisfactorios. Así, como ya vimos, la idea de la lucha contra los bancos, el capital financiero especulativo, etc, supone tomar caminos que no ayudan a la lucha de los productores y explotados en aras de la igualdad y la libertad (sustantivas y materiales). Por otra parte, si a este 1% se lo entiende como privilegiado en términos (nacionales) de consumo –como lo hace Riesco-, no sorprendería ver una lucha que se plantea en el mismo pie conflictivo ante: a) una inmobiliaria no demasiado encumbrada; b) actores, directores técnicos, personajes de farándula y futbolistas adinerados. El absurdo de tal práctica política es evidente.
    Sólo dos puntos críticos más. Primero, la naturaleza “mediática” de este 99%. En efecto, la lucha del “99% de indignados” en los centros capitalistas ha concitado una atención no menor por parte de los medios de comunicación de masas (por lo general cooptados por el capital). Es que la misma tesis del 1% tiene su base en una suerte de lucha “posmoderna” en la cual lo real es inmaterial, informacional, etéreo, fluido, etc. Tanto es así que el mismo Richard Seymour comprende que el 99% se constituye mediante una mera “interpelación” (althusseriana):

    “El precariado no es una clase, y su amplia aceptación como un meme cultural en las culturas (sic) izquierdistas disidentes, no tiene que ver con la afirmación de que de hecho lo es. Antes bien, es un tipo particular de “interpelación populista” que opera a partir de un antagonismo crítico real del capitalismo de hoy…El precariado no es peligroso, exótico, extraño, o una clase incipiente que necesita ser tratada con paternalismo. Somos todos nosotros…”.

    En suma, el “precariado” (que para Seymour es también el 1%) no solo se constituye en el campo de la ideología althusseriana (y pareciera ser que Seymour no tiene en cuenta que este concepto en Althusser es característicamente negativo), sino que su realidad operativa es meramente discursiva.

    En segundo lugar (y final), quisiéramos destacar que, en algunas elaboraciones que operan con la tesis del 1%, el mismo pareciera invisible, etéreo e inaprehensible. No es sólo que el capital especulativo ya haya partido viaje para ser invertido en un lugar menos molesto, apenas ha sido “señalado”, sino que incluso este 1% es inaccesible mediante las encuestas regulares:

    “La desigualdad de verdad, sin embargo, es entre el 99 por ciento de la población que representa la CASEN y el uno por ciento verdaderamente rico que ni siquiera se digna responderla…”6

    Solo abandonando la categoría de clase y el análisis materialista, se puede configurar un entendimiento de la realidad en el cual la referencia concreta del antagonista parece desaparecer. Por el contrario, desde esta tronera, se considera que bajo el modo de producción capitalista, éste siempre ha tenido características definidas:

    “No es exacto precisamente que la política de los grandes bancos deba ser siempre también la política de la sociedad burguesa. Determinados grandes bancos son históricamente más viejos que la sociedad burguesa. La fuerza de la burguesía como clase no radica en grandes casas bancarias o en algunos consorcios industriales, sino que se halla en todos los fabricantes, comerciantes, agentes, altos empleados, etc, los cuales constituyen, juntamente con las profesiones intelectuales, la sociedad ilustrada de las ciudades…”
    Revisar “La tesis del 1%. Primera parte: antecentes históricos“

    1 Aún cuando presente heterogeneidad dentro de sí, el grupo ATTAC tiene una de sus expresiones paradigmáticas en las elaboraciones pequeñoburguesas de Le Monde Diplomatique, instrumento de comunicación que, por lo general, opera con bastantes tesis propias de lo que en la antigua jerga política podría denominarse reformismo/revisionismo (impuesto a las transacciones financieras, intercambio justo, etc).
    2 Sobre el autofinanciamiento de las grandes multinacionales (que son eminentemente productivas en términos capitalistas), véase los desarrollos de Orlando Caputo: (e.g. http://www.youtube.com/watch?v=kPfuKvWhLMU).
    3 Economista marxista argentino que enseña en Córdoba. Sus artículos están disponibles en: rolandoastarita.wordpress.com
    4 También se obvia que solo un intercambio no capitalista puede operar bajo los términos de la justicia, ya que la competencia capitalista en el reino de las mercancías es siempre lucha y guerra (además de que en el mediano plazo las mercancías siempre se intercambian por su valor).
    5 http://www.newleftproject.org/index.php/site/article_comments/we_are_all_precarious_on_the_concept_of_the_precariat_and_its_misuses
    6 http://www.g80.cl/noticias/columna_completa.php?varid=16167
    7 Democracia y socialismo (Arthur Rosenberg). Obviamente, desde nuestra postura, los capitalistas también se encuentran en el agro, así como tampoco lo ilustrado es necesariamente burgués.

  • Dentro de los movimientos de carácter ciudadanista, encontramos a varias agrupaciones políticas aparentemente variopintas, pero que reflejan el síntoma de la disgregación de la izquierda: múltiples partidos con apuestas “propias”, pero con estrategias políticas similares.


    El proyecto ciudadanista: Izquierda Ciudadana y Revolución Democrática.


    Realizaremos un breve análisis de dos propuestas, para cuyos efectos utilizaremos a modo de ejemplo las propuestas de Revolución Democrática e Izquierda Ciudadana.

    Revolución Democrática (desde ahora RD) nace en el 2012 como un “movimiento político”, a raíz de las movilizaciones sociales de 2011, que acusa la ineficiencia del sistema político actual y la necesidad de la emergencia de nuevos actores políticos que disputen el poder que ha permanecido en manos de dos coaliciones desde el fin de la dictadura: la Alianza y la Concertación. El diagnóstico realizado desde RD se resume a una crisis de representación y credibilidad de las instituciones, y a una fractura entre los ciudadanos y el sistema político que dio paso a las movilizaciones del 2011, debido a la insuficiencia de este sistema para realizar transformaciones. A continuación, iremos desglosando estos factores más profusamente.

    A partir del diagnóstico anterior, RD “aspira a emerger como uno de estos actores, y a jugar un rol relevante en la política que viene”, impulsando transformaciones estructurales que se ven reflejadas en una nueva Constitución. Ahora bien, ¿a quiénes se encomienda la tarea del cambio? Ya no se habla de alianzas interclasistas, ni de la clase trabajadora. Son las personas, como ciudadanas, quienes deben participar activamente de las decisiones que se tomen dentro del sistema político, en sus palabras, “la democracia debe guiar nuestro accionar a todo nivel. Queremos hacer soberanos a todos los chilenos”. La diversidad de los actores no resulta acá un problema, en tanto la vía democrática une a todos los “ciudadanos” en un “proyecto ciudadano” común que trasciende cualquier otra categoría y diferencia social. La invitación es, entonces, a unirse al proyecto, porque más allá de las diferencias (de hecho, “valoran la diversidad”, por el solo hecho de que apoyar la diversidad en sí misma parece una apuesta políticamente correcta) cualquier persona que quiera realizar esos cambios por la vía democrática, es bienvenida.

    La confianza en la propuesta radica en lo innovador que ésta puede llegar a ser (de hecho, se habla de que innovando las propuestas, se puede llegar a aquellas personas que “dicen no a todo”), y no en la alianza interclasista, ni en la clase trabajadora y su llegada al gobierno. Desde su punto de vista, el problema reside en que la antigua institucionalidad y las alianzas de partidos existentes no pueden responder a las problemáticas actuales ni impulsar y llevar a cabo las transformaciones que “los movimientos ciudadanos” reclaman hoy. De ahí, entonces, que la propuesta sea impulsar muchos “nuevos” proyectos desde la vía democrática, por la vía electoral, encaminando los procesos que “la antigua institucionalidad” no puede. El foco de la problemática está puesto en que las “reglas” que guían al sistema político están obsoletas, no dando el ancho para satisfacer las demandas; y en que los bloques existentes responden a esta estructura, no logrando re-articularse ni proponer transformaciones.

    Por su parte, Izquierda Ciudadana (desde ahora IC) realiza un diagnóstico similar. Se acusa a la Concertación de haber pactado con la Alianza desde la llegada de la democracia, enfatizando que esto es lo que le ha impedido a la Concertación realizar cambios importantes. Frente a “la demanda de participación en las decisiones públicas” por parte de grandes sectores de la población, las instituciones políticas que nos rigen hoy no son suficientes. Es por esto que se argumenta que la labor del nuevo gobierno es atender a las demandas de mayor igualdad, y transformar radicalmente el sistema económico y el sistema político, alterando, con ello, las relaciones de poder entre las mayorías y las minorías dominantes.

    El enemigo concreto de IC es la “derecha” que impide las transformaciones, de ahí que la tarea sea la instalación de un gobierno con sustento político y social, con apoyo parlamentario, sustituyendo las bases de la antigua Constitución, creando una nueva mediante una Asamblea Constituyente. Las propuestas que surgen desde IC van desde el carácter de la Asamblea y la nueva Constitución, hasta una nueva Reforma educacional y tributaria. El carácter meramente reformista de estas propuestas sobrevalora el poder de la legalidad y de la institucionalidad para la realización de transformaciones, a la vez que sobredimensiona sus posibilidades de inserción en el aparato estatal.

    Ambos programas se configuran como propuestas que ven la mera pérdida de consenso como la principal problemática, de ahí que ofrezcan nuevos proyectos que pretenden lograr un nuevo consenso de carácter ciudadano en torno a sus ideas programáticas de reforma a diversos ámbitos de la institucionalidad vigente. La crisis se observa solo en la “antigua forma de hacer política”, de ahí que lograr un “acuerdo” resulta ser el gran paso a seguir para terminar con la “dualidad” partidaria (Alianza/Concertación), generando un nuevo proyecto de carácter inclusivo y ciudadano.

    Recalcamos la idea de las mayorías ficticias, especialmente en el caso de RD e IC. Se habla de participación política de la ciudadanía solo en términos de ayudar a construir las reformas al sistema, participando políticamente mediante la vía electoral, haciendo caso omiso a la organización real, estable y permanente que debe nacer desde las bases.

    Por su parte, al “valorar la diversidad” y pluralidad de actores en estos proyectos de carácter ciudadano, se desdibuja un elemento que para nosotros resulta fundamental: que los actores políticos responden a intereses de clase, y que existen, por lo tanto, intereses de clase contradictorios imposibles de reconciliar. La categoría de ciudadano oculta y obvia las diferencias de clase, presentando una igualdad que resulta ficticia y tramposa al ejercicio de realizar grandes transformaciones.

    Finalmente, la ingenuidad con Igualdad es compartida: sin aliarse a los bloques dominantes, ¿es posible una transformación? Y al aliarse con ellos, ¿es posible confiar en cambios estructurales profundos, considerando la reticencia de éstos a las transformaciones? ¿Sirve de algo disputar la institucionalidad para la construcción de poder, hoy en día y en estos términos, considerando su forma actual y las alianzas de clase de cobija en su seno?

  • En las dos columnas anteriores de la serie Izquierda y Construcción de Poder, abordamos algunas propuestas de lo que hemos calificado como la vía institucional. Analizamos las propuestas de organizaciones como el Partido Comunista, el Partido Igualdad, Revolución Democrática e Izquierda Ciudadana.

    Un análisis más general adquiere nuevos ribetes hoy, cuando el PC ha planteado ya su apoyo definitivo a la candidata de la Concertación y la crítica a su actuar no solo ha venido de la izquierda revolucionaria, sino que también de aquella que defiende la vía institucional.

    Para comenzar, la crítica a los nuevos partidos analizados convergen: sin aliarse con sectores de la Concertación (las coaliciones neoliberales actuales no permiten la generación de transformaciones; de ahí que, por sí mismos, estos partidos más pequeños no tengan posibilidades reales de generarlas), los logros que pueden obtenerse en el ámbito institucional son bastante limitados dadas las características estructurales del sistema político formal. Sin embargo, la alianza con sectores aparentemente progresistas de la Concertación no promete, bajo ninguna circunstancia, el compromiso de realizar transformaciones concretas. Las reglas de juego son bien conocidas por todos los actores políticos, y más allá de que estén bien o mal escritas (lo que se traduce en una “mala” Constitución versus una “buena” y nueva Constitución), el problema radica en los conflictos de intereses (a los que se responde) que hay detrás de todos estos actores. Fuera de las limitantes institucionales que impiden ciertas transformaciones, existen elementos que no dependen de ellas y que pudieron haber sido cambiadas durante los gobiernos de la Concertación, pero que pese a esto no han sufrido permutaciones. Los intereses de estos sectores políticos corresponden a los intereses de la clase dominante, vinculados estrechamente a la mantención del sistema capitalista. De ahí que haya que tener precaución con enfatizar la presencia ficticia, a nuestro parecer, de un momento constituyente hoy, pues apoyar esta suposición puede, más que abrir la puerta a la generación de grandes transformaciones, abrir una puerta a un momento que sirva de relegitimación a la democracia burguesa, recomponiendo y reformando el mismo sistema que tenemos hoy. Es así como, bajo el lema de la necesidad de un momento re-fundacional de la política, las coaliciones neoliberales pueden aprovechar la oportunidad de mantener su posición y legitimarla nuevamente.

    Si tomamos en cuenta lo anterior, no es baladí afirmar que la alianza con sectores progresistas de la Concertación, más allá de que esto resulte parte de una estrategia como es el caso del PC, es peligroso para aquellas izquierdas que quieren realizar transformaciones y erradicar el capitalismo neoliberal. En este sentido, la unidad se hace necesaria, pero no tiene que ser abstracta, ficticia. Decir que todos somos de izquierda y que eso es razón suficiente para unirse, es un argumento erróneo que puede conllevar a la búsqueda y generación de alianzas con los sectores equivocados, como la Concertación. La unidad debe fundamentarse en la convergencia de principios y horizontes que logren consolidar una alianza que haga el contrapeso a la clase dominante.

    Ahora bien, no debemos olvidar que el sistema político es solo uno de los espacios en los que se manifiesta el capitalismo, por lo tanto, los cambios que puedan producirse acá resultan inoperantes considerando las manifestaciones concretas de este último en otras esferas, como la económica y la cultural. Abogar por la generación de cambios en la totalidad de la sociedad desde, por ejemplo, una Asamblea Constituyente hoy, resulta en un gran error, pues la acción política revolucionaria debe abordar las tres esferas. El ocupar posiciones dentro del sistema político formal y cambiar sus reglas, no necesariamente van a permitir las transformaciones de éste, y, por otra parte, los problemas de inorganicidad de las organizaciones sociales de base, así como la construcción de poder, no tienen una relación directa con la acumulación de poder electoral. No porque esta última exista, la acumulación de poder desde las organizaciones de base va a aumentar.

    La imposibilidad y las implicancias negativas de apelar a cambios mediante la vía institucional, considerando la forma actual del aparato institucional y la manera que proponen estos cuatro proyectos para su transformación (Partido Comunista, Partido Igualdad, Revolución Democrática e Izquierda Ciudadana), ya sea por medio de la generación de mayorías electorales ficticias o mediante la generación de un proyecto ciudadano que sea inclusivo de todos los sectores sociales, nos hace llegar a la conclusión de que la construcción de poder no debe desplazar la fuerza social orgánica de su centro, debe potenciarla. Si bien ha habido avances y no puede hablarse de una inexistencia de organizaciones sociales de base, el trabajo aún es arduo y una tarea esencial para el corto plazo no es el cambio de la Constitución ni disputar un espacio que se rige bajo las reglas de la clase dominante. La tarea es la construcción de la organicidad del pueblo, la clase trabajadora y sus aliados. Es el pueblo quien, generando estrategias de lucha organizada y acorde a los intereses de la clase trabajadora, logrará las grandes transformaciones de la sociedad y la erradicación total, y no parcial (reformista) del capitalismo.

  • Continuando con nuestra Serie Izquierda Chilena y Construcción Poder, habíamos dejado pendiente, luego de las columnas “las trampas de la estrategia institucionalista”, el desarrollo de algunos errores teóricos que fundamentaban esta estrategia y su aplicación a la realidad nacional concreta.

    Al hacer la revisión de las estrategias de las distintas apuestas políticas actuales, veíamos específicamente que algunas no tenían UNA estrategia sino una DOBLE estrategia: por un lado, trabajan para la obtención de poder en los espacios del Estado y, por otro lado, se trabaja en la construcción de “poder popular” en el pueblo. En esta columna nos abocamos a discutir dicha estrategia.

    Esa doble estrategia…

    La pregunta que nos hacemos es, ¿qué errores sustentan esa doble estrategia? Lo que vemos en términos generales es que se invisibiliza las diferencias que existen entre el Estado y la sociedad civil, entendiendo a ambas estructuras como un continuo sin mayores diferenciaciones entre ellas. Dadas las características particulares de la sociedad chilena actual, las apuestas politicas de la doble estrategia ven al Estado como un Estado
    neoliberal “total”, es decir, que todas las instituciones y organizaciones de la sociedad civil, ya sean públicas o privadas, son parte de este Estado que funciona como una totalidad, aunque no sean estrictamente parte de él. Esta casi nula diferenciación entre ambas estructuras se transforma más bien en la preponderancia de la estructura de la sociedad civil por sobre las características particulares del Estado. Es decir, hoy viviríamos bajo una “sociedad civil total”.

    Dado dicho análisis, resulta lógico, por lo tanto, que la “guerra de posiciones” sea la estrategia correcta para efectuar la lucha revolucionaria, es decir, ir ocupando espacios ya sea en el Estado o en la sociedad civil sin diferenciaciones. El concepto claramente relacionado con esta estrategia es el de hegemonía y consenso, y así lo fundamental y decisivo sería convertir ideológicamente a esta “sociedad civil total” para ir realizando de a poco los cambios estructurales pertinentes.

    Resulta lógico también el entender que la acumulación de poder en la sociedad civil pueda ser transferida inmediatamente al Estado. Lo hemos visto con las candidaturas parlamentarias estudiantiles del Partido Comunista y del Autonomismo recientemente. Hoy día, particularmente, nos encontraríamos con posibilidades reales de confiar en nuestra democracia actual para ir transformando procesualmente el Estado, con el horizonte estratégico, en algunos casos, de su desaparición como aparato estatal burgués y de la construcción del socialismo.

    Sin embargo, si nos aproximamos a un análisis específico del Estado chileno y a su sociedad civil, vemos que se le está confiriendo demasiado poder para generar hegemonía. Ambas estructuras no tienen capacidad de movilizar al pueblo y de producir política, dadas sus características típicamente clientelistas. Hoy día, dichas instituciones ya no ocupan el lugar estratégico que tenían en el Estado de compromiso, están vacíos de proyecto y representatividad, al contrario de cómo funcionaban antes de 19801. Vivimos bajo un Estado y sociedad civil distinta, y no vemos indicios de que éstas cambien. Por otro lado, lo que nos dice la cultura política chilena es todo lo contrario, las posiciones del Estado y la sociedad civil solo sirven después que la clase trabajadora se organiza.

    Hubo un momento en la historia de Chile en donde se intentó utilizar al Estado con esos fines, pero, como sabemos, llegó el golpe de Estado cívico-militar y la represión. Es en este punto en donde vemos que un nuevo elemento de error en la visión que no distingue propiedades entre Estado y sociedad civil en la sociedad chilena actual, pues se tiende a olvidar que el Estado también tiene el componente coercitivo. Pareciera ser que para esta concepción, el Estado no es una máquina violenta de represión y que no estaríamos combatiendo con un Estado armado. Sin embargo, la experiencia histórica chilena y latinoamericana nos ha demostrado lo contrario. Las Fuerzas Armadas han sido y son una columna vertebral fundamental en los procesos latinoamericanos. La integración de este componente en el análisis, nos obliga a introducir dentro del proyecto revolucionario la dimensión militar, no necesariamente en términos de lucha armada, sino que de seguridad, contrainteligencia, política hacia las Fuerzas Armadas, etc. Pareciéramos olvidar, así, cómo conduce la burguesía los procesos cuando la lucha de clases se vuelve más álgida.

    No puede ser indiferente para la práctica revolucionaria el estudio sobre los límites del Estado y sobre las características de la democracia actual. La estrategia institucionalista y los análisis que sustentan dicha estrategia parecieran tener un dejo de ingenuidad teórica, de ese momento reflexivo que debemos tener sobre nuestra misma historia reciente y de la derrota no solo del reformismo, sino también de la estrategia revolucionaria. La estrategia institucionalista, nos está llevando a la cooptación del movimiento popular y hoy día viene solo a participar del rearme del bloque dominante en el Estado.


    1 Ver: Rafael Agacino “Hegemonía y contrahegemonía en una contrarrevolución neoliberal madura. La izquierda desconfiada en el Chile Postpinochet”. Capítulo III, acápite 4: “La izquierda confiada y el regreso de la política institucional”.

  • Para derrotar y superar el capitalismo no hay atajos. Construir una nueva sociedad requiere un largo y arduo trabajo que implica necesariamente enfrentarse a la clase capitalista, a aquellos que detentan la propiedad de los medios de producción y a sus aliados.

     

    Hoy existe en lo que hemos denominado la apuesta institucional un dejo de cortoplacismo, viendo las posibilidades de construcción de una nueva sociedad a partir de la coyuntura electoral y del diagnóstico sobre la supuesta crisis de legitimidad del modelo chileno. “Abrimos una puerta, no dejemos que se cierre”, dicen algunos refiriéndose a las movilizaciones surgidas desde el 2011. El problema de los atajos no es solo que se pierde el centro de la construcción de una fuerza revolucionaria, sino que también que tienden a tener escasa viabilidad política o posibilidades de duración, transformándose en una posible derrota ante una clase capitalista que se tiende a leer como pasiva. Ahora bien, puede resultar engañoso leer estas apuestas a la luz de la superación del capitalismo, pues la apuesta institucionalista hoy está anclada fuertemente en resolver disfuncionalidades del sistema capitalista como lo sería la absorción por parte del Estado de las movilizaciones sociales. Es por ello que primero debemos enfrentarnos a cómo entender la revolución, para luego profundizar en los atajos que hoy mueven a muchos cuyo trabajo podría insertarse en la senda revolucionaria, del fin de la sociedad de clases.

     

    La revolución como proceso epocal

     

    Los aires de cambio se han instalado en la coyuntura electoral y al calor de las movilizaciones de los últimos años. Sin embargo, se ve con fuerza la embestida capitalista a través del gatopardismo, “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie“, y alimentada con apuestas democratizadoras con fuerte énfasis pequeñoburgués bajo un discurso que, en algunos casos, se disfraza de pueblo o popular. Y es que la Revolución que lidere la clase trabajadora no es un mero push, entendido como aquel aprovechamiento de un momento de desconcierto dentro de la clases dominantes, sino que en sí misma implica: a) una prolongada y profunda preparación previa a la toma del poder del Estado (o su sucedáneo); b) varias décadas (o incluso más) de transformación de la formación social de que se trate; c) una perspectiva y un horizonte internacionalista (de lo local, a lo nacional, a lo regional, a lo mundial). Si bien es cierto que una revolución supone aprovechar un momento preciso en el tiempo en una formación determinada (la “crisis nacional objetiva” de Lenin), la misma es, ante todo, un proceso epocal. Por lo demás, la misma historia nos da cuenta de que las revoluciones con mayor éxito hasta el momento (las revoluciones burguesas), supusieron, precisamente, toda una época de “revolución social”. Más de dos siglos de “revoluciones burguesas nacionales” fueron necesaria s para que los distintos Estados se acomodaran y funcionaran de acuerdo a la lógica del modo de producción capitalista (o el “modo de producción moderno burgués”, como establece Marx en el Prefacio de 1859). Por lo mismo, una revolución contra la sociedad de clases hoy existente en Chile y en la región latinoamericana que pretenda la superación del capitalismo bajo la hegemonía de las clases productoras, en un contexto donde se pareciera vivir un momento crucial de transformación de las estructuras estatales, debe necesariamente autocomprenderse como proceso social epocal. Asimismo, por último, y a diferencia de las revoluciones burguesas nacionales, la revolución contra el capitalismo es una revolución consciente de sí misma en el sentido más propio de la palabra y requiere de estructuras, como el partido revolucionario, que posibiliten tal consciencia.

     

    Si con lo anterior nos diferenciamos estratégicamente de gran parte de la apuesta institucional que existe actualmente en Chile, ¿por qué abordarla desde un horizonte estratégico que ella no se ha propuesto? Pues bien, porque compite directamente con apuestas fundadas en los intereses de la clase trabajadora y la superación de la sociedad de clases. Dicho de otro modo, porque es una apuesta que coopta las fuerzas de la clase trabajadora y de sus aliados y las disipa en arreglos institucionales que no buscan (o no logran) desestabilizar el orden establecido, sino que más bien son fuerzas que sirven a un reordenamiento más efectivo a través de lógicas que se aproximan a la idea de un capitalismo con rostro humano. Pues bien, es hora de volver al análisis esbozado en un comienzo.

     

    Los atajos de la apuesta institucionalista y la negación del enemigo

     

    Dentro de la apuesta institucional pareciera haber un collage de demandas, bajo una lógica de incluir todo aquello que emerja desde los llamados movimientos sociales. Es un pegoteo que no posee mucha estructura y que suele sostenerse sobre ciertas cuestiones que se creen obvias. Ante esta lógica, no existe una jerarquización en torno a qué propuestas programáticas son más centrales que otras a la luz del fortalecimiento de la clase trabajadora, énfasis que incluso está ausente en varios casos al propender más bien a los intereses de la pequeña burguesía. Ahora bien, estas demandas suelen tener una baja viabilidad política. Se plantean reformas ancladas en agregados de ciudadanos, pero sin grupos organizados con intereses objetivos en ellas que las sostengan. Dicho con otras palabras, las organizaciones que sostienen a la apuesta institucional no están fundadas en los intereses objetivos, materiales, que tienen los distintos grupos para con la reproducción o transformación de la sociedad. Ello requiere una concepción científica de las clases sociales, es decir en su inserción en el sistema productivo como aquel en donde se da la contradicción central en el capitalismo: el capital y el trabajo. Así, no basta con tener un cúmulo de voces que sienten malestar, ni tampoco con aquellos apoyos de opinión a través de las redes sociales.

     

    Aún cuando las bases sociales de la apuesta sean más bien difusas, es en base a estas débiles fuerzas que se plantea un cortoplacismo anclado en, al menos, dos atajos. El primero es el atajo institucional, aquél que apuesta, entre otras cosas, por una Asamblea Constituyente, la Nacionalización de los Recursos Naturales y la elección de un presidente. Este atajo erra no tanto por sus apuestas reformistas, sino que por su viabilidad. ¿Acaso se cree que esos procesos pueden llevarse a cabo hoy en Chile en aras de los intereses de la clase trabajadora? Y si se lograra, ¿acaso se cree que aquello puede durar en el Chile de hoy dada la fuerza que posee la clase proletaria, única capaz de llevar adelante un camino hacia la superación del dominio del capital, es decir, reformas sustantivas al modelo económico chileno? Un segundo atajo es el espontaneísta. Aquí se observa la organización y cierta fuerza transformadora como si emergieran espontáneamente del malestar, las marchas y las críticas supuestamente radicalesinstaladas al calor de las movilizaciones. Se espera que el malestar y la movilización tengan efectos directos sobre otros sectores no movilizados, asumiendo un supuesto gran avance de los sectores movilizados. Un elemento asociado a este espontaneísmo es una reducción de la movilización social, en general, y de las marchas, en particular, como actos comunicativos. Como dijimos en otra columna de la serie, lo que ayer era una expresión de la fuerza organizativa y militar de la clase trabajadora, hoy es vista como un instrumento de comunicación de las demandas hacia nuestros representantes o hacia aquellos que detentan el poder. Con estos dos elementos, se espera la emergencia de un acuerdo entre los distintos sectores movilizados y no movilizados, lo que llevaría a cambios sustantivos en nuestra sociedad.

     

    Estos atajos, a su vez, han ido de la mano en las apuestas institucionalistas con un desentendimiento del poder de la clase capitalista. La puerta abiertapor las movilizaciones de los últimos años se afincaría en la deslegitimidad de los políticos y en una imagen donde el enemigo se reduce a un porcentaje o a las mil familias que impiden los cambios. El problema que se observa es uno de representatividad y de mal funcionamiento del sistema político, lo que deriva en una crítica funcional al sistema capitalista chileno en tanto no es capaz hoy, según los seguidores de esta apuesta, de absorber eficientemente la movilización social. En este contexto, el análisis de la apuesta institucionalista niega la presencia de agentes enemigos, a quienes no ven como propiamente agentes que tienen la capacidad de defenderse y atacar, o a quienes se les elimina del cuadro criticando un sistema que no funciona y no a aquellos que tienen interés objetivo en mantenerlo.

     

    Para la Revolución, no hay atajos

     

    En definitiva, la apuesta institucionalista de sectores de la izquierda chilena peca de ignorar el cómo se desenvuelve la historia (o de saberlo y actuar contra la clase trabajadora y sus intereses) . En el capitalismo la contradicción central está dada por el capital y el trabajo, único conflicto que este sistema no puede resolver sin destruirse con ello. El ignorar la lucha de clases como motor de la historia les lleva a dos problemas, entre otros. Primero, la imposibilidad de jerarquizar ciertas demandas y de definir qué transformaciones dentro de la institucionalidad son más eficaces para con la acumulación de poder de la clase trabajadora. O lisa y llanamente, no plantearse esta pregunta por cuanto no es a los intereses de ésta a los que se responde. Segundo, la imposibilidad de llevar a cabo las transformaciones propuestas al sustentarse en agregados de personas y/u organizaciones sin base clasista, las cuales no tienen la capacidad ni de llevar a cabo las transformaciones propuestas ni de hacer que se sostengan en el tiempo. La contracara de este segundo problema es el ignorar a la clase capitalista como un agente activo de la lucha de clases y que nunca ha escatimado esfuerzos en usar las estrategias necesarias para acabar con los intentos de avance de la clase trabajadora hacia la superación del capital y, por ende, de su propia condición de explotados.

     

    Y es que a 60 años del asalto al cuartel Moncada, sabemos, al menos, que para la Revolución no hay atajos.

     

    Ilustración: por Esteban Nazal

  • Durante el último tiempo, Chile se ha enfrentado a la emergencia de movimientos sociales, situación relativamente nueva en nuestra sociedad, pero presente en otros países.

    De hecho, la idea de movimiento social o nuevo movimiento social surge como una expresión que caracteriza una forma de acción colectiva y masiva que se daban en Europa y EE.UU.

    Esta acción tendría por rasgo distintivo el que estaría por fuera de la política formal construida por la clase capitalista (sistema de partidos y sus organizaciones bases), pero también por fuera de las instituciones que nacen y se desarrollan en la política de la lucha de clase (organizaciones obreras). La emergencia del concepto tenía por objetivo no tan solo señalar el carácter sui generis y novedoso del fenómeno, sino también destacar la nueva potencialidad de esta forma de acción política colectiva para hacer una sociedad más justa y democrática (usualmente en los parámetro del régimen jurídico-político neoliberal).

    Ya en ese entonces, autores como Cohen, Touraine y Habermas fustigaban la posibilidad de la teoría marxista de comprender correctamente los procesos de constitución y la potencialidad de los nuevos movimientos sociales. Continuando con esa reflexión, la nueva intelectualidad sociológica europea anunciaba una sociedad pos lucha de clases, donde la principal herramienta de los dominados eran estas formas de expresión que sustituían la acción de las organizaciones obreras (o populares). En la actualidad, es clara la relación que tienen estos movimientos con las tesis presentadas, incluso acogiéndose estas explicaciones en el seno de éstos.

    La siguiente columna tiene por objetivo desmitificar esta lectura por fuera del materialismo que se hace de los movimientos sociales. Con ello, se buscará mostrar cómo esta lectura particular del movimiento social (por un lado idealizada, por otro deliberadamente ideologizada) es una acción fundamental para hegemonizar los miembros de las clases obreras (y sus aliados) dentro de este movimiento.

    La variedad de intelectuales pequeño-burgueses manifiesta diferencias conceptuales o estilísticas a la hora de definir estos movimientos sociales, sin embargo existe una serie de elementos que se usan para caracterizar este fenómeno: (1) son movimientos que rechazan la organización institucionalizada; (2) no tienen un componente de clase obrera importante, por lo cual la base se describe de manera ad-hoc y difusa como “clases medias”, “multitud”, “excluidos”, “indignados”, o incluso re-significando conceptos revolucionarios como “masas” o “pueblo”; (3) estos movimientos tendrían su fortaleza política en que pueden influenciar la opinión pública, cooptar la discusión social, instrumentalizar la política formal, profundizar la democracia y realizar las “reformas posibles”; y (4) la movilización no se basaría en la organización (en el sentido más clásico), sino en la comunicación, y (5) los miembros del movimiento serían personas que sienten un “malestar”, “desajuste de expectativas” o “indignación” y que se mueven por una racionalidad identitaria (apelar al Estado en su dimensión hegemónica) y redistributiva (apelar al Estado a su función administrativa). Una síntesis de este giro de comprensión (interna de los movimientos y de los teóricos) es la transformación de la comprensión de la marcha; desde una instancia de demostración del poder de la clase obrera (organizativo y política-militar) a una instancia comunicativa de este todo profundamente heterogéneo en sus componentes, pero homogéneo en su comprensión, es decir, del movimiento social, como veremos a continuación.

    La evidente homogenización que se hace de los actores sociales (sus orígenes, sus motivaciones, las estrategias que deciden y el poder que tienen dentro del movimiento), que por la acción del movimiento social se transforman en un acto colectivo que se motiva espontáneamente y que se dirige por una coincidencia sospechosa de interés, es una crítica que todo investigador puede compartir. Sin embargo, el materialismo profundiza esta crítica al reconocer una extracción, condición e interés de clases en la heterogeneidad del movimiento social. Este componente de clase puede que no se manifieste con claridad por razones de la acumulación de fuerza y organización revolucionaria (no es evidente al observador desde su casa). Sin embargo, persiste estructuralmente a través de disputas internas de los movimientos sociales, donde dos temas siempre parecen ser relevantes: ¿Cuánto podemos arriesgar como movimiento social? Y, ¿qué cosas queremos lograr como movimiento social?

    Para quien no conozca los casos in-situ de los movimientos sociales en Chile, la prensa burguesa y pequeño-burguesa ofrece una evidencia importante. Es común observar en la esfera pública y en la prensa “alternativa” cómo se diferencia entre un imaginario de lo “ultra” y lo “razonable”. Lo ultra iría más allá de lo posible y lo deseable, mientras que lo razonable remitiría a esta idea de lo racional del movimiento social. Lo ultra utilizaría estrategias violentas y tendría metas utópicas, mientras que lo razonable utilizaría la comunicación y buscaría democratizar aquellos espacios “perdidos” históricamente. Lo ultra usualmente estaría vinculado con “oscuros” intereses partidarios (sindicatos, organizaciones estudiantiles partidarias y organizaciones sociales con componente de clase o libertario), lo razonable vendría de la justificada, espontánea y pragmática experiencia política del sujeto-ciudadano (malestar + racionalidad).

    Este tratamiento ideológico1 de la burguesía constata una disputa interna del movimiento social, que a la vez revela dos componentes fuertes (puede haber otros, pero siempre encontraremos éstos): el obrero (y sus aliados) y el pequeño-burgués (y sus aliados). Desde este punto de vista, se debe terminar con la tesis de los sujetos-ciudadanos racionales contaminados por “la inútil política de lucha de clases”. Los movimientos sociales están constituidos por pequeño-burgueses y obreros (desde un punto de vista de la extracción de clase), cuyos intereses se intersectan brevemente, pero lo suficiente para emprender alianzas de clase no institucionalizadas ni formales, de modo de establecer mecanismos de acción política no tradicionales y que se manifiestan en marchas y organización. Estas alianzas no están guiadas abiertamente por los partidos, sino por pequeñas instancias como centros culturales, centros de estudiantes, ONGs o asambleas institucionales2.

    La reintroducción del factor de clase hace posible entender las tensiones que muchas veces se mantienen sin una expresión definida, más allá de las demandas particulares en los petitorios o las críticas internas con la inoperancia de la acción política “comunicativa”. Lo importante es que la expresión no institucionalizada, ni organizada de la clase obrera dentro del movimiento social, condena a ésta a la derrota frente al enemigo pequeño-burgués. Si bien una alianza entre clases puede ser comprensible en un escenario en recursos vitales como la educación o la salud, la relación entre ambas clases se concretiza en la cooptación y hegemonía de la pequeña-burguesía de la clase obrera en el movimiento social, particularmente por la promoción de esta versión homogeneizada y sui generis del movimiento social.

    Se debe recordar que la pequeña-burguesía puede tener fases de insurrección que logran reformas sociales, pero que históricamente terminan siendo controladas o cooptadas por la burguesía. En este escenario, la clase obrera está condenada a fracasar si no reconoce las necesidades que plantea la lucha revolucionaria. Ésta puede beneficiarse con las victorias formales del movimiento social, que usualmente coinciden con las fantasías reformistas pequeño-burguesas, sin embargo no avanzará a su emancipación al solo concentrarse en adquirir fuerza deforme y no organizada. El obrero y sus aliados, al no estar constituidos como actores organizados y adquirir consciencia anti-capitalista, se transforman en una herramienta de su supuesto aliado en los forcejeos que tiene con la burguesía. La historia reciente ha demostrado que estos forcejeos solo tratan de la lucha por unas migajas de poder dentro de la formación social histórica, ya sea manifestado en control sobre la producción o algún otro sistema, o en la repartición del excedente social. La acumulación actual de fuerzas del pueblo está principalmente en los territorios, siendo necesario fortalecer y aumentar las bases comprometidas y conscientes para resistir los embates políticos e ideológicos de la pequeña-burguesía disfrazada de popular. Con la ausencia de un partido revolucionario de masas, realmente masivo, la lucha se debe dar en cada espacio, para construir así fuerza revolucionaria.


    1 No tan solo este tratamiento ideológico revela esta dualidad, sino también la experiencia en la asambleas “horizontales” de estos movimientos sociales, los petitorios duales (o diversos que tratan de lidiar con estos dos componentes), y la polaridad violencia política-empresa cultural dentro de las estrategias atribuidas al movimiento (atribución errónea y apresurada).


    2 La pequeña-burguesía va a distinguir dos estrategias; una deliberadamente partidaria e institucional que moviliza electoralmente a parte de su base, y otra con organizaciones de alcanza medio, para aquellos segmentos de clase que ven la política formal deslegitimada. En Chile, la ausencia de partidos de masas revolucionarios imposibilita la coordinación de alianzas de clase, con otra cosa que no sea las organizaciones territoriales
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