• Nota 01: Apuntes para evaluar la fortaleza de los movimientos sociales y populares
    Por : Fragua

    En el último apartado de “El Manifiesto Comunista”, Karl Marx y Friedrich Engels (1848) reflexionaban en torno a las políticas de alianza de los comunistas. Al respecto, daban cuenta de alianzas con las burguesías que luchaban contra las fuerzas reaccionarias, las que podían sostenerse con la claridad de que una vez estas últimas fueran derrotadas, la lucha de los comunistas versaría contra las primeras. Esta lucha implica que la preocupación por la acumulación de poder debiese ser una preocupación constante, “sin dejar un solo instante de laborar entre los obreros”; sin embargo, aquella preocupación se vuelve, en determinados periodos históricos, la preocupación central del periodo. Es el caso del Chile actual, donde la recomposición del movimiento popular se vuelve el objetivo estratégico del periodo.

     

    La dictadura cívico-militar y el largo periodo transicional han tenido por resultado un movimiento caracterizado por su debilidad, anclada en la destrucción del tejido social de los hogares, en la débil organicidad a todo nivel, en la ausencia de partidos políticos como herramienta del pueblo, y en la destrucción de la plataforma de recursos que permitiera su coordinación para la lucha por una vida mejor. Pese a lo anterior, en el actual ciclo de movilizaciones abierto el 2006-07, se ha caído en la ilusión de un avance del pueblo. Las movilizaciones masivas y recurrentes en el último periodo, han hecho suponer un avance del movimiento. Analistas, investigadores y opinólogos de izquierda han caído en dicha ilusión toda vez que tras cada movilización (pingüina, universitaria, Freirina, Magallanes, Aysén, Chiloé, etc.) se exaltan y lanzan lecturas grandilocuentes del “ahora es cuando”. El progresismo ha sido la corriente política más entusiasta con estos sucesos (tanto dentro como fuera de la Nueva Mayoría) y se han auto-atribuido el rol de “continuar con la posta”, llevando las demandas del pueblo al Estado burgués. Dicen ver una oportunidad para mejorar la vida de todos y, por eso, se constituyen como partidos y pactos políticos con distinto nombre (Todos a la Moneda, Vota AC, Frente Amplio, Nueva Mayoría, etc.) para disputar el sistema político.

     

    Organizaciones del pueblo son coaptadas por el progresismo y son orientadas a escaramuzas en las que tarde o temprano fracasarán. Y es que pueden llevar adelante un programa progresista que efectivamente mejore las condiciones del pueblo, sin embargo, caerán rendidos a las crisis económicas y a los contragolpes del enemigo. Esto porque, actualmente, el movimiento es débil y el enemigo es poderoso. Es en este marco que como centro de investigación Fragua publicamos la siguiente nota, cuyo objetivo es presentar los criterios que utilizamos para evaluar la fortaleza y debilidad de los movimientos sociales basados en los principales hallazgos del Programa de Investigación Político Científico “Movimientos populares y sociales”. Esto con miras a aportar a lo que consideramos una evaluación necesaria a la hora de construir nuestras tácticas y estrategias. Considerando todo lo anterior es que sostenemos que solo el fortalecimiento del pueblo, es decir el desarrollo de una capacidad creciente de control sobre las relaciones sociales en que nos involucramos, permitirá llevar adelante las transformaciones que necesitamos. 

     

    Descarga la nota completa

    Leer
    Columnas Generales
    Nota 01: Apuntes para evaluar la fortaleza de los movimientos sociales y populares
  • Y tú, ¿de qué vas a hablar mañana?: las razones del incuestionable lugar que la televisión se ha ganado en los hogares chilenos.
    Por : Lidia Yañez

    Críticas a la televisión chilena hay muchas:desde demandas legales contra las formas inmorales que los canales emplean para conseguir el ansiado rating, hasta cuestionamientos políticos frente a la deficiente calidad de los contenidos, o más bien, ausencia de “programación cultural”. Todas ellas tienen un rasgo común, ser críticas desde la “alta cultura”, esa conservadora que se irrita poco cuando se le pasa a llevar con una talla de mal gusto, o si se es más progre, que trata que el populacho se eduque bien para que de una vez seamos desarrollados. El problema pareciera ser así algo superficial, y la soluciones propuestas no son diferentes, siendo bastante aceptada la progresista que busca regular la parrilla programática, es decir, exponer programas televisivos con más “contenido” que las personas, seguramente, verán. Pareciera que esta postura desconoce absolutamente que el problema que enfrentan está lejos de ser algo superficial, por el contrario, refiere a la configuración misma de la sociedad chilena. La televisión es mucho más que preferencias individuales de consumo, no es un tema de oferta y demanda, opera en tanto transmiteciertas ideas sobre la realidad, preocupaciones y formas de vida deseables, que las personas pueden tomarlas o no para elaborar sus proyectos de vida. Es decir, es una influencia, y por ende hay ciertas condiciones que aumentan o disminuyen su importancia. El problema es que en Chile las condiciones históricas hacen que esa influencia sea de alto impacto, teniendo efectos políticos profundos sobre todo para estratos populares. Por esto, si queremos entender cuál es el problema es necesario saber ¿Qué escenario presenta Chile para esta influencia?

     

    Para comenzar a responder esta pregunta, hay que hacer un poco de memoria. La televisión comienza a hacerse parte de la vida de los chilenos a fines de los 70, precisamente cuando se impone el Estado subsidiario y neoliberal, en dictadura. En este contexto, los canales de televisión estaban absolutamente intervenidos, siendo funcionales al proceso. ¿Qué ofrecía entonces a los televidentes? una invitación a “reír, cuando todos estaban tristes” por parte del “Jápening con Já”, reír cuando estaban torturando y asesinando a hombres y mujeres comprometidas con el proyecto socialista chileno. “Platita poca pero segura” entregaba el “Festival de la Una” a quien quisiera participar en sus concursos, en un contexto donde el Shock neoliberal y la subsidiariedad de la política social mostraba su peor cara a los sectores más vulnerables. Ejemplos que reflejan el rol funcional de la televisión a la destrucción de los espacios de organización política y a la pauperización de las condiciones de vida de la clase trabajadora, procesos necesarios para instalar el modelo sin resistencia.

     

    Ahora, el proceso político de la dictadura no sólo operó en el ámbito de las estructuras socio-económicas, sino que también constituyó nuevas subjetividades, emprendiendo una “guerra social” (véase: “La alcaldización de la política” de Verónica Valdivia et al) Al respecto, es ejemplificador el impacto que tuvo y tiene en la memoria chilena el programa “Sábado gigante”. Este espacio significó, pese a lo que diga Don Francis, mucho más que “sana entretención” para la población. A primera vista se conforma como un espacio donde “gente común”, de todo chile, exhibía sus problemas y preocupaciones. ¿Qué podría haber de malo en ello? Bueno, esto lejos significar un rol bondadoso de la televisión, cumple una función importante para el modelo ya instalado. Frente a la desarticulación de las instituciones clasistas donde las personas se reconocían con sus iguales, se exhibe desde estas plataformas una versión de un nosotros y de la historia reciente, pero a diferencia de la época anterior, desde un discurso dominante que tiene la potestad de intervenir los contenidos y formas que se emiten. La televisión responde a las demandas de integración cultural que antes eran parte de un proyecto de clase, y que el Estado subsidiario había dejado de viabilizar. La dictadura así remató a su enemigo, el marxismo, estableciendo un mecanismo implacable de integración cultural que no requiriera esas organizaciones “desviadas” que tanto mal habían causado y que transmitiera una versión funcional de identidad e historia común. En estas condiciones, la influencia de la televisión fue implacable, dejaron el camino listito para la sociedad neoliberal.

     

    ¿Hoy en día, en “democracia”, ha cambiado algo este panorama? Bueno, hay ciertas cosas que Sí cambiaron. Por un lado, ha existido un aumento sostenido de la penetración de la televisión por cable en los hogares, convirtiéndose en un bien accesible para segmentos populares. Se ha afirmado al respecto que este fenómeno provocaría una tendencia a la fragmentación de los “consumidores de televisión”, al elevar la oferta programática. Por otro lado, los jóvenes ven cada vez menos televisión, mientras que los sectores adultos mayores y de mujeres desocupadas son quienes más televisión consumen (Fuente: VIII Encuesta nacional de televisión, CNTV). Una interpretación apresurada al respecto sería que la televisión pierde importancia en los hogares, salvo en segmentos inactivos o desocupados. Lamentablemente, no es tan fácil como “apagar la tele y prender la mente”. Aunque aumenta la prevalencia de la televisión por cable en los hogares, los canales preferidos por los chilenos siguen siendo los nacionales, sobre todo, en los estratos populares. Así también, aun cuando los jóvenes ven menos televisión en formas tradicionales, se está gestando con fuerza el fenómeno de la “televisión social”, lo que implica que en realidad ven más televisión pero vía internet, comentándola y compartiéndola en redes sociales. La televisión sigue estando presente de forma importante en las vidas de las personas.

     

    Columna TV

     

    Ahora bien, un hecho paradójico es que lejos de asumir sin cuestionamientos lo que la televisión ofrece, las personas critican no sólo el pobre contenido que es emitido, sino que también las formas de transmitirlos. Existe gran disconformidad apreciable en el hecho de que un 61,9% del total de la población encuestada se encuentra insatisfecho con la televisión abierta, y si vamos al detalle, un 56,1% de los estratos medios bajos y un 47% de los estratos bajos se encuentran insatisfechos (Fuente: VIII Encuesta Nacional de Televisión). Las razones de esto no son menores ya que se critica directamente el contenido, y sobre todo, la farándula y las peleas en televisión (con un 17,4% en sectores medios bajos y 13,2% en sectores bajos). Quién lo diría, a la gente le molesta la farándula.

     

    A estas alturas, el lector debe estarse preguntando con justa razón ¿si existe tanta insatisfacción, por qué la gente sigue viendo televisión chilena? Es posible mencionar varias causas de este fenómeno, pero existe una en particular que es histórica y determinante, y refiere al hecho conocido por todos de que poco han cambiado las condiciones desde la dictadura. El académico de la universidad católica Valerio Fuenzalida, afirma que la gente no solamente busca ver televisión como medio para entretenerse, si no que el mayor placer asociado al consumo televisivo reside en comentar con otros lo que se ve (puedes revisar su columna aquí). Por eso prefieren ver televisión abierta, que todos ven, antes de televisión por cable, la que es evaluada de mejor calidad. Así también, la televisión chilena nos une en festividades, en causas nobles y frente a catástrofes. En ella podemos ver nuestra identidad como país, solidaria, esforzada. La tele nos cuenta nuestra historia. La televisión sigue siendo un mecanismo integración cultural en nuestra sociedad, que se ha consolidado con los años. Por esto, el problema de la televisión es algo extremadamente complicado y que por supuesto, va más allá de la oferta/demanda como afirma la postura proge. En estas condiciones, la influencia de la televisión es altísima, y con ello sigue instalando preocupaciones y formas de vida deseables a las personas. Influencia que actualmente, frente a la alta concentración de los medios de comunicación, está en manos empresariales, lo que hace a la tele funcional a la hegemonía. Y cómo negar esto, si basta con ver unos minutos televisión para notar que la identidad e historia que formatean corresponde a un sujeto despojado de historia y condición de clase, que difícilmente cuestiona la acumulación capitalista.

     

    ¿Y tú, de qué vas a hablar mañana?  Es el nuevo slogan del MEGA que se Repite una y otra vez en la tanda comercial. Nada más ni nada menos que un acertado juicio sobre la realidad actual, la tragedia cotidiana de que la conversación del día lunes en la pega, sea esa talla de “El muro” de Kike Morandé, o lo que hizo esta modelo nueva en “Primer Plano”.  Y no es por “mal gusto” ni menos por pasividad de los televidentes. La demanda legítima por integración desde el mundo popular que visibiliza la tele, influye en la posibilidad de constituirse como una clase para si. Si queremos disputar este espacio no basta con atacar los contenidos de la televisión, se tiene que desmontar el mecanismo de integración y de control hegemónico que representa. Para esto debemos reconstituir esta memoria, estas prácticas, generando un encuentro ahí donde la gente se ve efectivamente y no mediada por un aparato, en los espacios que comparten como clase. Sólo la organización del movimiento popular puede disputar el lugar que la tele “se ha ganado” en los livings de las familias chilenas: dejando atrás el protagonismo televisivo y devolviéndoles el protagonismo histórico.

    Leer
    Columnas Generales
    Y tú, ¿de qué vas a hablar mañana?: las razones del incuestionable lugar que la televisión se ha ganado en los hogares chilenos.
  • Seguridad ciudadana como demanda sociopolítica: desde la ciudadanía a la sociedad de clases
    Por : Leonora Rojas

    “Este anuncio es, como siempre, más farándula de seguridad que medidas reales”, fue la réplica de una parlamentaria UDI frente a los $440 millones que el gobierno de la Nueva Mayoría está invirtiendo en una campaña comunicacional de seguridad ciudadana. Y es que esta problemática se ha vuelto una preocupación central para los gobiernos de turno desde finales de los años ’90, siendo un debate no exento de controversias entre los diferentes sectores políticos, y cuya importancia ha ido permeándose a la sociedad civil llegando a transformarse en una “demanda ciudadana”. Frente a un tema que ha sido monopolizado y hegemonizado por la derecha y que se nos aparece como una demanda universal- ciudadana- de la sociedad hacia el Estado chileno, la izquierda revolucionaria poco ha dicho (o no ha querido decir) sobre tan controversial problema que parece afectar la cotidianidad de las personas y, en específico, a las clases populares. No debería sorprendernos que mientras las tasas de victimización son más altas en los sectores populares, la percepción de inseguridad ha aumentado en sectores de clases medias y altas   Es importante, entonces, escapar a los sentidos y lugares comunes del discurso de derecha y del discurso progresista y observar cómo y quiénes articulan y configuran esta demanda, y de qué forma las clases populares se insertan en esta retórica de la seguridad ciudadana.

     

    A finales del año pasado, un estudio realizado por Paz Ciudadana-Adimark lanzó las cifras de las tasas de victimización a nivel nacional y por regiones, las cuales alcanzaron los niveles más altos desde el año 2000 (43,5%). A esto, se suma la salida a la luz de los  resultados oficiales de la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC), abriéndose aún más las puertas a un debate que tiene como centralidad definir políticas públicas para abordar una problemática que se ha constituido en la primera prioridad a nivel nacional según la encuesta CEP  de agosto 2015 (60% de los encuestados): la seguridad (delincuencia, asaltos y robos). El aumento en el indicador de temor, según el índice de seguridad ciudadana, se concentró en los sectores de clases altas y medias,  malestar que no se hizo esperar, y en julio de este año dos cacerolazos en comunas del sector oriente se transformaron en la “voz” de las clases más atemorizadas, cumpliéndose el sueño ciudadanista de la democratización de las expresiones de “protesta social”.

     

    Una de las principales controversias dentro del debate tiene que ver con las diferencias o el “desfase” entre las tasas de victimización (los delitos de los que las personas son objeto)- lo que comúnmente se denominan los “datos duros” u objetivos- y la percepción de inseguridad de la población (lo “subjetivo”). Ello, porque las tasas o índices de victimización según ambas encuestas (aunque difieren significativamente) son menores al porcentaje de personas que dice sentirse insegura, no siendo clara la relación entre el alza en la victimización y el alto temor que las personas sienten de ser víctimas u objeto de algún tipo de actividad delictual. Así, un 72% de la población encuentra muy probable el ser víctima de algún delito violento (Encuesta CEP 2015), especialmente en los sectores medios y bajos. Este último punto que  torna relevante considerando que las políticas públicas que abordan la problemática están focalizadas justamente a disminuir la percepción de inseguridad en la población más que a la prevención misma del delito. Estas alternativas se plantean frente a un escenario en que las políticas de control y represión son una constante en el capitalismo, especialmente en aquellos regímenes de acumulación que tienden a disminuir el costo de mano de obra, y cuya desigualdad afecta, incluso, los cursos de acción formales dentro del capitalismo.

     

    Y es que la demanda de mayor seguridad y protección- tanto “civil” como social- en las formaciones sociales capitalistas recae en el Estado, como principal garante del bienestar de una “sociedad civil” cada vez más atemorizada no sólo por agentes externos sino que, principalmente, por agentes internos. Así, frente a los efectos perversos del capitalismo es el Estado quien absorbe las demandas de solución a las problemáticas que el mismo sistema produce y reproduce, en formaciones sociales en las cuales la individualización y el repliegue a la unidad doméstica exacerba la sensación de inseguridad y de pérdida de control de la propia vida en un contexto altamente cambiante e incierto, en relación a los puntos de referencia de pertenencia y a la continuidad contextual.

     

    El discurso político en relación a la seguridad ciudadana, en la derecha y la izquierda más progresista, se nos presenta de diferente forma. En el caso de la primera, la retórica  apunta a la defensa de la propiedad privada como valor, acusando que la delincuencia sería un problema de voluntad y que no respondería a las desigualdades estructurales del sistema capitalista, sino que a un discurso igualitarista que de alguna forma funcionaría como un promotor o sustento para creer que “los bienes materiales distribuidos en nuestra sociedad tienen un origen inmoral e injusto” ; con ello, la premisa fundamental es que quienes roban lo hacen porque este discurso legitimaría el “arrebatar” bienes materiales que no se poseen.  Mientras que en los sectores de la izquierda más progresista, la premisa que más se baraja como explicación a la problemática del temor radica en el manejo mediático que se ha hecho del tema, y a las intenciones políticas detrás de la “instalación” del miedo e inseguridad en la sociedad chilena a través de la vía comunicacional. Así, no sólo se potencia el argumento de la importancia de los medios de comunicación en la formación de opinión pública, sino que también la tesis de la paranoia colectiva creada intencionalmente por una elite nacional que tiene el monopolio de la información y cuyo caballo de batalla de control de la sociedad estaría en el poder comunicacional. Esto, de la mano del discurso del carácter estructural de la delincuencia y de la necesidad de reformas preventivas y de reinserción que apacigüen la problemática al alero de las posibilidades democráticas.

     

    Sin embargo, ¿qué es lo que se escapa en ambos análisis?, ¿dónde podemos aportar mayor especificidad y desde una perspectiva que sitúe a las diferentes clases y sectores sociales en esta problemática enceguecida por el aparente universalismo ciudadanista? Es en la experiencia de la “inseguridad” y en la consiguiente construcción de la demanda donde encontramos una posible salida a los sentidos comunes que analizan la temática.

     

    Dentro de las clases altas y segmentos medios, la percepción de inseguridad y temor ha aumentado en el último tiempo, a la par del aumento de sus tasas de victimización. Si analizamos el discurso de la “seguridad ciudadana” dentro de estas clases, vemos que sectores de las clases medias y altas demandan al gobierno de la Nueva Mayoría más seguridad; demanda que se articula en torno a la “mano dura”, es decir, el reclamo por agentes y políticas más represivas y de control de la criminalidad, que van desde crear más cárceles, aumentar contingentes policiales y aumentar las penas, hacia cambiar la reforma procesal penal para hacerla más efectiva. Este discurso, que suena altamente represivo en términos institucionales, se contradice con una retórica que eleva por sobre todos los valores estructurales de la sociedad capitalista las libertades individuales y la existencia de la propiedad privada como una de ellas: la libertad negativa, ganada naturalmente, que no puede ser impedida de su ejercicio por nadie.  Así, la defensa a la propiedad privada se vuelve fundamental, en tanto esta se constituye en la condición misma para su existencia y reproducción como clase. Con ello, se observa que a medida que sus condiciones de existencia y calidad de vida se ven perjudicadas, logran transformar a la seguridad en una demanda “ciudadana”.

     

    Asimismo, se visibiliza el argumento meritocrático asociado a la criminalidad, donde si bien se reconoce la existencia de un contexto desigual, la defensa a la propiedad emerge como la protección de bienes cuya tenencia ha requerido esfuerzo,  frente a una “otredad” haragana y apática frente al deseo de la propiedad: la dualidad del “buen pobre” frente al “mal pobre”. Así, existe una crítica moral a esta otredad que debería ser abordada desde la institucionalidad: el Estado, la escuela y la familia.

     

    Por su parte, otros sectores de clase media apelan a discursos más preventivos, resaltando la importancia de la reinserción social de los “delincuentes” y de la mejora de condiciones de vida de la población- en general-y de los sectores populares o empobrecidos-en particular-como una forma de evitar una problemática que se considera estructural: la falta de oportunidades y la delincuencia como última salida. Tareas que, nuevamente, son relegadas a la institucionalidad estatal.

     

    Ahora bien, en las clases más bajas, la problemática adquiere un cariz diferente, pese a que el relevamiento de la “mano dura” sea igualmente o, me atrevo a decir, más importante que en el resto de las clases cuando se trata de resolver la problemática de la seguridad y la criminalidad. No es de sorprenderse, entonces, que comiencen a emerger también desde estos sectores de la sociedad discursos autoritarios y represivos (el castigo). Por el contrario, parece ser algo completamente esperable si se tiene en consideración que el “elemento hostil” convive cotidianamente con ellos, aun cuando discursivamente también aparezca como una “otredad” ¿A quiénes se demanda seguridad? Sorpresivamente, no existe una demanda articulada en torno a la problemática, siendo que: son la clase social con mayor temor (según las encuestas) y las que se ven más afectadas por ella (altas tasas de victimización); y, que la solución no es derogada al Estado, ni al gobierno de turno, pues no se visibiliza como posibilidad. Esto, porque la sensación de abandono por parte de las instituciones estatales es bastante alta, razón por la cual no se confía en la capacidad resolutiva por parte de ninguna de las instancias existentes.

     

    Así, y a diferencia de importantes sectores de las clases medias y altas, las clases bajas ya no ven que la inseguridad y la criminalidad dependan de voluntades políticas ni de reformas posibles en la institucionalidad vigente, transformándose con ello en una problemática que escapa a todo control: se vuelve, así, en un problema y  en una demanda de orden. Y es que el temor ya no es la pérdida a la propiedad ni de las libertades, sino que a la posibilidad de “vivir en paz” en un contexto considerado peligroso, caótico, sin ley, sin moral y “sin respeto a la autoridad”. El exterminio o el castigo de esta “otredad” dentro de la propia clase emergen, entonces, como un discurso frecuente, donde la responsabilidad recae no sólo en las “manos propias” (ajusticiamiento “ciudadano”) sino que principalmente en las única “entidades” consideradas independientes de la sociedad y de la política capaz de resolver conflictos: carabineros y las fuerzas armadas; es decir, que los carabineros tengan mayor atribuciones al momento de ejercer violencia, y/o que los militares vengan a resolver un problema que ya pareciera tener vida propia y estar fuera de control.  No es de sorprender, entonces, que las instituciones con mayor aprobación y legitimidad en Chile sigan siendo carabineros, policía de investigaciones y las fuerzas armadas.

     

    Frente al “problema” de la inseguridad y la criminalidad, entonces, no hay que olvidar que la demanda emerge principalmente desde las clases altas y grupos medios; mientras que las clases bajas, lejos de articular una demanda, construyen un discurso desde la experiencia cotidiana de la criminalidad, donde la “funcionalidad ideológica” del mismo hacia el dominio de las elites políticas y la clase capitalista parece perderse ante una institucionalidad que no gana ni en legitimidad ni en posicionamiento como instancia política resolutiva de problemáticas sociales dentro de estas mismas clases. Es difícil considerarse ciudadano cuando no se forma parte de la sociedad civil, aun siendo el sector social más afectado por una problemática  cuya solución conlleva la generación de una demanda que implica la negación de la propia clase. Así,  la hegemonización discursiva recae en aquellas clases que sí pueden transformar un problema en demanda, y generar la posibilidad de solución a través de su posicionamiento en la agenda pública.

     

    Frente a la problemática misma de la criminalidad y la “delincuencia”, no hay que olvidar que ambas son inherentes al capitalismo, asociadas a la falta de acceso a demanda de bienes y servicios y la consiguiente resolución por medio de la generación de mercados negros y apropiación ilegal. El Estado, en el capitalismo, remueve la necesidad de apropiación ilegal, transformándose en el redistribuidor por excelencia de la propiedad, a la vez que monopoliza y reproduce la estructura delito-carcelaria que el mismo sistema forma y produce. Este carácter estructural de la criminalidad, si bien se vislumbra en el discurso de algunos sentidos comunes de algunos sectores sociales (aunque no con los mismos matices que presentamos en esta columna), las soluciones no se ven en la erradicación del capitalismo, sino que en las reformas y “correcciones” dentro del marco democrático que el Estado debe garantizar dentro de las formaciones sociales capitalistas. La demanda de seguridad ciudadana está impregnada de la retórica de las libertades y derechos característica de la eterna promesa de las democracias liberales, pero que pasa por alto las diferencias de clase y la forma en la cual la “inseguridad” y la criminalidad afectan distintamente la vida cotidiana de personas cuya posición en las relaciones sociales no es la misma, y donde ni la “cercanía” con la “otredad peligrosa” ni los efectos de las medidas tomadas afectan ni afectarán de igual forma a las diferentes clases sociales. Ante a este escenario es importante no pasar por alto estas diferencias y considerar la relevancia de abordar una demanda y un discurso hegemonizado por un componente autoritario y populista frente al “retorno de las clases peligrosas”; que, por una parte, excluye a las clases populares de los beneficios posibles de ganar ante una demanda que la considera el foco del problema, y que, por otra, potencia peligrosamente la auto-negación de las clases populares.

    Leer
    Columnas Generales
    Seguridad ciudadana como demanda sociopolítica: desde la ciudadanía a la sociedad de clases
  • Movimiento Popular
    Por : Fragua
    En los últimos cuarenta años, Chile ha sufrido profundos cambios sociales, económicos y políticos. Entre los fenómenos más importante se identifican las transformaciones en las relaciones entre las distintas clases sociales y la emergencia de nuevos sectores y organizaciones que complejizan el panorama económico y político. En la actualidad, el Centro de Investigación Fragua se encuentra abocado a la investigación de dichos fenómenos y su potencial como conocimiento y…
    Leer Investigación
  • F
    Sábado, 25 Junio 2016 Foro UP: Proyectos Políticos en Pugna y Agudización de la Lucha de Clases
    Esta presentación corresponde a lo expuesto en el foro UP 2013 – Proyectos Políticos en Disputa y Agudización de la Lucha de Clases, organizado por Fragua y que contó con la participación de Rafael Agacino –Economista, Plataforma Nexos- y Sebastián Link –Antropólogo, Fragua. El texto que se presenta es tal cual fue expuesto por Sebastián Link el día 25 de septiembre en la sede de la CUT. La asistencia contó con alrededor de 60 personas aproximadamente. Próximamente, publicaremos la presentación de Rafael Agacino y los comentarios de algunos asistentes. La…
  • T
    Viernes, 08 Julio 2016 Ciencia y lucha de Clases: Metodología para hacer análisis de clases sociales en el Chile actual
    En la actualidad el análisis de clases sociales se encuentra estancado en el enfoque cuantitativo, reduciendo el fenómeno a la estratificación y al ingreso o invisibilizando el rol de los intereses de clases en el proceso de organización de la sociedad. El taller buscó recuperar y profundizar el concepto de clases sociales, entregando herramientas para el análisis científico y político del actual contexto. Como Fragua nos planteamos la tarea de aportar a la construcción de la teoría revolucionaria y la praxis política de los investigadores sociales.